Tribuna de
Opinión / Por Carlos Carnicero
"El objetivo del
Gobierno era que la mentira de la autoría de ETA no estallara antes de ir a las
urnas"
El periodista Carlos
Carnicero publica hoy un artículo de opinión en El Periódico de Catalunya titulado "La
nariz de Acebes".
Ayer, quienes de verdad
hicieron caja fueron las compañías operadoras de teléfonos móviles. Hubo mucho
negocio en el aire.
Los SMS, que es el nombre técnico de
los mensajes telefónicos escritos, cruzaron el espacio durante toda la tarde,
transportando la indignación de miles de ciudadanos que se sentían manipulados,
impotentes y con un vértigo insoportable hacia una jornada electoral
condicionada por la mentira y la
manipulación.
Internet hervía de deseos de encontrar una noticia que
cimentara la esperanza.
Los partidos estaban presos, secuestrados por el día de reflexión.
Mientras tanto, la nariz del ministro de Interior, Ángel Acebes,
adquiría cada minuto nuevas dimensiones imposibles de disimular. Se producía
una carrera contra el tiempo para que el día de reflexión siguiera siendo una jornada de secuestro de la información.
El objetivo del Gobierno era que la confusión y la mentira, construidas sobre
la autoría de ETA de la masacre de Madrid, no explotara antes de que los
ciudadanos acudieran a las urnas.
Era una de esas ocasiones que
se presenta en vida en las que la distancia entre la desolación y la victoria
está sintetizada en una pequeña gran noticia: los autores de la barbarie no
eran vascos, sino fundamentalistas islámicos.
El atentado de Madrid ya no
constituía una página, sangrienta y dolorosa pero presente, de la memoria de Josep Lluís Carod-Rovira como el demonio de esta
trágica campaña electoral.
Pero había --y hay
todavía-- demasiadas preguntas sin
resolver como para que la presión social no terminara haciendo
saltar la tapa de la información decomisada.
Todo empezó el mismo 11-M con una apresurada comparecencia del ministro de
Interior adjudicando a ETA la autoría de la mayor masacre de la historia
terrorista de España. La fruición del ministro contrastaba con la ausencia de
referencias concretas a ETA en la comparecencia de José María Aznar.
El aire se empezaba a
impregnar del dramático entusiasmo que dan las estrategias confirmadas. ETA,
que se había constituido en el pilar de la campaña del PP, confirmaba con toda
su brutalidad la necesidad de un Gobierno fuerte frente a los enemigos de la
unidad de España.
El PP no fue capaz de
renunciar a un bocado tan exquisito para una campaña electoral interrumpida por
las bombas. Esa hipótesis no se desprende de la biografía de Aznar.
Mientras tanto el PSOE se conformaba con ser prisionero de su sentido de la
responsabilidad.
Ni un solo interrogante sobre
las medidas de seguridad en las estaciones de ferrocarriles, en unas vísperas
electorales plagadas de amenazas terroristas.
Ni una sola reclamación
contundente sobre la ausencia de una reunión del Pacto Antiterrorista.
Ni un mal gesto sobre el
control de los medios de comunicación públicos.
Ni una reclamación sobre la
ocupación de planos televisivos de todos los miembros del Gobierno.
Hasta el ministro Acebes
ocupó plaza en la pancarta de la manifestación de Madrid, en vez de estar
atendiendo a la seguridad de los españoles desde su despacho del paseo de la
Castellana. Lo primero, la foto.
Pero las preguntas seguían reclamando ayer una respuesta que se hacía
inaplazable.
Primera: ¿por qué
tanto entusiasmo en que ETA fuera la responsable de la carnicería? Frente a
tantos indicios excluyentes, la investigación sobre ETA seguía siendo la
prioridad del Gobierno mientras Alfredo Urdaci
secuestraba cualquier pregunta en los telediarios.
Segunda: ¿qué sentido
tenía la instrucción urgente, confidencial y reservada de la ministra de
Exteriores a todos los embajadores de España para que desplegaran la máxima
actividad diplomática en divulgar la autoría de ETA ante los gobiernos de todo
el mundo? ¿Los embajadores de España se acomodaron al ridículo que les exigía
su ministra con total mansedumbre?
Tercera: ¿no había,
en 36 horas, ningún traductor de árabe a disposición del ministro Acebes para dar cuenta del contenido de la cinta encontrada
por la policía junto a detonadores idénticos a los utilizados en las bombas?
Cuarta: ¿a nadie le
interesaba la información que pudiera tener Interior sobre el número de
personas que debieron participar en la colocación de más de una docena de
bombas en cuatro trenes distintos?
Las noticias sobre el malestar
de muchos sectores de la Guardia Civil y del Cuerpo Superior de Policía sólo se
contenían con amenazas de expedientes dictadas desde un Ministerio de Interior
al que la información se le escapaba de entre las manos.
Los grandes medios internacionales (CNN,
BBC, New York Times, Blomberg...) a mediodía de ayer
empezaban a denunciar las manipulaciones del Gobierno y nos remitían a los
ciudadanos a la nostalgia de cuando Radio París era la única forma de confirmar
nuestras sospechas.
Es tal el control de la información y el chantaje promovido por el terrorismo
que las fuentes de información externas se constituían en el refugio de los
incrédulos ante tal espectáculo de desinformación.
Nadie podrá decir nunca que ha habido un ápice de irresponsabilidad en el
comportamiento del principal partido de oposición ni en los grandes medios de
comunicación españoles.
Si el terrorismo es el arte de secuestrar nuestra libertad, supeditando
nuestros derechos al ejercicio de una prudente responsabilidad, el 13 de marzo
pasará a la historia como el día en que los españoles alcanzamos la maestría.
Es imposible de prever la repercusión
electoral de tantas emociones contenidas.
Ahora mismo, los ciudadanos votan ya con los tímpanos vibrando por las
explosiones de Madrid, por los gritos y los silencios de las impresionantes
manifestaciones del viernes y por la interpretación que cada uno quiera hacer
de las distintas comparecencias del ministro Acebes, a medida que su
nariz iba mudando de tamaño.
Esta noche ganará quien gane. Pero ni siquiera eso es ya lo más importante.
Quizá hayamos logrado entre todos recuperar nuestra condición de ciudadanos y
que el Gobierno que se forme y la oposición que se constituya no tengan más
remedio que investigar a fondo las 72 horas que separaron las explosiones de
Madrid de la apertura de los colegios electorales.
Habrá que averiguar todo lo que ocurrió en los despachos de un Gobierno que se
entusiasmó con la idea de que ETA fuera todavía más criminal de lo que todos
sabemos e intentó, con todas sus fuerzas, que la pista islámica quedara
secuestrada para el día siguiente.
Una manipulación tan
grande de los nobles sentimientos del pueblo español merece el reconocimiento
de una indignidad que no debiera tener fecha de caducidad en la memoria de los
ciudadanos.