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De niño jugué a lo que me dijeron y ni siquiera de adolescente me aparté de lo encomendado. Más tarde estudié Derecho, pues así lo quería mi padre, y, para no desentonar, por las rancias aulas de la facultad anduve bien vestido: repeinado hasta en el pensamiento. Concluidos los estudios, me casé con una mujer más grata a los ojos de mi madre que a los míos, miopes ya, para que nadie advirtiese cuán lejos me hubieran llevado. Encontré trabajo y en la oficina aprendí a encolerizarme por un penalti mal pitado, por una lesbiana al volante y un gobierno pusilánime y equivocado. En el bar hablé de habladurías y entre cañas y chanzas de hombres amariconados. En casa, correcto: se acostaron ya los niños, y qué me dices del vecino, que si que mal, que si que adónde vamos a parar, que donde ayer y mañana que nada cambiará. Y ahora me veo en el espejo, que, en vez de mi reflejo, tan solo regurgita una neblina lechosa, como el esperma malgastado. |
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Mujer: Perdone, camarero, pero hay un pulpo en mi café. Hombre: Oh, rayos, menos mal que me lo ha dicho. Si me descuido no se lo cobro. Mujer: Es que yo soy así, sabe. Honrada, honrada y trabajadora. Hombre: Pues la felicito, que ya no es fácil encontrar gente así. Mujer: Es por los microondas, sabe. Que le vuelven a la gente mala. Hombre: Dígamelo a mí, que de eso veo mucho todos los días. Concretamente entre las tres y cuarto y las tres y veinticinco. Mujer: ¡Oh! Pobrecico, ¡qué vida más dura la suya! Hombre: Sí, lo sé. Pero no me quejo, que peor se está en el Corte Inglés. Mujer: Eso me lo sé por una de mis hijas. Hombre: ¿Tiene usted hijos? Mujer: Cinco niñas, dos niños y un marido al que no quiero. Hombre: ¡Oh! ¿No le ama usted? Mujer: No, pero con pastillitas se me va pasando la vida y no duele demasiado. Hombre: Señora, he de confesar que la amo. Que por usted yo lo dejo todo, que me muero por besar sus labios aunque sea por un instante que ya jamás podré olvidar, ni siquiera por las mañanas. Mujer: Ya, gracias, muy amable. Yo también le amo, pero mi marido me espera para cenar. Mejor lo dejamos para otro momento. Hombre: Sí será mejor así. Mujer: Eso, lo que yo decía. Hay un pulpo en mi café. |
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En cuanto me termine de fumar este cigarrillo, me matan. Ese joven capitán, que apesta a muerte engalonada, dará la orden y la soldadesca disparará obediente, casi sin pensar, como sombras de nada, lógica militar. El capitán me ha ofrecido un cigarrillo, mi última voluntad, y no sé qué hacer: me lo puedo fumar deprisa, apurando cada calada, o puedo dejar que se consuma lentamente, apurando cada segundo de esta espera fugaz. Pero quizá sea más sensato evitar que mis pensamientos se diluyan entre el humo y la ceniza, y enviarlos al calor de mi amada, de sus manos, de su risa, de su vientre… y así morir con vida, en mis labios: su eternidad. |
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Aquella mañana, los alemanes hicieron formar al grupo 7 como de costumbre. Sin embargo, en vez de enviarlos directamente al trabajo, les informaron de que antes los llevarían a unas habitaciones donde serían desinfectados mediante duchas de agua caliente. Por experiencia, sabían que cualquier cambio en la rutina significaba un peligro inminente. Desde hacía varias semanas, de las chimeneas del campo no había parado de manar un humo tan negro y espeso como la muerte. Un olor nauseabundo lo invadía todo y había conseguido acallar incluso la esperanza, una fe ya perdida en que alguna vez podrían regresar a la vida. Unos compañeros de otros barracones vinieron a calmar las dudas, a silenciar los miedos. Hablaron de ellos mismos y les contaron cómo había sido su experiencia. Alguien les miró incrédulo, pues sabía que nadie en la Tierra podía erradicar los parásitos que le carcomían el alma, pero guardó un discreto silencio, incapaz de desengañar a quien necesitaba ser engañado. El grupo 7, formado por mujeres y niños, entró casi relajado en las duchas, alguna mujer hasta sonrió soñando con la idea de sentirse más limpia, por lo que al principio tardaron en comprender el significado del gas que estaba inundando la habitación. Las puertas estaban cerradas y a los pocos segundos empezaron a derrumbarse asfixiadas. Sin embargo, todavía algunas madres levantaron a sus hijos y hasta el último momento los sostuvieron arriba, lejos del ascendente gas, negándose a aceptar la más cruel de todas las muertes. |
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Tarde o temprano saldré de aquí. Algún día descuidarán su vigilancia y entonces escaparé. He planeado mi fuga hasta el menor detalle: conozco cada milímetro del espacio que me circunda, he contado una y otra vez sus pasos, los puedo reconocer a todos tan solo escuchándoles caminar. Sé cuánto tardan, quiénes son y adónde se dirigen en todo momento. Lo sé con absoluta precisión. He entrenado mis sentidos para llevarlos al máximo de su capacidad. Me han llorado los ojos, me han estallado los oídos y me ha sangrado la nariz; pero ahora distingo cada silueta por oscura que venga la noche, oigo hasta el rozar de dos gotas de lluvia y huelo las diferencias térmicas del aire que me rodea. He cerrado los ojos y he recorrido con mis dedos cada milímetro de esta celda, solo con las yemas de mis dedos podría distinguir las aristas que quiebran un grano de sal. He entrenado mis músculos con espartana disciplina. He domado los apetitos de mi espíritu. Ya no necesito comer, beber o dormir, ni aún en una semana, para recibir, analizar, procesar y concluir cuáles son las reacciones indicadas para resolver cualquier problema. Sí. Ya sé lo que me vas a decir: que pueden surgir imprevistos, algún accidente fatal que lo desbarate todo. Quizá tengas razón. Quizá sea conveniente volver a posponer la fuga, terminar de atar los cabos, repasar los detalles y cerciorarme de que todo funciona acorde con mis cálculos. Sí. Decididamente tienes razón. Volveré a empezar y esta vez será la definitiva. |
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Una vez, un hombre buscó desesperado el poema más sublime que jamás fue escrito. Buscó sin encontrar un poema que diera sentido a su vida. Un poema que tratase del amor y la muerte, del eterno retorno, de la nada y las musas, del hermano perdido. Ni en infiernos, océanos o junglas. Ni en nubes ni en relojes de arena te encontró. Y murió sin darse cuenta de que, precisamente, era esa búsqueda el poema que andaba buscando. |
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| ... Continuará | |