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  Las gafas de Teseo
3 - febrero
 

[1] Harán ya más de 15 años que me compré mis gafas, las cuales tienen la particularidad de ser redondas. Hoy día resulta imposible encontrar gafas redondas pues, según me dijo un oculista, son las que, en general, peor le quedan a la gente y, por tanto, las que no se venden. Quizá por la costumbre, yo me siento muy cómodo con mis gafas redondas. De hecho, no podría sentirme a gusto con otro modelo, por lo menos a corto plazo. Sin embargo, ¿de verdad sigo con mis mismas gafas de antaño?

A lo largo de todo este tiempo he tenido que reemplazar los cristales en numerosísimas ocasiones, ya sea por que se rompían o por que me aumentaba la graduación. La montura también ha ido sufriendo progresivas modificaciones. Primero una patilla que se rompió y puse otra de una marca distinta, luego la otra patilla y, finalmente, la varilla de en medio, lo que me obligó a quedarme con las últimas lentes y hacerme una montura al aire totalmente nueva, que es la que llevo ahora y con la que, por cierto, no veo un carajo pues los tornillos interfieren en mi ángulo de visión.

Ahora bien, podemos preguntarnos si las gafas son en verdad aquellas gafas y si no lo son cuándo dejaron de serlo. Dicho de otra forma, ¿qué hace que estas gafas sean estas gafas y no otras?

Esta es la llamada paradoja de Teseo. El barco de este héroe griego fue conservado durante mucho tiempo pues, entre otras hazañas, esta persona había conseguido matar al minotauro y con ello terminar con el sacrificio anual de jóvenes atenienses (aunque Borges señaló que, en realidad, el minotauro, que se llamaba Asterión, se suicidó, lo que me parece mucho más razonable teniendo en cuenta las destrezas guerreras de uno y otro). Sin embargo, como la madera iba pudriéndose, debía de ser reemplazada periódicamente. ¿Una vez que se reemplazó hasta la última pieza carcomida por el tiempo y las termitas, era ese el barco de Teseo o no? Y lo que todavía está menos claro, si esa madera en vez de desecharse era utilizada para construir otro barco que al final reunía todas las piezas del barco original, ese otro barco ¿era el barco de Teseo o no?

Y si alguien pensara que este es un dilema bizantino, también podría plantearse qué pasa con él mismo, pues, como las células se van reemplazando (menos teóricamente las neuronas, que, sencillamente, se pierden), quizá llega un momento en que no queda nada de su yo físico original. ¿Quizá ha dejado de ser él?

[2] Bueno, ya está listo el viaje de Oviedo. Piano, piano...

 
  Ligea 6 - febrero
 

[1] Novedóticas. He remodelado el diseño de Rapsodas, que ahora se llama Ligea. Creo que tenía abandonada esta sección dedicada a la poesía porque no me gustaba el diseño de la página. Era un poco absurdo, letras rosas sobre fondo negro: ilegible. Bueno a ver si os gusta. Poco más me ha dado tiempo de hacer este fin de semana, por razones ajenas a mi voluntad tuve que ir al trabajo. En fin, necesitaría un mes sabático para empezar a ponerme al día...

[2] Ayer salí a la calle un tanto preocupado por las cosas de la vida, ya sabes, que si esto, que si lo otro, cuando de repente me encontré con un abogado de incógnito que trataba, con suma delicadeza, de introducirse un plátano por la oreja ante la mirada atónita del tendero, que había incurrido en una distracción fatal, aunque sabiamente aprovechada por el resto de la clientela que, por fin, disponía de un pequeño espacio de libertad para debatir acerca de la verdadera naturaleza del alma, lo cual fue un craso error pues, como era previsible, la discusión degeneró en un torrente incontrolable de palabras que fue adquiriendo cada vez más fuerza mientras rodaba calle abajo atropellando a cuanto ingenuo transeúnte había osado cruzar la calle sin ir armado con la obra completa de Tolstoy, literato éste que se encontraba entre los predilectos de la dulce vecina de pechos pequeños que encandilaba al bondadoso señor ingeniero hasta el punto de provocarle sucesivas taquicardias tan solo rebajadas por la cuenta del teléfono que periódicamente le entregaba un apuesto cartero de pantalones raídos que, en realidad, era la secreta personalidad de un superhéroe un tanto caduco pero siempre solícito para con las cosas del vecindario, sobre todo las tristes tardes de los domingos pluviosos que, antes que entrañable morriña, tendían a suscitar hondas depresiones que, incluso, podían desembocar en espantosos suicidios. Pero luego volví a casa.

 
  Nerón 14 - febrero
 

[1] Me leí este fin de semana un ensayo de divulgación sobre Nerón, un emperador de la antigua Roma que gobernó entre el año 54 y el 68. Como todos los comportamientos exagerados, Nerón resulta fascinante. Al igual que ocurre con el resto de los emperadores romanos, en su biografía encontramos asesinatos, conjuras, arbitrariedades, megalomanías, grandes apetitos y todo tipo de desmesuras.

Nerón llegó al trono gracias a las hábiles maniobras de su madre, Agripina, con quien mantuvo una intensa relación sentimental y sexual hasta que ordenó asesinarla por miedo a que ella se anticipase con el veneno. La pobre Agripina era, de hecho, una mujer de armas tomar. Había resistido todo tipo de conjuras y los odios de más de un emperador: Tiberio, Calígula y Claudio, con el que se había casado para que su hijo heredase el imperio y al que había dado muerte mediante un poderoso veneno en cuanto pudo.

Agripina

El joven emperador Nerón vivió de forma totalmente exagerada. Por doquier mandaba erigir estatuas monumentales a su memoria y, creyéndose un gran poeta y cantante, organizó certámenes donde todo el mundo debía aplaudirle entusiasta so pena de ser desterrado. La política interior fue delegada en ayudantes varios que se encargaron de suprimir a sangre y fuego las conspiraciones reales o imaginarias de su reinado. El pueblo de Roma, en general, podía sentirse satisfecho pues el emperador les proporcionaba con creces los ingredientes de sus mayores apetitos: panem et circum, esto es, la distribución gratuita de cereales, las batallas de gladiadores, las ejecuciones públicas y las carreras de cuádrigas.

En cuanto su política exterior, si bien los historiadores tienden a calificarla, cuanto menos, de indolente por las pocas guerras emprendidas (tan solo un par de incursiones por Armenia), a mí me parece lo más razonable de este desquiciado muchacho. No sé porqué tienen esta manía los historiadores de ver con malos ojos el que los gobernantes no emprendan guerras llenas de horror y conquista.

De todos los personajes de su entorno inmediato, el que más llama la atención es quizá el filósofo Séneca, quien fue su preceptor durante toda su adolescencia y parte de su juventud. Resulta curioso que un hombre que se advierte tan sensato por sus escritos fuera el maestro de semejante bestia. ¿Cómo es que Seneca se dejó llevar por la ambición y decidió quedarse en Roma, hervidero de ambiciones y decadencias, en vez de venderlo todo y escapar al rincón más remoto del imperio? El final de su vida fue escalofriante. Al parecer estaba medio implicado en una fallida conjura contra la vida de Nerón. Cuando los tiranicidas fueron descubiertos, le ordenaron quitarse la vida. Después de cenar, Séneca, muy sereno, procedió a rasgarse las venas e ingerir un veneno. Su mujer intentó emularle pero por fortuna consiguieron salvarla a tiempo.

Otro aspecto muy interesante es la propia dinámica de Roma durante este período. Por cierto, parece evidente que es falsa la presunta culpabilidad de Nerón en cuanto al incendio que destruyó la ciudad. Esta acusación probablemente fuera fruto de la imaginación de los posteriores historiadores latinos, que le tenían particular resentimiento y aversión. El caso es que Roma debía de ser una ciudad impresionante. Miles de personas hacinadas en edificios que se derrumbaban e incendiaban cada dos por tres. Todo tipo de sectas orientales vaticinando el fin del mundo en soportales compartidos con prostitutas y vendedores de cuanta mercancía hubiera en el Imperio. La guardia pretoriana asesinando o eligiendo a los emperadores a su antojo. Los senadores más preocupados por sus propiedades que por la justicia. Un sinfín de esclavos torturados y obligados a trabajar hasta la extenuación... Y todo empapado en la sangre de miles de víctimas durante la celebración de los juegos.

¡Qué lejos quedaba la mesura y el equilibrio de los griegos!

 
  Risa roja 15 - febrero
 

[1] He subido una nueva exposición en fotónica diletante, que como sabéis es donde la gente envía sus exposiciones de fotos. En este caso se trata de una que algunos ya conocéis: Intersecciones, por mi hermano Uri. Es una exposición muy interesante, fruto de la costumbre que tuvo Uri durante un tiempo de coleccionar atardeceres.

[2] Ayer leí un libro escalofriante: Risa Roja, de Leonid Andreiev (El Nadir, Valencia 2004. Traducción de Rafael Cansinos). En esta novela, Andreiev nos relata el horror y el absurdo de la guerra a través de un pobre soldado ruso que es enviado a combatir contra los japoneses en la guerra ruso japonesa de 1904. Como sabéis, aquella contienda fue fruto de los intereses expansionistas de las dos potencias y se saldó con la victoria nipona y un sinfín de víctimas entre los rusos. La guerra solo duró un año y, por tierra, los combates se redujeron casi a la zona de Manchuria, pero solo en el bando ruso pudieron morir hasta medio millón de personas.

Andreiev (1871-1920) fue un escritor ruso que luchó con su pluma por la libertad, primero contra el zar y luego contra los bolcheviques, lo cual le costó el destierro y el morir en la indigencia más absoluta. En esta obra nos sumerge irremediablemente en un paisaje claustrofóbico, angustioso, donde la muerte y la locura danzan frenéticas al ritmo del absurdo militar. Una maravilla que no deja espacio al menor romanticismo en el campo de batalla.

Un fragmento:

"Una hora después, me entregó el cartero una carta dirigida a mi hermano, y en el sobre reconocí la letra de un muerto. Pero esto es aún mejor que cuando u muerto le escribe a un vivo, como en el caso que me han contado de una madre que durante todo un mes estuvo recibiendo cartas de su hijo, después de haber leído en los periódicos el relato de su terrible muerte... destrozado por una granada.

Era un hijo cariñoso y en todas sus cartas le prodigaba palabras de afecto y consuelo, de juvenil e inocente esperanza en la buena suerte. Era ya un muerto y aún todos los días seguía hablando, con satánica puntualidad, de la vida; y su madre llegó a no creer en su muerte, y cuando pasaron uno, dos, tres días sin carta y se hizo el infinito silencio de la muerte, cogió con sus dos manos un viejo pistolón del hijo y se disparó un tiro en el pecho".

(página: 115)

Andreiev, un gran pacifista

[3] No me termina de convencer este diseño. No sé, no sé... creo que la columna de la izquierda queda un tanto deslabazada. Sospecho que no se entiende bien qué es cada cosa... ¿Tendré que volver a hacer otra fórmula diseñil o conseguiré sujetar a la bestia que me obliga a cambiar de modelo cada dos por tres?

 
  De libros y dignidades
16 - febrero
 

[1] Puedo ser un súbdito, pero ni ante el Rey de los cielos haré de lacayo o de bufón. (A. S. Pushkin).

Esta frase lapidaria, que me recuerda al más vale morir de pie que vivir de rodillas de Ché Guevara, me parece más apropiada para una novela de aventuras que para adoptarla como norma de conducta en nuestra vida cotidiana. De hecho, eso que llaman “honor” “dignidad” y similares me parece una zarandaja venida a más a fuerza de literaturas ajenas a la realidad. Creo que en la vida hay cosas mucho más importantes que el honor, como el estar vivos, el amor, la amistad, el placer, la solidaridad y tantas y tantas cosas que no podemos hacer si estamos muertos, aunque nos hayan enterrado al son de marciales trompetas.

Así que podemos cambiar la frase de Pushkin por algo más sensato:

Puedo ser un súbdito, pero incluso ante el rey de más baja estofa fingiré ser su lacayo o su bufón sin con eso no hago daño a nadie y sí mucho bien a los míos y a mi persona.

[2] Me encantan los libros. Me gusta cuando recién comprados conservan su olor a las colas y tintas de la imprenta. Me gusta deslizar mis dedos por la suavidad de sus páginas. En ocasiones me atrapan y ni siquiera el sueño o el hambre son capaces de sustraerme de su irresistible canto. Me reconforta encontrar en un libro ideas que comparto y disfruto como un niño cuando leo pasajes en los que me veo reflejado o me ayudan a comprender no sé qué situación. Me gusta subrayar los pasajes que me parecen más interesantes y llenar los márgenes de notas y signos de exclamación e interrogación como si estuviera hablando con el autor del libro mientras tomamos algo. Cuando apenas me quedan un par de páginas para terminar una obra, me gusta encender un cigarrillo y terminarlo casi al tiempo que la lectura.

Me gusta recorrer las habitaciones de una casa llena de libros: en estanterías, sobre las mesas, en el bidé, amontonados en una mesilla de noche. Es indescriptible el gozo que me produce estar con Eva mientras leemos en la cama, arrebujados en las mantas, mientras afuera hace frío. He desarrollado un sonar similar al de los murciélagos que me permite ir leyendo mientras ando por la calle camino al trabajo; en ocasiones me abstraigo hasta tal punto de mi entorno que ni siquiera me doy cuenta de que estoy enterrado bajo tierra en el metro, como los gusanos. Me gusta mucho emocionarme con lo que estoy leyendo y reír a carcajadas o llorar de impotente rabia ante los acontecimientos literarios. Cuando pasan varios días sin que pueda leer algo interesante me siento como una planta sedienta que necesita ser regada o morir. Me fascina un autor desconocido que por la sinopsis de la cubierta se promete igual de maravilloso que una primera cita amorosa. Grito de entusiasmo cuando me encuentro un libro nuevo de un autor interesante. No puedo describir lo que siento cuando estoy dentro de una gran biblioteca con todos esos libros esperándome…

Me encantan los libros.

 
  Naguib Mahfuz
17 - febrero
 

[1] Ayer terminé de leerme una entretenida novela de Naguib Mahfuz, La batalla de Tebas (Edhasa, traducción de María Luisa Prieto), en la que se narra la expulsión de los hicsos de Egipto. Como sabéis, los hicsos eran un conglomerado de pueblos semitas, asiáticos, que a mediados del siglo XVIII a. C. conquistaron Egipto. Los faraones egipcios se exiliaron entonces en el sur, primero en Tebas y luego más abajo, en Nubia. Durante unos 200 años los hicsos gobernaron el país, hasta que fueron expulsados por los gobernantes egipcios que se habían refugiado en el sur.

Aunque la novela resulta entretenida, me chirrían un par de cosas. Primero, intuyo que le falta cierto rigor histórico. Mahfuz se basó para escribirla solo en las fuentes egipcias, que, como es evidente, no dejan nada bien parados a los hicsos, que son considerados una especie despreciable de tiranos sedientos de sangre, frente a unos benévolos y magnánimos faraones tan solo interesados por el bienestar del pueblo. Esto no me lo puedo creer. Dudo que los hicsos hubieran podido gobernar durante 200 años con mano de hierro. Sin contar con cierto beneplácito por parte de la población local y sin haber fusionado estructuras y maneras de gobierno no podrían haberse mantenido en el poder durante tanto tiempo. Y, en cualquier caso, mucho menos creíble me parece un faraón preocupado por un campesino o un esclavo. Y aquí está el principal problema de la novela de Mahfuz.

Todo el mundo arde en deseos de morir por el faraón, a los campesinos tan solo les preocupa la liberación nacional y al faraón se le estremece el corazón ante cada egipcio caído en combate. De hecho, las guerras no se nos presentan como algo horrible, donde la gente pierde la vida y la cordura, sino como una gesta épica que apenas supone daño alguno para nadie.

De hecho, los protagonistas, aunque están basados en figuras históricas reales (el comandante militar Amhose, el faraón Khamose, el rey hicso Apofis, etcétera), no me parecen creíbles en absoluto porque razonan y sienten de forma superflua, como en un filme del cine estadounidense actual. No tienen contradicciones, ni sentimientos profundos. Tan solo son depositarios de un rol prefijado por la mente del escritor (la princesa, el valiente compañero, la madre benévola).

Con lo anterior no quiero desaconsejar su lectura. Todo lo contrario, me parece que la novela es muy entretenida y una buena forma de empezar a conocer un periodo de la historia de Egipto.

De todas maneras, si alguien quiere leer una novela absolutamente genial sobre Egipto, me permito sugerir El dios Escorpión, de William Golding (Alianza Editorial, Madrid 2003. Traducción de Ernestina de Champourcin). Una maravilla que, intuyo, nos sumerge en un Egipto real, con personajes complejos y tramas densas.

Para más información: http://www.egiptologia.com

[2] Por razones profesionales, Tubau lleva varios días sin subir nada a su actual bitácora, Monadolog, y un feroz síndrome de abstinencia comienza a adueñarse de mis navegaciones por Internet…

 

 
  Cumpleaños fatal 23 - febrero
 

[1] Bueno, poco a poco me voy recuperando de mi cumpleaños. Madre mía, ya han pasado 34 años desde que nací y todavía no he descubierto un método infalible para detener esta inexorable marcha hacia la muerte. O me doy prisa o, para cuando quiera remediarlo, será demasiado tarde. Ya he perdido el pelo de mi cabeza, un número indeterminado de dientes y una miríada de neuronas. No quiero ni pensar en la cantidad de células que se han desprendido de mi cuerpo, y mucho menos en el estado de mis vísceras favoritas.

Lo sé, esta desidia me traerá fatales consecuencias, debería abandonar esta absurda costumbre de cumplir años... y sin embargo me muero.

[2] Como estos días han sido de festejos y resacas, apenas me quedaron fuerzas para leer varias novelas de Camilieri y ver alguna que otra película. Entre ellas, Z de Costa Gavras. Impresionante. Como le dedicaré una sala del museo, no comentaré casi nada aquí. Tan solo recomendarla encarecidamente. En Z, Costa Gavras nos narra el asesinato de un diputado comunista en Grecia poco antes de que los coroneles dieran su terrible golpe de Estado. A pesar de recibir un sinfín de presiones, un juez se dedica a investigar el caso en el que están implicados los altos mandos militares.

Aquel escándalo provocó la caída del partido conservador, pero cuando la izquierda ganó las elecciones, los coroneles dieron un golpe de Estado, en 1967, que les mantuvo en el poder hasta 1974, cuando su propia ineficacia acabó por desbordarles.

Resulta curioso que en la película los militares aparezcan retratados como estúpidos. (Por cierto, recuerdo una frase de Ana que decía algo así como que la expresión inteligencia militar suponía una contradicción en sus términos). Y digo curioso por que el viernes se desató un debate sobre si se puede ser inteligente y malvado al mismo tiempo. El debate ha sido llevado por Tubau a monadolog donde acuña el término platónico-marcótico para describir mi planteamiento al respecto.

Como se infiere del término, pienso que se es malo por ignorancia, ya sea por la falta de datos, o por falta de inteligencia, es decir, por la incapacidad de analizar los datos correctamente. Claro está, parto de la premisa de que el bien existe y es universal. (Por lo menos el derecho a la integridad física y psicológica de las personas; derecho este que considero por encima de culturas, etnias, naciones, religiones, ámbitos temporales o cualquier otra relativización fundamentada en algo tan azaroso como mi lugar de nacimiento o el de mis ancestros).

Así, en medio del fragor etílico de la noche, aventuraba dos tipos de inteligencia, una que llamaba de “baja intensidad”, manifiesta en el talento para con alguna disciplina (como las matemáticas o la pintura), y otra de “alta intensidad”, manifiesta en la capacidad para discernir el bien del mal y comportarse correctamente.

Al respecto, me vale como ejemplo el gran jugador de ajedrez, brillante en el tablero, pero como suele ser frecuente entre los ajedrecistas, machista y con tendencias nazis. De hecho, es sintomático que el ajedrez, que no depende de la fuerza corporal, mantenga una competición masculina y otra femenina.

Otro ejemplo claro lo encontramos en los escritos de Bertran Russell y Nietscze, mientras que el primero me parece un genio de gran inteligencia, en tanto que los puntos de fuga de sus planteamientos son la búsqueda del mayor bienestar posible al más de los ciudadanos, el segundo me parece un mero idiota con gran talento para con la poesía o, cuanto menos, un tipo desinformado a causa de sus propios prejuicios. Dicho de otra manera, no creo que Bush sea imbécil porque apenas encontremos lagunas en su ignorancia, ni por su dificultad argumental, sino, en su mayor parte, por su incapacidad para ver todo el sufrimiento que provocan sus decisiones… [to be continued]

[3] Leo en un periódico que una asociación de apoyo a las personas que han sufrido lesiones mentales se ha quejado a una serie de televisión por bromear sobre esta cuestión. Como no he visto el programa no sé si los chistes eran de verdad hirientes, lo que sí tengo más claro es que, en general, reírse de los débiles me parece fuera de lugar. (Entiendo por débil, en este caso, aquellas personas que padecen una situación de oprobio y apenas pueden defenderse). Así, por ejemplo, me resultan muy desagradables los chistes machistas, racistas y xenófobos, cuyo mecanismo, además, no suele radicar en lo ingenioso del desenlace sino en el lazo de complicidad que sienten los oyentes al sentirse partícipes de un prejuicio por otro lado injustificado.

Por contra, me parece muy saludable reírse de quienes ejercen el poder de forma autoritaria o injusta. Sobre todo cuando así se les pierde parte del respeto que intentan inculcar por todos los medios. Por ejemplo, supongo que es muy recomendable para la salud mental ser estadounidense y reírse del himno americano, la patria o demás valores tradicionales (véase los Simpson).

[4] He arreglado el enlace a Centroeuropa, que no funcionaba. Yuk, yuk, yuk.