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| Prometeo | |||||
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Los hijos de Japeto - |
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Antes de que naciera Zeus, el Titán Japeto se había unido con una Océanide de nombre Clímene y juntos habían tenido 4 hijos de triste destino: Atlas, Menetio, Epimeteo y Prometeo. Atlas se enfrentó a Zeus durante la titantomaquia y fue castigado a soportar sobre sus hombros la bóveda celeste. Además, para mayor infortunio, Perseo lo transformó en piedra utilizando la cabeza que le acababa de cortar a Medusa, un monstruo cuya mirada transformaba en piedra. Menetio también fue castigado por Zeus a causa de su orgullo y brutalidad y terminó encerrado en el Tártaro. Epimeteo, el torpe, fue utilizado por Zeus para castigar a los hombres y recibió por mujer a Pandora. Y Prometeo… bueno, quizá sea interesante que conozcamos a este extraordinario Titán con más detalle. Retrato de familia: Atlas y Prometeo
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Prometeo, el benefactor de la humanidad - |
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Al igual que Hesíodo, nos detendremos un momento en este recorrido familiar para conocer las aventuras del sin par Prometeo. Este astuto dios amaba a los humanos pero los favores que nos hizo a los mortales le iban a costar muy caro. Su primera afrenta a los dioses ocurrió una vez que se estaba decidiendo qué parte del buey sacrificado le tocaba a los dioses y cuál a los humanos. El hijo de Japeto, todo tretas y argucias, ocultó las partes más sabrosas del buey –la carne y las vísceras– entre la piel sucia del animal y luego preparó otro montón con los huesos untados de grasa para que resplandecieran. Zeus cayó en la trampa y escogió el montón de los huesos, por lo que a los mortales nos tocó quedarnos con las partes más suculentas. Y precisamente de este suceso provenía la costumbre griega de quemar en honor a los dioses los huesos de los bueyes sacrificados. Eso sí, a cambio de nuestra suerte en el reparto, al pobre Prometeo le tocó soportar el primer enfado de Zeus, un dios con el que desde luego no conviene enfrentarse. Aún así, Prometeo volvió a engañar al crónida pues desafió su orden de que el fuego estuviera prohibido a los mortales y se lo entregó a la humanidad. Esta vez sí que Zeus se enfadó de verdad y planeó una cruel venganza. Le pidió a Hefesto que modelase una doncella hermosísima y Atenea la vistió con un insinuante velo blanco, coronas de embriagantes flores y una diadema de oro tallada por Hefesto. Luego, Zeus cogió a aquella criatura exquisita, de nombre Pandora, y se la entregó a Epimeteo, el torpe hermano de Prometeo. Al aceptar el regalo, Epimeteo cometió un error terrible, según Hesíodo, pues Pandora era una mujer y, desde entonces, las mujeres conviven con los hombres dilapidando sus esfuerzos y volviéndolos locos de amor. No debemos ser muy duros juzgando esta estupidez que dice Hesíodo. En general, los griegos eran bastante machistas. Salvo excepciones, como Aspasia, la mujer del gran estadista Pericles, o la poetisa Safo, las mujeres apenas disfrutaban de ningún derecho o consideración en la antigua Grecia. A diferencia de las mujeres romanas, las griegas apenas tenían voz en la vida pública. Su trabajo era cuidar de la casa y parir hijos, varones a ser posible, y solo las prostitutas y las sacerdotisas gozaban de cierta libertad. Como ejemplo, podemos pensar en la pobre Penélope, mujer de Odiseo, que se pasó los mejores años de su existencia cosiendo y alimentando a unos bestias mientras su marido se divertía guerreando por el Mediterráneo. En este horroroso contexto, resulta comprensible que Hesíodo las considerase fuente de todo mal y un terrible castigo para los hombres. Por otra parte, me llama mucho la atención que Hesíodo, al que supongo inteligente, no se diera cuenta de los problemas de continuidad que provocaba esta tardía aparición de Pandora. ¿Cómo se reproducían los mortales hasta ese momento? ¿Por partenogénesis? De hecho, no concuerda con su mito de las edades (vd infra), ya que las fatigas llegaron a la estirpe de los hombres de hierro por su propia degeneración y tras haber pasado por cuatro estirpes que contaban con mujeres. En otras tradiciones, sin embargo, todo resulta mucho más coherente al atribuir a Prometeo la creación de la humanidad. Así, resulta más razonable, pues apenas habría pasado tiempo entre la aparición de los primeros hombres y la llegada de Pandora. En cualquier caso, sí sabemos una cosa con certeza: Zeus estaba muy, pero que muy, enfadado y decidió castigar a Prometeo al estilo griego, condenándole a un suplicio para toda la eternidad. Así, ordenó que le encadenasen en lo más alto del Cáucaso, donde todas las mañanas llegaba un águila para devorarle poco a poco el hígado, que se regeneraba durante la noche. Por fortuna, un día pasó por allí Heracles y liberó al buen Prometeo, claro está, con el consentimiento de Zeus.
Prometeo Vamos a abandonar durante un momento a Hesíodo para ver cómo consiguió la inmortalidad Prometeo. El centauro Quirón sufría unos dolores espantosos a causa de una flecha envenenada que por error le había clavado Heracles. Tan fuerte era el dolor que solo quería morir para descansar en paz, pero como era inmortal su destino era sufrir una terrible agonía durante toda la eternidad. Sin embargo, Prometeo se apiadó de él y le cambió su facultad de morir por su inmortalidad. Zeus permitió este trueque, entre otras razones, por que se había reconciliado con Prometeo cuando éste, que tenía capacidades proféticas, le advirtió sobre quién podría destronarle en un futuro. Según Prometeo, si Zeus se hubiera acostado con la nereida Tetis, el hijo de ambos le habría expulsado del Olimpo, por lo que se mantuvo bien alejado de la hermosa diosa, la cual terminó por unirse con el héroe Peleo y dio a luz al colosal Aquiles. |
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Ya que estamos con Prometeo, podemos aprovechar para hablar de teatro, pues al gran benefactor de la humanidad le dedicó Esquilo una de sus tragedias: Prometeo encadenado, una joya de la literatura universal. Como sabes, fueron los griegos quienes descubrieron el teatro tal y como lo entendemos en Occidente (aunque en otros lugares se realizaran representaciones ritualizadas). Su paternidad se le atribuye a un tal Tespis, el cual fue un colaborador del tirano ateniense Pisístrato. Hacia el año 546 a.C., Pisístrato se hizo con el poder en Atenas. Tras su caída y la de sus hijos, los atenienses comenzaron a gobernarse en democracia, pero por entonces ostentaba el poder absoluto. Como buen tirano, a Pisístrato se le ocurrió que durante las grandes fiestas públicas de la ciudad se podían celebrar eventos que le gustasen al pueblo y, junto con Tespis, organizó concursos trágicos. La idea era que un grupo de danzarines y “actores” representasen algunos mitos de particular relevancia. Quien tuviera el talento suficiente podía presentar una propuesta para ser representada y uno de aquellos primeros dramaturgos fue Esquilo, que escribió a lo largo de su vida unas 80 tragedias, de las que han perdurado siete. En su Prometeo encadenado, Esquilo nos describe cómo Prometeo es llevado por Fuerza, Violencia y Hefesto a la cima del monte donde permanecerá encadenado por haber sido compasivo con los humanos. Allí, Prometeo desafía a Zeus, que aparece retratado como un injusto y despótico dios ya que, entre otros favores, Prometeo le fue de gran ayuda en su lucha contra los titanes. De todas maneras, aunque sabe que se avecinan tiempos de dolor y humillación, está tranquilo pues, gracias a sus habilidades premonitorias, está seguro de que al final será liberado y tan solo le preocupa el que sus enemigos le vean en situación tan desfavorecida. En un momento dado, Prometeo enumera los bienes que nos proporcionó a los humanos y la verdad es que no son pocos: «Pero oídme las penas que había entre los hombres y cómo a ellos, que anteriormente no estaban provistos de entendimiento, los transformé en seres dotados de inteligencia y señores de sus afectos. »Hablaré, aunque no tenga reproche alguno que hacer a los hombres. Solo pretendo explicar la benevolencia que había en lo que les di. »En un principio, aunque tenían visión, nada veían, y, a pesar de que oían, no oían nada, sino que, igual que los fantasmas de un sueño, durante su vida dilatada, todo lo iban amasando al azar. »No conocían las casas de adobes cocidos al sol, ni tampoco el trabajo de la madera, sino que habitaban bajo la tierra, como las ágiles hormigas, en el fondo de grutas sin sol. »No tenían ninguna señal para saber que era el invierno, ni de la florida primavera, ni para poner el seguro los frutos del fértil estío. Todo lo hacían sin conocimiento, hasta que yo les enseñé los ortos y ocasos de las estrellas, cosa difícil de conocer. También el número, destacada invención, descubrí para ellos, y la unión de las letras en la escritura, donde se encierra la memoria de todo, artesana que es madre de las Musas. Uncí el primero en el yugo a las bestias que se someten a la collera y a las personas, con el fin de que substituyeran a los mortales en los trabajos más fatigosos y enganché al carro el caballo obediente a la brida, lujoso ornato de la opulencia. Y los carros de los navegantes que, dotados con alas de lino, surcan errantes el mar, ningún otro que yo los inventó. »Y después de haber inventado tales artificios –¡desdichado de mí!– para los mortales, personalmente no tengo invención con la que me libre del presente tormento… »Más te extrañarás si oyes lo que falta: qué artes y recursos imaginé. Lo principal: si uno caía enfermo, no tenía ninguna defensa, alguna cosa que pudiera comer, untarse o beber, sino que por falta de medicina, se iban extenuando, hasta que yo les mostré las mixturas de los remedios curativos con los que ahuyentan toda dolencia. Clasifiqué las muchas formas de adivinación y fui el primero en discernir la parte de cada sueño que ha de ocurrir en la realidad… »Bajo la tierra hay metales útiles que estaban ocultos para los hombres: el cobre, el hierro, la plata y el oro. ¿Quién podría decir que los descubrió antes que yo? Nadie –bien lo sé–, a menos que quiera decir falsedades. »En resumen, apréndelo todo en breves palabras: los mortales han recibido todas las artes de Prometeo». (450-506. Esquilo. Biblioteca Básica Gredos. Madrid, 2000. Excelente traducción de Bernardo Perea Morales) Bueno, la verdad es que sí hay buenos motivos para estarle agradecido a Prometeo, quien nos dio la agricultura, la ganadería, las casas, la metalurgia, la adivinación, la escritura y cuanto desarrollo distingue a una sociedad civilizada de los bárbaros. Lo curioso es que esto le costara tan caro. ¿Por qué Zeus le castiga con tanta saña? ¿Acaso teme que los mortales se equiparen a los dioses? ¿Cómo es que el rey de los dioses es tan cruel y egoísta?
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Y ya que nos hemos alejado un poco de la Teogonía de Hesíodo, vamos a aprovechar para consultar su otra gran obra, Los trabajos y los días, donde nos explica el origen de la humanidad. Según Hesíodo, durante el mandato de Cronos ya existía una raza de hombres mortales, una estirpe de oro que habitaba con los dioses en las mansiones olímpicas. Estas criaturas de voz articulada vivían felices, carecían de preocupaciones, desconocían qué era la fatiga, la miseria y la enfermedad. Jamás envejecían y cuando morían entraban en un plácido sueño. Sin embargo, por razones oscuras, esta estirpe se extinguió; o, mejor dicho, cuando estaban a punto de desaparecer, Zeus los convirtió en unas divinidades menores que cuidan de los mortales (una especie de ángeles de la guarda, para aclararnos). Entonces los dioses crearon una segunda estirpe de humanos. Eran de plata y carecían del talento de sus predecesores, aunque no estaban del todo mal. Su crecimiento era muy curioso: durante los primeros 100 años de vida eran niños y vivían con sus madres. Pero en cuanto llegaban a la juventud morían al poco tiempo pues eran muy violentos y se peleaban por cualquier nimiedad. Esta estirpe de plata, además, adolecía de un defecto imperdonable a los dioses: ni les rendían culto ni les preparaban sacrificios. Ante semejante desfachatez, Zeus se enfadó con ellos y los sepultó bajo tierra. Fracasado este ensayo, Zeus lo volvió a intentar por tercera vez y creó una estirpe de bronce. Estos mortales, nacidos de los fresnos, fueron otro fiasco terrible. Tan solo estaban interesados en la guerra, ni siquiera comían pan, y no tardaron en matarse entre ellos con sus poderosas lanzas de bronce. Aún así, Zeus no se desanimó, pues para eso es el dios más poderoso de todo el Olimpo, y creó una cuarta raza de mortales: la estirpe divina de los héroes que se llaman semidioses. Estos hombres eran más justos y virtuosos que sus metálicos predecesores, pero también tenían cierta querencia hacia la guerra que no tardó en diezmarlos (de la cantidad de muertos en batalla, baste con pensar en la guerra de Troya protagonizada por esta estirpe). Sin embargo, Zeus no quería que desapareciese tan digna raza y envió a los pocos que quedaban con vida a las Islas de los Afortunados, donde viven muy felices, al parecer, bajo el gobierno de Cronos (y la reaparición aquí de este dios resulta muy interesante). Por último, apareció la estirpe de los hombres de hierro, la actual humanidad, que son un poco desastre. Se pasan la vida entre fatigas y miserias y ni siquiera durante la noche dejan de envejecer. Eso sí, como dice Hesíodo, en ocasiones con las penas se mezclan las alegrías. En cualquier caso, tarde o temprano, Zeus también destruirá esta estirpe cada vez más degenerada. Llegará un momento en que los hombres nacerán ya ancianos y, encima, cascarrabias. Nadie querrá a nadie, los hijos no respetarán a los padres, los amigos desconfiarán entre sí, el anfitrión traicionará al invitado, la envidia y la maledicencia reinarán entre nosotros… En fin, un desastre, tras el que quizá venga otra estirpe de hombres mejores. |
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