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Estoy leyendo un libro muy entretenido: Zulú. La batalla de Isandlwana, escrito por Carlos Roca y editado por Inédita Editores (Barcelona, 2004). De amena redacción y exhaustiva documentación, El libro narra la historia de una lejana batalla que enfrentó en Sudáfrica a los soldados del imperio británico contra los intrépidos guerreros zulúes allá por el año 1879. A pesar de la abismal superioridad armamentística, fusiles contra lanzas, los casacas rojas fueron derrotados por el arrojo y la estrategia de los zulúes. Además de recomendar esta obra a los amantes de las historias bélicas, me interesa destacar ahora una anécdota muy interesante:

«Tras la victoria de Isandlwana muchos guerreros tuvieron que someterse al ritual llamado Hlomula, especialmente los que habían matado a un enemigo valeroso, una costumbre que se realizaba también cuando un zulú mataba a un animal peligroso como un león. Los zulúes utilizaban sus lanzas para abrir el abdomen de un enemigo muerto. Los británicos consideraron esto como un acto bárbaro y salvaje propio de animales sedientos de sangre.

»En realidad no había ninguna maldad en su realización, porque para ellos formaba parte de un ritual necesario que permitía que el espíritu de su enemigo pudiera salir y evitaba la hinchazón del cuerpo cuando entraba en estado de putrefacción. Si el enemigo abatido no se sometía a tal acto, el guerrero quedaba expuesto a toda una serie de posibles maleficios por parte del espíritu del fallecido».

Es decir, en realidad, el bárbaro zulú estaba homenajeando al rival abatido. (Por otra parte, resulta curioso que los ingleses se mostrasen tan preocupados por los muertos después de las atrocidades que ellos estaban perpetrando contra los vivos).

La moraleja de esta anécdota es que deberíamos ser más precavidos antes de emitir un juicio de valor. Me asombra la facilidad con que, en ocasiones, se dictaminan lapidarias sentencias sin apenas tiempo para haber analizado unos escasos datos. Hay un dicho español que reza algo así como “piensa mal y acertarás”, que debería cambiarse por “piensa a partir de pocos datos y, además de que probablemente estés equivocado, serás injusto”.

Un ejemplo habitual de esta actitud se encuentra en las opiniones que genera el que dos amantes empiecen un romance a costa de un tercero con el que se mantenía una amistad: ¡se ha enrollado con la novia de su mejor amigo! ¡Qué cabrón, yo nunca le robaría la novia a un amigo! Esto, no solo presupone que “la novia” es un objeto, y por ende una propiedad, si no que en realidad es resultado de una mera repetición de un tópico, de un prejuicio, apenas reflexionado. Si el casaca roja de turno se para a pensar un instante y recaba datos, probablemente descubrirá que esas dos personas sencillamente se aman y son los primeros en sentir pena de que su amor provoque tristeza en un tercero.

En fin, no sé qué quería decir con todo esto…


Hambre II

Alguien es un asqueroso chivato, pero tarde o temprano le pillaré. Como ya había sospechado más de uno, efectivamente, las últimas dos semanas he intentado engañar a la dieta que me había impuesto a mí mismo. En cuanto se descuidaba, ingería cuanta vianda me había prohibido, ora una cerveza, ora un montadito, con la esperanza de que la muy perra no se percatase de mi hábil escaqueo.

Sin embargo, a pesar de haber tomado todo tipo de precauciones, alguien se lo ha chivado todo y, en castigo, no he perdido ni un maldito gramo de los dos kilos mensuales que me había propuesto. Ante semejante severidad no me queda más remedio que doblegarme frente a su vil tiranía y obedecer fielmente sus malditos dictados… pero en cuanto pille al soplón se va enterar de qué significa un oso hambriento y enfurecido. ¡Tiembla canalla!

     
 
Mafia S. A.
02 - sept

Al Capone, el primer gran capo mafioso

 

Hoy me he terminado un libro que me ha resultado muy entretenido y que recomiendo sin falta a quien esté interesado en el turbio mundo de la mafia americana: Mafia S. A. de Eric Frattini, editado por Espasa en sus libros de bolsillo booket.

En este ensayo, fruto de su investigación personal en todo tipo de fuentes primigenias, Frattini expone un ameno y muy bien documentado estudio sobre la mafia o cosa nostra desde principios del siglo XX hasta nuestros días, pasando por todos los grandes nombres del gremio: Lucky Luciano, Vito Genovese, el clan Kennedy, Paul Castellano. Gracias a su buen hacer literario y periodístico, Frattini te engancha en un vertiginoso relato sembrado de anécdotas que no se olvida sobre quién está tratando: asesinos.

Destaco aquí un fragmento que me llamó mucho la atención:

«En 1976 las autoridades del Departamento del Tesoro estimaban que cada ciudadano norteamericano pagaba a la Cosa Nostra dos centavos de dólar en cualquier operación diaria que realizasen. Desde cambiar una simple ventana, un negocio en poder de la familia Gambino; comprar una barra de pan, la familia Lucchese controlaba la distribución de los hornos, y la familia Bonanno, la de harinas; ir al cine y pagar una entrada, la familia de Los Ángeles controlaba los sindicatos cinematográficos, así como la mayor parte de las salas de exhibición; tomar una copa en cualquier bar de Estados Unidos, las familias de Chicago, Denver y Cleveland controlaban la mayor parte de la distribución de bebidas alcohólicas que se suministraban a lo largo de todo el país; cargar combustible en el coche, la familia de Detroit controlaba el suministro de recambios automobilísticos y la mano de obra, la familia de Dallas la distribución de combustibles; a comerse un simple filete, la familia Gambino y la familia Colombo dominaban la distribución de carnes a las grandes superficies comerciales».

Si esto ocurría entonces que tenían menos poder que ahora…

     
 
La tragedia en Nueva Orleans
03 - sept

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al terrible desastre provocado por el Katrina se unen una serie de reacciones que no termino de comprender. Lo primero que no entiendo es cómo es posible que en el país más rico del Planeta suceda algo así y la administración no esté preparada para poner todos los remedios posibles al instante.

O hay malicia, que no creo, o hay una tremenda ineficacia, lo cual no deja de ser preocupante, a la vez que nos advierte acerca de las consecuencias de idiotizar a las gentes. Desde aquí nos parece muy divertido Homer Simpson, encargado de la seguridad de una central nuclear, que se duerme en su trabajo tras una borrachera y provoca una hecatombe; pero supongo que en la vida real semejante ineptitud no resulta nada graciosa. Y, en el fondo, creo que es resultado de su pésimo sistema escolar y su generalizada ignorancia. (Es decir, esta ineficacia, en cierta manera, está relacionada con no impartir a Darwin en los colegios).

De todas maneras, lo que en realidad me ha llamado la atención ha sido la reacción de la gente y la policía, que me ha traído a la cabeza la extraordinaria novela Ensayo sobre la ceguera de Saramago. Como sabéis, en este libro, Saramago describe como la sin razón y la violencia se extienden entre la población cuando una extraña epidemia va dejando a toda la gente ciega. En vez de intentar ayudarse mutuamente, el personal aprovecha para imponer la ley del más fuerte.

Al parecer, en Nueva Orleans la gente anda totalmente desquiciada. En un estadio donde se encuentran miles de refugiados, unos grupos están sembrando el terror, se apropian de lo poco que les envían de ayuda. Se están produciendo violaciones y asesinatos. Los más ancianos están muriendo por doquier sin que nadie les ayude. Por otros lados, la gente intenta encontrar comida y bebida a riesgo de que la policía les dispare cuando entran en las tiendas; otras personas, mientras tanto, aprovechan para dedicarse al robo y el pillaje: demencial.

     
 
Nosotros no somos así; ¿o quizá sí?

 

Ayer mientras comíamos en el trabajo pensábamos que en Europa no reaccionaríamos de igual manera. Por lo menos hay un par de detalles que nos diferencian y que tal vez contribuirían a no perder la serenidad: aquí no vamos armados, y esto no es baladí; el 17 por ciento de nuestra población no vive por debajo del umbral de la pobreza, con la desesperación que eso conlleva; mantenemos un respeto por las instituciones que el cow boy solo contra el mundo no suele tener casi por tradición; y así un largo etcétera.

Sin embargo, quizá esta idea sea arriesgada. No tengo nada claro que tras el débil barniz de la civilización no ande una mala bestia. De hecho, han sido los europeos quienes han protagonizado casi todos los grandes horrores del siglo XX. Estoy convencido, por ejemplo, de que si mañana hubiera una guerra en España se volverían a cometer las mismas atrocidades que las sucedidas durante la guerra civil. Hay momentos en que el ser humano se envilece, casi irremediablemente, sea cual sea su educación o cultura. (Por el contrario, también ocurren gestos heroicos de entrega y solidaridad en esos momentos, pero me temo que son los menos). Dicho de otra forma, entre los mayores genocidas serbios había gente que un par de años antes de la guerra llevaban vidas normales y probablemente nadie habría sospechado que detrás de ese amable padre de familia, psicólogo de profesión, se escondía un homicida terrible.

Y esto nos lleva a darnos cuenta de que no podemos bajar la guardia. Hoy perdonamos un comentario casual dicho en nuestro entorno cercano —Es que todos los moros son unos ladrones; las mujeres son todas unas putas; esta mierda de catalanes— y mañana quizá cobre más fuerza la xenofobia, el machismo y el racismo. Por pereza, no subimos a la palestra cuando nuestro futuro adversario parece más intransigente de lo habitual, pero todos esos comentarios a los que no prestamos importancia pueden ser el germen de la única planta que crece en situaciones límite: la violencia indiscriminada.

PD. Y yo que por ahí como que me ha parecido ver que alguien se alegraba y en una especie de extraño revanchismo asociaba el desastre que padecen los ciudadanos de Nueva Orleans, sobre todo los más desfavorecidos, con un castigo divino por los pecados cometidos por Bush… Pero sé que ha sido una falsa impresión, nadie sería tan insensible ante una tragedia humana, que no estadounidense, de semejante magnitud.

     
 
¡Clic!
04 - sept
 

En la vida se necesitan más cosas que hagan clic. Me explico: cuando cierras un bolígrafo o un taper, hacen clic; cuando pulsas un botón del ratón, hace clic; cuando enciendes o apagas un aparato alimentado por electricidad, hace clic. Todos estos clic te indican que la acción emprendida ha concluido felizmente, lo cual te permite dejar de hacer fuerza y no romper el artilugio que estás manipulando.

Sin embargo, aún estamos tan atrasados en este incipiente siglo XXI que aún permanecen silenciosas muchas cosas que deberían hacer clic. Por ejemplo, las relaciones de pareja deberían hacer clic: lo siento cariño, ¿no has oído el clic?, pues eso, hasta aquí hemos llegado, no es necesario que sigamos malviviendo juntos de riña en riña. Lo mismo ocurre con el trabajo: perdone jefe, pero ya he hecho clic, si sigue apretando me va a romper; con la explotación del tercer mundo: no, no insistáis, no podéis llevaros más materias primas, ¿no habéis escuchado el clic?; con el ecosistema: ¡eh! cuidado, que ya ha sonado el clic… y un largo etcétera que ya nos sabemos todos.

En fin, a falta de clic tendremos que seguir tirando por mera intuición y sentido común (que es el menos común de todos los sentidos).

     
 
¡Sir Geofrey en los Infiernos!
05 - sept
 

Nos han llegado aterradoras noticias sobre sir Geofrey, el último koala templario. Al parecer, ya recuperado de su brote de locura, emprendió un viaje por el mundo que le llevó hasta las lejanas costas de Macao. Allí, en un oscuro tugurio frecuentado por marineros, prostitutas, tahúres y demás rufianes al filo de la ley conoció a Max, un camaleón fatal de tendencias escépticas.

Según podemos deducir de los acontecimientos posteriores, sir Geofrey se enamoró al instante del verdoso Max, quien, sin embargo, le rechazó mientras le decía que antes se iba a ver un infierno helado que a un camaleón fatal compartiendo besos y caricias con un templario desterrado.

Lejos de desanimarse por este rechazo inicial, sir Geofrey comprendió al instante su única solución: congelar un infierno. Primero pensó en corromper el alma de cuanto cubito de hielo cayese en sus garras; pero, por fortuna, desechó esta idea tras percatarse de que no podía condenar a esas almas inocentes por toda la eternidad ni siquiera en aras del amor. Así que decidió ir él mismo a un infierno, donde, armado con su férrea voluntad y un abanico, piensa solucionar este pequeño problema térmico de una vez por todas. ¡Ah! el amor, que hermoso es.

     
 
No me gustan los televisores
08 - sept
 

Me gusta mucho la maquinaria pesada. Antes de morir conduciré una enorme excavadora campo a través mientras tarareo la ópera Rigoletto, que estará puesta a todo volumen.

En cambio no me gusta la televisión, aunque tengo cierta tendencia a quedarme embobado delante de cualquier monitor (como también le pasa a Daniel). De hecho, me preocupa esta descontrolada proliferación de televisores en lugares públicos como el metro, los trenes, los autobuses: los no lugares que decía un antropólogo. A este paso, el mundo se transformará en esos escenarios de ciencia ficción orwelianos donde por doquier hay monitores embruteciendo al personal.

     
 
Carnaval, carnaval
10 - sept
 

A veces miro a mi alrededor y con sorpresa me maravillo de cuánto hemos evolucionado. Cuando yo era chico, en los estertores de la guerra fría, los hilos de la política internacional se movían con una vasta y violenta torpeza. El golpe de Estado perpetrado en Chile con el apoyo de la CIA en 1973 nos sirve para ejemplificar estos rudimentarios métodos que, entre otros inconvenientes, lo dejaban todo perdido de sangre.

Ahora, sin embargo, el intervencionismo y los embistes del gran capital resultan de una elegancia casi exquisita. Salvo algunas excepciones, como la iraquí, en que se tiene que recurrir al viejo procedimiento por lo primitivo de sus habitantes, con estas nuevas maneras estamos construyendo un mundo mucho más limpio. Efectivamente, costó lo suyo pero al final los dineros se dieron cuenta de que no hace falta matar a las hormigas díscolas, basta con comprarlas.

Veamos cómo funciona el mecanismo. Imaginemos por ejemplo a un presidente elegido democráticamente que decide acabar con el hambre y la pobreza en su rico pero tercermundista país. Para que quede todo más claro, imaginemos que ese país es Brasil, con unos recursos naturales descomunales pero que solo benefician a unos pocos. Estos pocos son muy poderosos y de carácter internacional. Por ponerles un nombre, vamos a llamarles multinacionales o, incluso, el gran capital, que queda muy sonoro.

Un día, el gran capital mira para abajo y descubre alarmado que un partido de izquierdas ha ganado unas elecciones, y, lo que es peor, esa epidemia se empieza a extenderse por las cercanías. En otros tiempos, tendría que desengrasar las armas y liarse a tiros. ¡Qué desagradable! –diréis. Sin embargo en la actualidad todo es mucho más fácil. Como ese partido no ha sabido escapar de las redes de corrupción que tendimos desde la noche de los tiempos, basta con tirar un poquito y todo se viene abajo. En términos coloquiales, esto se denomina “hacer la cama”.

Y, si alguien piensa que este cuento es exagerado, puede preguntarse por qué justo cuando se está hablando de remodelar la ONU , de terminar con la dictadura del Consejo de Seguridad, se hace pública una corruptela de las tantas que minan tan fundamental institución, una de las tantas que se conocen vox populi desde casi su fundación.

Moraleja: como decía mi tía Chata, mira a quién beneficia un escándalo político y sabrás quién lo ha preparado (lo cual no le resta responsabilidad a quien acepta la corrupción; de la serie, mira amigo tenemos que aceptar esos dineros para financiar la campaña y ya desde dentro cambiaremos las cosas).

 
Enlaces fundamentales

 

Para descargar la columna de la izquierda he preparado una página donde ir poniendo los enlaces de mis logs favoritos. En un alarde de creatividad arrolladora la he llamado Enlaces Fundamentales (Oh! que ingenioso es marcóticos, braman las masas enfervorizadas).

     
 
Con los pies en la tierra
12 - sept
 

Resulta curioso observar cómo se puede idealizar el mal. La distancia geográfica o temporal nos lleva en ocasiones a descuidar la verdadera naturaleza de un fenómeno y evaluarlo de forma errónea proyectando valores en realidad inexistentes. Un ejemplo claro lo tenemos en el poema de Espronceda que lleva por título “La canción del pirata”. Seguro que os suena:

Canción del pirata

Con diez cañones por banda,
viento en popa, a toda vela,
no corta el mar, sino vuela un velero bergantín.
Bajel pirata que llaman,
por su bravura, el Temido,
en todo mar conocido
del uno al otro confín.


[...]

En este caso, el poeta proyecta en la figura del pirata sus ansias de libertad y su amor por la naturaleza, en consonancia con el movimiento romántico en el que está inmerso. Claro que este poema lo escribió en una ciudad a salvo de los saqueos piratas, pues si hubiera vivido en el siglo XVI en Menorca, un momento histórico en el que Felipe II se estaba planteando directamente evacuar la isla ante el sinfín de sangrientos saqueos corsos, quizá se habría formado otra imagen de los piratas más cercana a la realidad: unos tipos despiadados cuyo mayor interés era conseguir esclavos.

De hecho, los piratas siempre han sido unos personajes espeluznantes. No sé qué tiene de romántico el asesinato, la violación y el robo, pero sin embargo soy el primero en disfrutar con un relato o una película de filibusteros.

Se pueden encontrar muchas más idealizaciones de la canalla histórica: la mafia, los hunos, los mongoles, los pistoleros gringos, los asirios, Alejandro Magno, los condotieros del renacimiento o los caballeros de las órdenes militares me sirven de ejemplo. En todos los casos ocurre lo mismo, la distancia nos lleva a minimizar lo espantoso de sus acciones. Los cosacos me fascinan, pero eran unos tipos terribles cuya temeridad y ansias de libertad se traducían en miles de personas muertas.

Quizá en un futuro pase lo mismo con nuestros horrores más recientes. Tal vez dentro de 300 años un poeta de querencias románticas utilice la figura de Stalin o a los nazis como alegoría de la lucha por un mundo mejor.

Este fenómeno puede que se produzca, por lo menos en parte, porque seguimos manteniendo y enseñando cierta escala de valores en la que la violencia no está bien calibrada. Eva, que detesta la violencia, no siente el menor interés por las películas bélicas o el atuendo de un jenízaro expuesto en un museo de Estambul. Sin embargo yo, aunque soy pacifista, me lo paso bomba viendo una peli “de tiros” o leyendo un relato de batallas como la Iliada o El Señor de los Anillos. Claro que cuando yo era pequeño jugaba con clic guerreros y Eva con tranquilas muñecas. De hecho, hoy día Eva prefiere jugar con videojuegos “constructivos”, como los Sim, mientras que yo me divierto con juegos de estrategia de lo más sanguinario, como el Civilization o el Stronghold.

En fin, no sé bien a qué conclusión quería llegar con todo esto.

 
La temporada de caza
15 - sept
 

Ya he comentado en alguna ocasión mi pasión por los libros de Andrea Camilleri. Quizá sea por mi desliz calabrés, pero con sus novelas me lo paso bomba. Este verano leí una formidable, La opera de Vigatá. Hacía tiempo que no me reía tanto con un libro. Y ayer me terminé otro igual de divertido, La temporada de caza, del que transcribo un fragmento que me divirtió un montón (aunque supongo que no es igual sacado de contexto).

«Cortés y paciente, con el cuerpo medio doblado, el forastero esperó a que el viejo recuperara el aliento y volviera a abrir los ojos.

»–Tú eres… –empezó el viejo, pero precisamente en el momento en que estaba a punto de dar nombre y apellido al forastero, la memoria los apartó, repentina, abandonó aquel hilo fatigosamente extraído de un pozo negro de recuerdos plomizos, se perdió en un laberinto de nacimientos y muertes, olvidó acontecimientos como guerras y terremotos para anclarse firmemente en un hecho que le había sucedido cuando tenía apenas cuatro años y un perro de caza de su abuelo lo había mordido después de que él lo hubiera mortificado con una caña.

»–Tú eres un perro de caza –logró concluir el viejo, cerrando con fuerza los párpados para que el otro entendiera que ya no tenía intención de seguir hablando».

     
 

Quirón y los centauros

18 - sept
 

He preparado una cosilla para Apuntes de mitología. Se llama Quirón y los centauros, y está dedicada a mi amigo Daniel. Espero que os guste...

     
 
El silencio de los obreros
26 - sept
 

Sí, lo sé. Han pasado una montonera de días sin que haya escrito nada. No hay excusa que valga, pero yo tengo tres. La primera, claro está, se llama trabajo y la segunda, salud. Ahora resulta que uno de mis riñones anda un tanto fastidiado. He intentado aplicar mi estrategia habitual para con toda dolencia: ignorarla; ya que los médicos dicen que, olvidados los síntomas, desaparecida la enfermedad. Pero esta vez el dolorcillo se resiste a abandonar mi organismo. Al respecto, indicar lo absurdo de nuestra naturaleza. Todo resultaría más sencillo si pudiéramos cambiar nuestras endebles vísceras por resistente metal. La culpa es nuestra por haber nacido antes de tiempo, pero eso es algo que ya no tiene remedio a no ser que creamos en la reencarnación de las almas.

De hecho, si pudiéramos recordar que nos ha pasado de vida en vida, no me importaría nada reencarnarme una y otra vez. Así, en mis próximas existencias podría ser sucesivamente koala, medusa, saltimbanqui sin pretensiones y frase lapidaria; el resto lo dejo a la improvisación.

Y todo lo anterior valga para anunciar que este log permanecerá sin actualizar hasta el 1 de octubre.