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El mito de Orfeo es muy antiguo y complejo, ya que en su figura agrupa a tres grandes fenómenos. Por un lado, el mito en sí, que con mayor o menor acierto es el que trato aquí; por otro, un conjunto de poemas atribuidos al mítico poeta; y, por último, el movimiento místico de los órficos, el orfismo. Parece seguro que Orfeo era hijo de un dios fluvial llamado Eagro, pero los antiguos mitógrafos no se ponían de acuerdo respecto a la identidad de la madre. Para la mayoría era Caliope, la mayor de las nueve musas, pero según otras versiones tal vez era Polinia o, incluso, Menippei. Lo que sí sabemos con certeza es que su canto era tan maravilloso que ni dioses ni hombres ni las salvajes bestias, ni siquiera los árboles, podían sustraerse a su embriagador hechizo. Su voz siempre estaba acompañada por la música de su lira, de la que fue inventor, por lo menos del modelo de 9 cuerdas que se utilizaba en tiempos clásicos.
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De su juventud el hecho más destacado es su participación en el viaje de los argonautas en busca del vellocino de oro. Aquella aventura tuvo como protagonistas al valiente Jasón y los 50 ó 55 héroes que le acompañaron, llamados argonautas por el nombre del barco en viajaron: Argos. A Jasón, su hermanastro Pelias le envió a realizar una misión muy peligrosa con la secreta intención de desembarazarse de él: debía traerle el vellocino de oro de un carnero sagrado, consagrado a Ares, que se encontraba en un lugar muy lejano y custodiado por un dragón espantoso. En su periplo, Jasón tuvo que sortear todo tipo de peligros y en más de una ocasión fue decisiva la intervención de Orfeo, que terminó siendo una especie de sacerdote y consejero.
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No sé con certeza cuándo, pero es de suponer que a la vuelta de su viaje con los argonautas, Orfeo se casó con Eurídice, una hermosa Dríade, es decir, una ninfa de los bosques. Su apasionado amor es uno de los mitos más hermosos que conozco. Según la leyenda, un día andaba paseando Eurídice en compañía de un grupo de Náyades cuando una serpiente le mordió en el tobillo: en apenas unos segundos la muchacha murió envenenada mientras pensaba en su amado. Cuando descubrió el cuerpo sin vida de su mujer, enloquecido de angustia y tristeza, Orfeo decidió ir a buscarla al mismo reino de los muertos. Tras atravesar la laguna Estigia se adentró por el mundo de las sombras hasta llegar ante los reyes del desolado lugar, la misteriosa Perséfone y el tenebroso Hades, y para ellos cantó con su lira implorando por la vida de su amada. Así nos lo cuenta Ovidio en su Metamorfosis (libro X): «¡Divinidades del mundo »Quise poder soportarlo y no diré que no lo he intentado: »Todos os somos debidos y, demorándonos algo, antes o después Aquí nos encaminamos todos, ésta es la última morada También mi vida, cuando cumpla oportunamente los años
Orfeo delante de Perséfone y Hades Jamás se había escuchado un canto tan hermoso en el reino de los muertos. Llevada de mano en mano por los ecos de las sombras, la súplica de Orfeo llegó hasta el último rincón del reino de Hades y, por un instante, el tiempo mismo se detuvo: Sísifo, condenado a subir una roca por toda la eternidad conoció un momento de descanso, el águila que día tras día le arrancaba el hígado a Prometeo frenó su macabra pitanza, también dejó de rodar la ardiente rueda en la que permanecía encadenado Ixión desde tiempos inmemoriales, Tántalo dejó de sentir aquella sed implacable que le obligaba a perseguir la siempre escurridiza agua y al son de sus palabras hasta las mismas almas sin vida derramaron lágrimas. Y tan hermoso fue el canto de Orfeo, y tan desgarrada fue su súplica de amor que Hades, dios y señor de los muertos, Hades, el invisible, al que nunca mortal alguno llamaba por su nombre para no despertar su ira, mandó llamar a Eurídice para que regresara con su amado al mundo de los vivos. Sin embargo, quizá porque la sabía imposible, le impuso una condición al poeta. Ocurriera lo que ocurriera, Orfeo no debía ver el rostro de su esposa hasta que ambos salieran de sus dominios. Y así se pusieron en camino los dos enamorados, el uno delante de la otra, y en silencio recorrieron valles y pendientes envueltos por la fría niebla de la muerte hasta que, cuando estaban a punto de alcanzar la superficie, Orfeo se giró para ver si Eurídice le acompañaba y al instante una irresistible fuerza volvió a llevarse a su amor por segunda vez. Desesperado corrió de nuevo a la orilla de la laguna Estigia, pero Caronte se negó a volverle a ayudar a cruzar las aguas que llevan al más allá. Por siete días y siete noches le suplicó al inclemente barquero, alimentándose tan sólo de su insoportable dolor, pero esta vez todo fue inútil y despojado de toda esperanza Orfeo abandonó los confines de la muerte para refugiarse en lo alto del elevado Ródope, donde ni siquiera el viento pudo acallar su aullado canto.
Orfeo saca a Eurídice del reino de los muertos |
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En la religión cristiana, el tipo de vida que hay después de la muerte depende del comportamiento que se ha seguido durante la vida terrenal, una especie de largo examen en el que es fácil suspender. Así, los buenos, los que han obedecido los preceptos divinos, se marchan al Cielo, mientras que los malos van al Infierno, donde les aguardan todo tipo de sufrimientos hasta el día del Juicio Final en el que, creo recordar, se revisan algunos casos. También hay una especie de estrato intermedio, el Limbo, donde son incluidos los malos con derecho a reválida. Educados en sociedades de sustrato cristiano, quizá nos cueste entender la concepción que tenían los griegos arcaicos de la muerte, pues parece ser, son solo suposiciones, que ellos pensaban que todos por igual iban al reino de los muertos. Justos e injustos, héroes y bellacos, buenos y malos, a todos les esperaba el mismo destino: los dominios de Hades. Solo se escapaban de este lúgubre destino unos pocos mortales, por lo general emparentados con alguna deidad, que emprendían hazañas tan extraordinarias que los dioses se los llevaban consigo al Olimpo. También les esperaba un destino distinto a los malos malvadísimos, aquellos que, impulsados por el deseo, el orgullo o la codicia habían atentado en gran medida contra los dioses; ya que por lo general eran castigados con tormentos terribles durante toda la eternidad (Prometeo, Sísifo, etcétera). Estas excepciones son un primer acercamiento a un modelo de castigos y recompensas tras la muerte como forma de reforzar las normas morales que debe seguir la ciudadanía (un modelo cuya eficacia nos ha demostrado durante siglos la religión cristiana), y con el tiempo dio lugar a una especie de distinción entre el Cielo y el Infierno.
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Hay varias versiones sobre lo que ocurrió tras el fatídico desenlace del rescate de Eurídice, pero todas conducen a la muerte del poeta a manos de unas enloquecidas mujeres tracias. Según algunos, a su vuelta instituyó los misterios órficos y prohibió que se iniciasen en ellos las mujeres; según otros, sencillamente no quiso volver a tener trato alguno con las mujeres y se rodeó de bellos muchachos con los que tal vez se acostaba. En cualquier caso, una noche un grupo de mujeres tracias se acercó hasta la cabaña donde estaban reunidos Orfeo y sus amigos y, apoderándose de sus armas, los asesinaron. Las razones de su crimen se intentaron explicar de varias maneras. Algunas versiones sostienen que las tracias actuaron por mero despecho, enfadadas por el rechazo del poeta cuya voz las tenía encandiladas. Otras atribuyen su locura a una vieja querella que mantenían Caliope, madre de Orfeo, y Afrodita. Hacía tiempo se habían enfrentado por una decisión de la hermosa musa: como Afrodita y Perséfone no se ponían de acuerdo acerca que con quien de las dos debía permanecer el irresistible Adonis, Zeus puso el asunto en manos de Caliope, que decidió repartir al muchacho entre las dos, a cada una le correspondería cuidarlo durante una parte del año. Afrodita nunca terminó de digerir tan salomónica decisión y, como no podía vengarse directamente de la madre, regurgitó su rabia provocando la locura en las tracias para que asesinaran al hijo. Según otra versión bien distinta, quizá fue Zeus quien asesinó a Orfeo fulminándole con un rayo, al parecer molesto por que el poeta andaba por ahí contando a diestro y siniestro cuanto había visto en el reino de los muertos. Y la verdad es que esta versión pudo ser ver la correcta pues el rey del Olimpo era realmente irritable. El caso es que, por una razón u otra, el pobre Orfeo murió asesinado. Pero no acaban ahí sus aventuras, pues a continuación le ocurrió algo bien curioso. Tras morir, su lira fue transportada al cielo, donde quedó fijada eterna como constelación, pero su cabeza, cercenada por las arrebatadas tracias, fue arrojada a un río que la transportó hasta el mar. Desde allí, la cabeza, que a todo esto seguía cantando una música hipnótica, fue a parar a la isla de Lesbos, patria de grandes poetas y poetisas, como la enigmática Safo. En Lesbos fue enterrada con todos los honores por sus habitantes y por fin pudo descansar el alma del poeta, que desde entonces vive en los Campos Elíseos cantando alegremente a los grandes espíritus que allí habitan.
Unas ninfas se encuentran la cabeza cercenada de Orfeo J.W. Waterhouse, 1900. |
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El descenso de Orfeo al reino de los muertos se convirtió en el punto de fuga de un complejo movimiento místico, los órficos. Según ellos, en el mito se encontraban todos los detalles para cartografiar los dominios de Hades, y, por ende, para escapar de la pesada muerte en que creían los griegos. Así, la iniciación en los misterios órficos debía consistir en desentrañar claves y mensajes ocultos en la larga ristra de narraciones míticas que pululaban en torno a Orfeo, con el objetivo de obtener una placentera inmortalidad. De ahí que tal vez fueran los primeros en creer en una posible trasmigración, reencarnación, de las almas; lo cual también asumirían los pitagóricos y, en cierta medida, Platón.
Orfeo |
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