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Orfeo en el viaje de los argonautas (por Apolonio) + La lira de Orfeo (por Eratóstenes) + Orfeo (por Virgilio)

     
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Orfeo en el viaje de los argonautas --
     
   

Apolonio de Rodas. Argonáuticas
Edición: Biblioteca Básica Gredos. Madrid, 2000
Traducción de Mariano Valverde Sánchez

Varios son los pasajes de las Argonáuticas donde aparece Orfeo. Selecciono tres: su presentación, en la que se explica su don para encantar a los elementos de la naturaleza con su canto; un largo texto donde se recoge el origen del Universo según la tradición órfica; y su enfrentamiento musical con las sirenas. (Los tres están seleccionados de la edición de mi adorada editorial Gredos arriba mencionada).

Canto I, 23 — 32 (Orfeo, el de la voz de oro)

«Ahora yo quisiera contar la estirpe y el nombre de los héroes, las rutas del prolongado mar y cuanto realizaron en su errante marcha. ¡Qué las Musas sean inspiradoras de mi canto!

»Primero mencionemos a Orfeo, al que en otro tiempo es fama que la misma Calíope, tras compartir su lecho con el tracio Eagro, alumbrara cerca de la atalaya de Pimplea. De él cuentan que con la armonía de sus cantos hechizaba las duras peñas en los montes y el curso de los ríos. Las encinas silvestres, testimonios aún de aquella melodía, sobre la ribera tracia de Zona se alinean frondosas, apretadas una tras otra, las que hechizadas por su lira, hizo él descender hasta allá desde Pieria».

Canto I, 495 — 515 (la teogonía órfica)

«Y a su vez Orfo sosteniendo la cítara con su mano izquierda ensayaba el canto.

»Cantaba cómo la tierra, el cielo y el mar, otrora confundidos entre sí en una forma única, a consecuencia de una discordia funesta se disgregaron cada uno por su lado; y cómo fijada para siempre en el éter tienen su demarcación los astros y los caminos de la luna y el sol; y los montes cómo surgieron y cómo nacieron los ríos sonoros con sus propias ninfas y todos los animales. Cantaba cómo al principio Ofión y la Oceánide Eurínome tenían el dominio del nevado Olimpo; y cómo, ante la fuerza de sus brazos, cedieron su dignidad el uno a Crono, la otra a Rea, y se precipitaron en las olas del Océano. Y aquéllos reinaron entonces sobre los Titanes, dioses bienaventurados, mientras Zeus, niño aún, alentando todavía espíritu infantil, moraba bajo la gruta Dictea; y los Cíclopes, nacidos de la tierra, no le habían fortalecido aún con el rayo, el trueno y el relámpago; pues éstos confieren a Zeus su gloria.

»Dijo. Y detuvo su lira a la vez que su voz inmortal; ellos, aunque había parado, adelantaban de todas maneras sus cabezas, todos a un tiempo, con los oídos atentos, embelesados por el hechizo; tal fascinación les había infundido su canto».

Canto IV, 895 — 920 (Orfeo contra las sirenas)

«En lo alto izaron la vela tendiéndola con las drizas de la verga. Un viento bonancible llevaba la nave. Y enseguida avistaron la hermosa isla Antemóesa, donde las armoniosas Sirenas, hijas de Aqueloo, hacían perecer con el hechizo de sus dulces cantos a cualquiera que cerca de ella echara amarras. Las había engendrado, tras compartir el lecho de Aqueloo, la bella Terpsícore, una de las Musas. Y en otro tiempo habían servido a la valerosa hija de Deo, aún virginal, acompañándola en sus juegos. Mas entonces eran por su aspecto semejantes en parte a aves y en parte a doncellas. Siempre al acecho desde una atalaya de buen puerto, ¡cuántas veces ya arrebataron a muchos el dulce regreso consumiéndolos de languidez! Sin reparo también para éstos emitieron de sus bocas una voz de lirio. Y ellos desde la nave ya se disponían a echar amarras sobre la orilla, si el hijo de Eagro, el tracio Orfeo, tendiendo en sus manos la lira Bistonia, no hubiera entonado la vivaz melodía de un canto ligero para que sus oídos zumbasen con la ruidosa interferencia de sus acordes. Y la lira superó su voz virginal. A un tiempo el Céfiro y el sonoro oleaje, que se alzaba de popa, llevaban la nave; y aquéllas emitían un confuso rumor.

»Pero, aún así, el noble hijo de Teleonte, Butes, el único entre sus compañeros, se adelantó y de su pulido banco saltó al mar fascinado en su ánimo por la armoniosa voz de las Sirenas; y nadaba entre el borbollante oleaje para alcanzar la orilla. En verdad que al instante allí mismo le hubieran privado del regreso, pero compadeciéndose de él la diosa Cipris, protectora de Érice, lo arrebató aún en, medio de los torbellinos lo salvó, acudiendo benévola, para que habitase el cabo Lilebeo».

     
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La lira de Orfeo --
     
   

Eratóstenes. Mitología del firmamento
Edición: Clásicos de Grecia y Roma. Alianza Editorial, Madrid 1999
Traducción de Antonio Guzmán Guerra

24. La lira

«Esta constelación, que ocupa el lugar noveno, representa la lira de las Musas. Este instrumento musical fue inventado por Hermes a partir del caparazón de una tortuga y de los cuernos de las vacas de Apolo; tenía siete cuerdas, en recuerdo de las hijas de Atlas. Se la entregó Apolo, quien después de entonar un canto con ella se la regaló a Orfeo, el hijo de Calíope, una de las Musas, que amplió el número de cuerdas a nueve en honor de las Musas, mejorando con mucho la lira. Orfeo fue muy apreciado entre los hombres, hasta el extremo que se sospechaba que embelesaba a las fieras y hasta las piedras con su canto.

»Orfeo dejó de honrar a Dionisio y empezó a venerar a Helio como si fuera el principal dios, al que también llamaba Apolo. Una noche se desveló y al amanecer se dirigió al monte Pangeo para contemplar la salida del Sol, a fin de ser el primero en ver al dios Helio. Ésta fue la causa de que el dios Dionisio, irritado, azuzara contra él a las Basárides, que lo despedazaron y desperdigaron cada uno de sus miembros. Más tarde, las Musas los reunieron y les dieron sepultura en un lugar llamado Libetra.

»Como no sabían a quién asignar la lira, pidieron a Zeus que la transformara en una estrella para que permaneciera en el firmamento como recuerdo del poeta y de ellas mismas. Zeus accedió y allí fue colocada. Como testimonio de la desgracia que le ocurrió a Orfeo, esta constelación se oculta en determinados momentos.

»Tiene una estrella sobre cada uno de los peines, también una sobre cada uno de los extremos del codo, una más sobre cada uno de los hombros, una sobre el puente y otra más de intenso brillo blanco sobre el dorso. Suman un total de ocho estrellas».

     
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Orfeo --
     
   

Virgilio. Geórgicas
Edición: Biblioteca Básica Gredos. Madrid, 2000
Traducción de Tomás de la Ascensión Recio García

Dicen los expertos que es en esta obra del gran Virgilio donde aparece mejor recogida la leyenda de Orfeo. Divido el pasaje en dos partes, la primera dedicada al descenso al reino de los muertos, y la segunda a su muerte.

Libro IV, 446 — 510 (Orfeo en busca de Eurídice)

[Le habla Proteo a Aristeo]

«La cólera de algún dios es la que te persigue; una grave culpa expías: Orfeo, digno de compasión por su desgracia inmerecida, promueve contra ti este castigo, si los hados no se oponen, y duramente venga la pérdida de su esposa. Al tiempo que huyendo de ti la joven a la muerte destinada corría veloz por las márgenes del río, no vio a sus pies en la crecida hierba un monstruoso hidro, que vigilas las riberas. Entonces el coro de las Dríades, de su misma edad, llenó con su clamor las cimas de los montes; lloraron las alturas del Ródope y el elevado Pangeo y la tierra belicosa de Reso y los getas y el Hebro y la ateniense Oritía. Y él, Orfeo, consolando con la cóncava cítara su desgraciado amor, a ti, oh dulce esposa, a ti con él a solas sobre la ribera solitaria, a ti al despuntar el día, a ti, cuando ya se retiraba, te cantaba.

»Entró en las mismas gargantas del Ténaro, profunda entrada de Plutón y bosque sombrío do mora el negro espanto, y se presentó a los Manes y ante el rey temible y ante los corazones que no saben ablandarse con humanas súplicas. Entonces, conmovidas por su canto, de las profundas moradas del Erebo acudían las tenues sombras y los espectros de aquellos que carecen de luz, tan numerosos cual las aves que a millares se esconden en la fronda cuando el Véspero o la huracanada lluvia las aleja de las montañas, madres y esposos y los cuerpos sin vida de los héroes magnánimos, niños y doncellas y jóvenes colocados sobre la hoguera a la vista misma de sus padres; alrededor de ellos un negro limo y el cañaveral repugnante del Cocito y la odiosa laguna de estancas aguas los aprisiona y la Estigia esparcida entre ellos nueve veces los encierra.

»Además se quedaron presos de estupor los reinos mismos de la Muerte en la profundidad del Tártaro, y las Euménides de cabellos trenzados con serpientes azuladas, y el Cérbero se quedó con sus tres bocas abiertas y la rueda de Ixión que voltea el viento se paró. Y ya Orfeo, volviendo sobre sus pasos, había escapado a los peligros todos y Eurídice recobrada llegaba a la región de la luz siguiéndole detrás (pues Proserpina había impuesto esta condición), cuando una locura repentina se apoderó del imprudente amante, perdonable en verdad, si los Manes supieran de perdón: se detuvo y a su Eurídice, en los umbrales mismos de la luz, olvidado ¡ay! y en su corazón vencido, se volvió a mirarla. Al punto se desvanecieron todos los esfuerzos y quedaron quebrantados los pactos con el cruel tirano y por tres veces se dejó oír un sordo ruido sobre el lago del Averno.

»Y ella: «¿Qué locura, dijo, a mí desgraciada, y a ti, Orfeo, al mismo tiempo nos ha perdido? ¿Qué locura tan grande? He aquí que por segunda vez los hados crueles me llaman atrás y el sueño cubre mis flotantes ojos. Adiós ya; soy llevada envuelta en las sombras de la inmensa noche, hacia ti, tendiendo, ¡ay! ya no tuya, mis impotentes manos».

»Dijo y rápidamente desapareció de su vista en dirección contraria, como el humo que impalpable en el aire se disipa, ni en adelante vio ya más a él, que en vano intentaba apresar las sombras y decirle muchas cosas; el portero del Orco [Caronte] no toleró más que él cruzase la laguna que se interpone. ¿Qué hacer?, ¿adónde se encaminaría después de haberle sido arrebatada dos veces su esposa?, ¿con qué llanto a los Manes, con qué súplicas a otros dioses movería? Ella en tanto navegaba ya fría sobre la barca estigia».

Libro IV, 510 — 530 (la muerte de Orfeo)

«Cuentan que siete meses enteros y seguidos lloró él al pie de una aérea roca, cabe las riberas del Estrimón desierto y que en el fondo de heladas grutas dio a sus cuitas rienda suelta, amansando a los tigres y arrastrando con su canto a las encinas; cual la afligida Filomela, que a la sombra de un álamo llora la pérdida de sus hijos que el insensible labrador al acecho arrebató del nido, implumes todavía; llora ella la noche entera y posada sobre una rama comienza de nuevo su lúgubre canción y llena los lugares vecinos con sus tristes quejas.

»No hubo amor ni himeneo alguno que doblegasen el ánimo de Orfeo. Solo, recorría los hielos hiperbóreos y el nevado Tanais y los campos jamás viudos de las escarchas Rífeas, llorando la pérdida de Eurídice y el beneficio inútil de Plutón [Hades]; desdeñadas las mujeres de los cícones por este honor, en medio de los sacrificios de los dioses y las orgías nocturnas en honor de Baco, dispersaron por la llanura extensa el cuerpo despedazado del joven. Y aun entonces mismo, cuando la cabeza arrancada del alabastrino cuello daba vueltas en medio de las ondas, arrastrada por el Hebro Eagrio, «Eurídice», decía la misma voz, y la lengua fría, «¡Ah, desgraciada Eurídice», exclamaba al marchársele la vida, y las riberas a lo largo de todo el río, «Eurídice», repetían.

»Así dijo Proteo y de un salto se arrojó al mar profundo y por donde se hundió, removió bajo su cabeza la espumosa agua».

     
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