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novedóticas: Orfeo entre los muertos |
web log de marcóticos febrero de 2006 [Pulsa el último día del calendario] |
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marcóticos |
Malditos milicos |
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En marzo de 1976, al calor de la inestabilidad política y económica que sacudía la Argentina, en parte causada por la astronómica deuda externa que habían contraído gobernantes ineficientes y en manos de los intereses estadounidenses, los militares se divirtieron con un golpe de Estado y nombraron caudillísimo al siniestro Videla, a la sazón reyezuelo de los armados. Los militares se mantuvieron en el poder hasta 1983, momento en el que su estupidez les llevó a cometer un afortunado error fatal: invadir las islas Malvinas, cuya soberanía pensaban más suya que inglesa, lo cual importa un pimiento, aunque ellos no lo sabían pues los militares suelen anteponer las gónadas a las neuronas. Estulticias aparte, el caso es que los ejércitos argentinos fueron barridos en un santiamén por los británicos y la derrota terminó de precipitar un agrietado régimen que había llevado al país a una miseria económica aún más insondable. A pesar de la feroz represión ejercida durante la dictadura, no habían conseguido terminar con el hambre de libertad y en cuanto entreabrieron la ventana llegaron los vientos de la democracia, hoy convertidos en huracán gracias al infatigable deseo de justicia de la sociedad argentina. Por el trayecto, los militares habían desaparecido a unas 30.000 personas. Frente a otras dictaduras más chapuceras, como la franquista, los militares argentinos mostraron una particular capacidad de sadismo y sofisticación. En vez de limitarse a encerrar o asesinar a sus víctimas, decidieron “desaparecerlas”, eufemismo con el que designaban a los presos maniatados y drogados que arrojaban al mar desde un avión, con el objetivo, entre otros, de que sus amigos y familiares jamás supieran qué había sido de ellos, y, por tanto, se mostrasen mucho más cautelosos a la hora de preguntar dónde estaban no fuera a ser que la insistencia agravase su posible situación. Además, los perdidos resultaban mucho más fácil de explicar a la opinión pública internacional que los muertos: ya se sabe, los unos se han ido, a los otros los fueron. Entremedias de semejante locura, de tamaña barbarie, un grupo de mujeres, que la historia conocerá como Madres de Mayo, se negaron a aceptar la verdad oficial, radiada hasta la extenuación por el régimen y todos los jueves desde hace mil años se reunieron en la bonaerense Plaza de Mayo para preguntar, inmensas, dónde se encontraban sus hijos. Su pregunta, jamás respondida por temor y por vergüenza, golpeó con indomable coraje el muro de engaños y mentiras que trataron de erigir milicos y sucedáneos hasta resquebrajarlo desde sus cimientos. Y ahora, que por fin respira la verdad, que empezamos a saber hasta sus nombres y apellidos, han decidido que su trabajo ha concluido, que su papel en la historia de la justicia ha llegado al final, pues, dentro del parco margen que dejaba una escenografía para Muerte en Sí Mayor, han quebrado la obra para transformarse, crisálidas, en realidad. Va por ellas, que el pasado viernes decidieron concluida su labor después de tres décadas de resistencia pacífica.
PD. Añado un comentario enviado por Pilar: «no sé si recordaréis que caminaban en círculo y sin hablar, burlando de esta manera la prohibición de manifestarse: circulaban y no estaban reunidas. Siempre me ha gustado recordar este gesto, esta forma de resistencia que encuentra el resquicio en la redacción de la ley». |
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Elogio del pan |
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Pocas viandas me parecen tan apetitosas como el pan y sus parientes. Aunque pueda nacer bajo todas las formas y apariencias, en su origen siempre se encuentra la harina, ya sea de trigo, centeno, maíz, cebada, arroz, soja, patata, y hasta de bellota: que cualquier estratagema es buena para arrebañar salsas y sopas. A la harina se le añaden agua y sal, si a la religión y la economía no les parece mal. Y digo religión pues por lo menos conozco un caso, el de los judíos, en el que al pan no se le echa sal, al parecer por los malos tiempos que vivieron aquí y acullá desde hace la intemerata. En cualquier caso, es de destacar el profundo amor entre pan y religión, pues no hay mitología donde tan esencial alimento no ocupe un privilegiado lugar entre dioses, héroes y querubines. Entre los clásicos se encuentra a la poderosa Demeter y sus misterios eleusinos; en Egipto también aparece asociado con la muerte, con Osiris, por aquello de que durante algunos meses se esconde bajo tierra; en Mesoamérica, mayas y aztecas situaron el maíz en cada uno de los puntos cardinales que configura el universo; y para hablar de su importancia entre los cristianos me bastará con recordar el manido mantra que precede a la pitanza: el pan nuestro de cada día dánosle hoy, eso sí, con sudor, que dios es superlativo hasta para el rencor. Cuando el pan escasea se enardecen las gentes, como ocurrió poco antes del colapso del imperio romano o en las antevísperas de la revolución francesa, pues el pueblo entiende que se le prive de derechos y libertades pero no de vida. Y es que la ausencia de pan, que no de carne, vianda exclusiva de los pudientes, fue el origen y la causa de cuanta hambruna diezmó antaño las poblaciones. Hoy día su fatal escasez sigue llevándose por delante a millares de personas, pero en realidad se mueren más por falta de pundonor de quien lo tiene y no lo reparte que por falta de pan. En cualquier caso, en tanto que muerte siempre será mala muerte. |
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El sentido de la vida I |
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De niño jugué a lo que me dijeron y ni siquiera de adolescente me aparté de lo encomendado. Más tarde estudié Derecho, pues así lo quería mi padre, y, para no desentonar, por las rancias aulas de la facultad anduve bien vestido: repeinado hasta en el pensamiento. Concluidos los estudios, me casé con una mujer más grata a los ojos de mi madre que a los míos, miopes ya, para que nadie advirtiese cuán lejos me hubieran llevado. Encontré trabajo y en la oficina aprendí a encolerizarme por un penalti mal pitado, por una lesbiana al volante y un gobierno pusilánime y equivocado. En el bar hablé de habladurías y entre cañas y chanzas de hombres amariconados. En casa, correcto: se acostaron ya los niños, y qué me dices del vecino, que si que mal, que si que adónde vamos a parar, que donde ayer y mañana que nada cambiará. Y ahora me veo en el espejo, que, en vez de mi reflejo, tan solo regurgita una neblina lechosa, como el esperma malgastado. |
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Se denominan impuestos indirectos aquellos que se recaban sobre la compra de determinados objetos, como el alcohol y el tabaco, mientras que los directos son los que pagan los contribuyentes en función de sus ingresos: cuanto más ganas, más pagas. Con los primeros se corre el riesgo de ser injustos, pues no todos manejamos el mismo dinero: los más solemos cobrar en dinerumbre, que apenas alcanza para pagar la casa y sus apetencias, y solo unos pocos disponen de dineroso, con el que se pueden adquirir todocosas, inclusive las de primera necesidad, y aún te sobra para millomás. Dicho de otra forma y en tono de súplica: porfi, ministra, no nos suba de precio el tabaco que esto va a peor, de verdad que me lo sé, que entraba para el examen. |
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El sentido de la vida II |
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Mujer: Perdone, camarero, pero hay un pulpo en mi café.
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....Mientras decenas de cooperantes y periodistas europeos intentaban abandonar ayer la franja de Gaza y Cisjordania, debido a las amenazas de extremistas musulmanes que prometieron secuestrar a cualquier ciudadano de la UE en represalia por la publicación en la prensa europea de caricaturas del profeta Mahoma, un alemán fue retenido por un grupo de palestinos armados en Naplusa (Cisjordania), según fuentes israelíes. Las amenazas se han multiplicado en todo el mundo árabe y musulmán...
Canto primero Definitivamente, cantaré para el hombre. Yo os traigo un alba, hermanos. Surto un agua, De golpe, han muerto veintitrés millones el ansia. Sin saber por qué, mataban; Solo está el hombre. ¿Es esto lo que os hace ¿Os da miedo, verdad? Sé que es más cómodo si hay más! En cambio, hay menos: sois sentinas Blas de Otero |
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¡El píxel de oro! |
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Tachán, tachán... señoras, señores, koalas y camaleones: después de arduas discusiones Bacti y yo, es decir, el excelentísimo jurado del concurso literario sin pretensiones El Píxel de Oro, hemos decidido cuál es el relato ganador de la tercera convocatoria. Y, señoras, señores, cacahuetes y estornudos varios, me complace decir que un año más han ganado todos: incluso dos que yo me sé y que no han participado.
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Como sabes, en estos días se está produciendo una espeluznante espiral de violencia en los países islámicos, a causa de unas viñetas publicadas en un periódico danés, en las que se muestra a Mahoma con un turbante lleno de bombas, o algo similar. La situación es tan compleja que no tengo ni la más remota idea sobre cómo se puede solucionar. A modo de reflexión compartida, y sin ninguna intención de pontificar sobre tan embrollado asunto, me planteo las cuestiones siguientes. a) Que la libertad de expresión está por encima de todas las sensibilidades. Claro está, no considero que este derecho ampare la incitación al asesinato (de la serie: vamos a borrar Israel del mapa o hay que terminar con ese periodista, con ese concejal). b) Que un país tercero no puede interferir en la soberanía de otro exigiéndole que acalle tal o cual publicación. Parodiando la situación, sería igual de ridículo que los españoles empezaran a exigirle a los gobiernos soberanos de Sudamérica que censurasen los medios de comunicación en los que los hispanos son tratados como zotes y sangrientos conquistadores. c) Que ni el contexto cultural ni los agravios padecidos ni zarandajas similares son atenuantes del odio y la violencia. Por aquí y por allá, se escuchan ya opiniones que perdonan lo que está sucediendo: es consecuencia de la injusta guerra de Irak, hay que comprender que en su religión está prohibido representar al profeta, son muchos años de humillación… ¡buf! No entiendo por qué puedo condenar al etarra que mata por política y no me puede parecer inmoral que se asesine para mayor gloria de dios. Un asesinato es un asesinato, aquí y en la Conchinchina. La muerte no entiende de razones ni culturas. La guerra de Irak me pareció injusta, aberrante, y así lo manifesté por doquier, pero me resultan igual de repulsivos los asesinatos que hoy día se cometen en el maltrecho país. Unas manos que matan carecen de nacionalidad: su única cultura, su único contexto, es la miseria moral de los hombres. d) Que resulta de vital importancia comprender la diferencia entre ser un creyente musulmán y ser un fanático exaltado. Los primeros en padecer la intolerancia de los radicales son las millones de personas que viven en los países islámicos y quieren vivir tranquilamente y en libertad. No se puede juzgar a los pueblos por sus gobernantes ni por sus sacerdotes. Hoy más que nunca debemos esforzarnos por erradicar el racismo y la xenofobia de Occidente. e) Que los primeros en beneficiarse de la lejanía occidental son los fanáticos. En general, los sacerdotes se nutren de la ignorancia, la pobreza y los prejuicios de las gentes. Esa es una de las razones por las que en los países islámicos se atente contra el turismo y Occidente. Lo que más les gustaría sería mantener a la gente sumida en la ignorancia, encerrados en las aldeas, sin ningún contacto con el mundo exterior. f) Que urge potenciar económicamente y buscar puntos de encuentro con los países islámicos más moderados, como Turquía o Marruecos. g) Que Estados Unidos y sus aliados deben irse ya de Irak y dejar de atizar el polvorín islámico antes de que esto vaya todavía a peor. |
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El sentido de la vida III |
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En cuanto me termine de fumar este cigarrillo, me matan. Ese joven capitán, que apesta a muerte engalonada, dará la orden y la soldadesca disparará obediente, casi sin pensar, como sombras de nada, lógica militar. El capitán me ha ofrecido un cigarrillo, mi última voluntad, y no sé qué hacer: me lo puedo fumar deprisa, apurando cada calada, o puedo dejar que se consuma lentamente, apurando cada segundo de esta espera fugaz. Pero quizá sea más sensato evitar que mis pensamientos se diluyan entre el humo y la ceniza, y enviarlos al calor de mi amada, de sus manos, de su risa, de su vientre… y así morir con vida, en mis labios: su eternidad. |
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Orfeo entre los muertos |
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Aunque no me termina de convencer el resultado final, subo ya una cosilla que he preparado sobre el mito griego de Orfeo y Eurídice, una historia de amor de mucho llorar.
Oye, y a ver si cambio el tercio que este mes me está quedando un poco tristón, ¿no? |
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El sentido de la vida IV |
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Aquella mañana, los alemanes hicieron formar al grupo 7 como de costumbre. Sin embargo, en vez de enviarlos directamente al trabajo, les informaron de que antes los llevarían a unas habitaciones donde serían desinfectados mediante duchas de agua caliente. Por experiencia, sabían que cualquier cambio en la rutina significaba un peligro inminente. Desde hacía varias semanas, de las chimeneas del campo no había parado de manar un humo tan negro y espeso como la muerte. Un olor nauseabundo lo invadía todo y había conseguido acallar incluso la esperanza, una fe ya perdida en que alguna vez podrían regresar a la vida. Unos compañeros de otros barracones vinieron a calmar las dudas, a silenciar los miedos. Hablaron de ellos mismos y les contaron cómo había sido su experiencia. Alguien les miró incrédulo, pues sabía que nadie en la Tierra podía erradicar los parásitos que le carcomían el alma, pero guardó un discreto silencio, incapaz de desengañar a quien necesitaba ser engañado. El grupo 7, formado por mujeres y niños, entró casi relajado en las duchas, alguna mujer hasta sonrió soñando con la idea de sentirse más limpia, por lo que al principio tardaron en comprender el significado del gas que estaba inundando la habitación. Las puertas estaban cerradas y a los pocos segundos empezaron a derrumbarse asfixiadas. Sin embargo, todavía algunas madres levantaron a sus hijos y hasta el último momento los sostuvieron arriba, lejos del ascendente gas, negándose a aceptar la más cruel de todas las muertes. |
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El oro de Moscú |
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La historia del llamado “oro de Moscú” es digna de ser relatada en una novela de intriga y misterio. Como sabes, cuando los militares fascistas se sublevaron contra el legítimo gobierno de la República española, allá por el año 36, surgieron dudas sobre qué hacer con el dinero y el oro guardado en el Banco de España, que por entonces era una fortuna descomunal. Al parecer, era uno de los bancos más ricos del mundo, solo por detrás del Sistema de la Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Francia y el Banco de Inglaterra. El problema era que en cualquier momento los militares podían entrar en Madrid y quedarse con el tesoro así que decidieron enviarlo al extranjero. Ahora bien, no estaba nada claro dónde podían llevarlo para que estuviera seguro. La Alemania nazi y la Italia de Mussolini estaban descartadas de antemano. Francia y Reino Unido se estaban mostrando demasiado condescendientes con los fascistas y no parecía nada claro que fueran a presentar demasiadas resistencias a las exigencias de los sublevados. Pocas grandes potencias quedaban ya por elegir: Estados Unidos, que vete tú a saber de qué pie cojeaban, y la Unión Soviética de Stalin. Al final, se decidieron por los rusos y a Moscú llevaron la mayor parte del capital del Banco. Al parecer, poco a poco el gobierno de la República se lo fue gastando comprando recursos militares que los soviéticos les vendieron a precio de oro. Aunque quizá Stalin directamente se quedó con parte del dinero. El caso es que, antes de que concluyera la guerra, los soviéticos dijeron que ya no quedaba ni un duro del tesoro. Franco utilizó en varias ocasiones el asunto del oro de Moscú para denigrar al derrocado gobierno, incluso para justificar el golpe de Estado. Pero lo que él no sabía es que en realidad el oro nunca llegó a Moscú, sino que… y aquí empezaría la novela. |
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El momento propicio |
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Fernando das Montes Trasnochados decidió que iba a escribir una novela, pero no una novela cualquiera, sino la mejor novela de todos los tiempos. Su obra sería sublime, perfecta, definitiva. Público y crítica se rendirían obligados a su talento literario y en el futuro se le reconocería como el mejor autor de todos los tiempos. El único problema era encontrar el momento y lugar idóneos para emprender tan ambiciosa tarea. Naturalmente, la Luna debía estar en un momento preciso, ni muy llena, ni muy nueva, para que sus influjos no le ofuscasen en su búsqueda de la perfecta palabra. El papel que reflejara su ingenio tampoco podía ser un papel cualquiera. Para no ahuyentar a la inspiración, debía ser apergaminado, con un suave color crema, de perfecta absorción tintera, y un gramaje comprendido exactamente entre los 103,5 y los 103.7 gramos. Mucho le costó encontrarlo, pero al final consiguió que unos artesanos de la lejana Alejandría se lo elaboraran ex profeso para él. Ahora quedaba por resolver el problema del cincel. ¿Cuál era la herramienta adecuada para redactar su magna obra? El dilema no era baladí pues debía reunir con justa precisión un sinfín de cualidades en cuanto a peso, medidas, ritmo y grosor de expulsión de la tinta, suavidad de la punta, y un largo etcétera del que nos bastará saber que superaba el centenar de requisitos fundamentales para el buen devenir literario de Fernando das Montes Trasnochados. Plumas de ave, estilográficas, bolígrafos, rotuladores de todos los calibres, pinceles y tinta china… No aburriré al lector describiendo todos y cada uno de los fallidos intentos que realizó para encontrar la herramienta adecuada a sus necesidades. Y también por cortesía le ahorraré los tormentos que le supuso encontrar una tinta digna de su exacta novela. Igual de arduas fueron las búsquedas de la silla, la mesa, el entorno, la luz, el decorado, la temperatura y la vestimenta acordes con sus exigencias, pero al fin consiguió que todo estuviera listo y sin que nada alterase las condiciones anímicas que le permitían estar inspirado. Por entonces, Fernando das Montes Trasnochados había cumplido ya los 83 años de edad y, justo cuando terminó de escribir la primera letra de su magna obra, se murió. Para la posteridad ha quedado su letra, una espléndida O mayúscula que todavía hoy sigue estremeciéndonos. |
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Smowlis |
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Dice mi mamá que mi log es muy aburrido porque nunca escribo sobre las vicisitudes que me ocurren la vida. No sé si mis peripecias cotidianas tienen el menor interés para otra persona que no sea ella. De hecho, yo procuro pensarlas lo menos posible. Sin embargo, una madre es una madre, sus antojos son órdenes, por lo que empiezo hoy una nueva sección –Marcóticos por Marcóticos–, cuya realización solo ha sido posible gracias a mi portentosa capacidad para desdoblarme esquizoide en múltiples personalidades. |
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Afganistán |
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«De por sí las suegras son mundialmente reconocidas por ser unas malas mujeres, pero las afganas son las reinas de la maldad. Resulta que a toda mujer afgana le toca seguir un orden jerárquico muy particular. »1. Cuando nacen son un bebé de mala calidad por ser mujeres (una tristeza para la madre parturienta cuando se entera de que el bebé es de sexo femenino). Y, además, no se les puede decir el sexo del neonato hasta que la placenta haya salido porque se ponen tan tristes que, según ellas, se les arranca y sangran más. Cuando uno le pregunta a una mujer que ha parido doce cuántos hijos tiene, dice que cinco o seis, pues cuenta sólo los hombres. A las hijas no las incluyen en las estadísticas personales. »2. Cuando tienen entre dos y doce años son las hermanas, las sirvientas, las cargaagua, los cargahermanitos, las culpables de que los platos se quiebren, el agua se riegue, el hermanito se accidente y de cualquier desgracia que se les quiera asigna. Viven en manadas, duermen en corrales y se comportan como cabras. »3. Cuando cumplen trece se convierten en estorbos, así que corriendito hay que conseguirles marido para deshacerse de ellas. Literalmente, se vuelven un estorbo porque comen mucho, y si accidentalmente se embarazan o las violan toca matarlas y eso es muy engorroso. Hasta ese punto cualquiera se puede tomar la libertad de cascarles. Los hermanos, la mamá, el papá, las tías y hasta la abuelita las cachetean y patean con frecuencia. Les pegan por torpes o porque se ríen o porque lloran o porque está haciendo mucho frío o porque no hay trabajo. En resumidas cuentas, no hay que tener una razón clara para cascarle a una afganita: es el derecho divino de los hombres y los adultos limpiarse las botas en la dignidad de estas personas. »4. Entre los trece y los diecisiete se casan y se las llevan para la casa de la suegra a vivir en una pieza. La suegra fue en realidad quien hizo las negociaciones, así que ella es la que escoge el surtido de nueras y, dependiendo de su poder, las escoge más gordas o más flacas, más ricas o más pobres, más sumisas o más alebestradas, y si por casualidad alguna saliera defectuosa (por ejemplo, infértil) le consiguen una segunda esposa al hijo, la convierten en muchacha de servicio y se acabó el problemita. »Las suegras manipulan, cascan y humillan, y en su casa las jóvenes viven el momento más duro porque de buenas a primeras las patadas vienen de desconocidos, las cachetadas de extraños y las humillaciones de personas a quienes no quieren. Ahora las patean el marido, la suegra, el suegro, el hermano del marido, el sobrino del marido y hasta el abuelo del marido. »5. Se dedican, pues, a parir hijos para que las acompañen y para mantener al maridito contento. Paren hijos para que las quieran, paren hijos para que dependan de ellas, paren hijos para pegárselos al pecho y no ser golpeadas. Paren hijos porque Dios así lo quiere y la evolución así lo diseñó. Paren y paren y paren y nunca paran. Porque paran de parir cuando por parir parten (recuerden que la mortalidad materna en Afganistán es la más alta del mundo). »6. Un día cualquiera se despiertan y se dan cuenta de que ya es hora de casar al primer hijo que parieron y de que ya no son las nueras sino las suegras y, como si hubieran olvidado su historia personal, se tornan tiranas y repiten con sus nueras exactamente la misma historia. Pasan de ser el oprimido a ser el opresor con una facilidad aterradora y sin memoria alguna de lo que fue ser golpeada y humillada; porque, eso sí, después de treinta años de patadas, a las suegras nadie les vuelve a poner la mano encima, pues de alguna manera trajeron al mundo un batallón de hombrecitos que las quieren y las respetan y se hacen matar por ellas. Me pregunto, entonces, si esa amnesia selectiva es sólo un mecanismo de adaptación y si hay alguna manera de romper este ciclo de vida tan enfermo». Natalia Gutiérrez Zimerman. |
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Revisionismos |
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En Austria han condenado a tres años de cárcel a un señor llamado David Irving por haber escrito un libro en el que negaba que se hubiera producido el Holocausto. A pesar de que estas posturas revisionistas me producen una inmensa repulsión, no creo que deban ser castigadas con la cárcel. Me parece muy sensato que los gobiernos adopten todo tipo de medidas informativas para alertar a los ciudadanos acerca de la falacia y la peligrosidad de estos historiadores filonazis, pero sospecho que se está cometiendo un grave atentado contra la libertad de expresión cuando se intenta desmentirlos en un tribunal. Además, puestos a encarcelar a los historiadores mentirosos podemos juzgar a un sinfín más. Por ejemplo, no sé si fue más horroroso el nazismo o la Unión Soviética de Stalin. En número de personas asesinadas al margen de la guerra, creo recordar que gana el ruso, pues Hitler debió ejecutar unos 11 millones de personas y Stalin 20. Además, la pesadilla nazi solo duró unos 7 años desde que comenzaron a invadir otros países, mientras que los comunistas rusos mantuvieron sojuzgada a media Europa durante décadas. Pues bien, ya que estamos, mandemos a la cárcel a todos los historiadores marxistas que hasta antes de ayer defendieron las bondades del comunismo soviético. Y, por las mismas, juzguemos también a quienes minimizan el impacto genocida de los conquistadores europeos de América, a los que dudan del imperialismo de la antigua Roma o a los que gustan de las bravuconadas y pillerías de los piratas. Resumiendo, el horror del Holocausto no nos puede convertir en censores. Si un cretino particular quiere decir estupideces, que las diga. Para contrarrestarlas el Estado dispone de un arsenal inmenso, que incluye libros de texto escolares, programas educativos, actos culturales, etcétera. Pero si empezamos a prohibir los libros fascistas corremos el riesgo de convertirnos, precisamente, en el tipo de personas que se defienden en esa literatura de tan pésimo gusto. |
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