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3 // ¿Árboles que hablan?
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A mediados de los años 80, el zoólogo Wouter van Hoven observó un fenómeno muy extraño en una población de antílopes kudús que vivían en un recinto cerrado en Sudáfrica. Encontró varios de ellos muertos por la ingesta de hojas de acacias con gran cantidad de tanino, una sustancia que segregan estos árboles y que es letal para los herbívoros. Sin embargo, al comparar estas hojas con las que había en los árboles, descubrió que estas últimas tenían mucho menos tanino. ¿Podría ser que las acacias se defendieran segregando el mortal veneno cuando estuvieran siendo agredidas?

Efectivamente, empezó a golpear una acacia, le arrancó hojas y tras dos horas de tortura midió la cantidad de tanino que había en las hojas: era un 250 % más de la que había antes de la agresión. Sin embargo, todavía faltaba por encajar una pieza del puzzle. Por muy rápido que reaccionara una acacia, a los antílopes les habría bastado con ramonear un poco de cada una antes de que se llenasen de veneno. La única explicación es que las acacias tuvieran alguna capacidad de comunicarse entre sí, de tal manera que, en cuanto una fuera atacada, todas las demás empezasen a segregar veneno. Absurdo, ¿dónde se ha visto una planta parlanchina?

Intrigado, Hoven midió la cantidad de tanino que había en las hojas de las acacias cercanas a la que había estado agrediendo y descubrió que, aunque ni siquiera las había rozado, estaban atiborradas de veneno. Eso solo podía significar una cosa: ese grupo de acacias había desarrollado algún tipo de comunicación. Sin embargo, por mucho que intentó descubrirlo, los árboles se negaban a revelar su misterioso lenguaje.

A su ayuda vino un gran descubrimiento que realizaron los biólogos norteamericanos Ian Balwin y Jack Schultz. En 1983 consiguieron demostrar que en cuanto se sentían agredidos los arces emitían etileno al aire, una molécula sencilla que activaba la segregación de taninos.
¿Podía ser esta la solución al misterio? Hoven volvió entre sus acacias y comprobó que también segregaban etileno cuando empezaba a destrozar sus hojas. ¡Así que los árboles podían hablar entre sí! Quedaba una última cuestión por responder: porqué habían muerto los antílopes.

Hoven estudió entonces el comportamiento de las jirafas que normalmente se alimentan de acacias y constató que se limitan a ramonear un poco de una y luego se marchan, contra el viento, a por otra que se encuentre lejos de la que se han estado comiendo. Eso lo explicaba todo, como los antílopes vivían en un sitio cerrado no podían desplazarse en busca de acacias que no hubieran escuchado las voces de alarma. Su destino había quedado escrito en cuanto las cercaron.

acacias

(La foto de estas preciosas acacias la tomó César Fernández)

Comentarios: 5 // El último fue de: Marcóticos // Escrito el día: 05:10:2006
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roser dijo el día 04:10:2006 a las 2:48
 

Alguien me contó esta historia de la inteligencia de los árboles... y creo recordar que también hay otros grupos de árboles que se comunican a través de las raices, pues en realidad un bosque es el mismo árbol extendido sobre el terreno en forma de muchos árboles... Todo esto de la comunicación vegetal es fascinate, y propongo de momento una película: "los árboles". Sería muy parecida a "los pájaros", pero en versión más silenciosa y en el Amazonas... : )

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zafyro dijo el día 04:10:2006 a las 4:55
 

La película tiene buen aspecto, una parte del bosque del amazonas ha desarrollado una consciencia primitiva y se ha convertido en una trampa mortal. Son arboles carnivoros e igual que las plantas carnivoras que tienden trampas a los insectos engañandoles para que entren en cavidades de la misma flor de las que luego no podrán salir, este bosque ha logrado hacer una mímica del oro que atrae a los humanos hasta el mismo centro, donde quedan perdidos y mueren.

Esto entronca directamente con la leyenda de "El Dorado", así que puedes apoyarte en la mitología para ir dando pinceladas históricas al guión.

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Marcóicos dijo el día 04:10:2006 a las 18:04
 

La historia tiene buena pinta. De hecho, transcurre en el siglo XVI y tiene como protagonista a Lope de Aguirre, que pasó a la historia como La Cólera de Dios. Como sabéis, este aventurero vasco, que andaba cojeando y encorvado participó en la expedición de los marañones, capitaneada por Diego de Ursua, en busca de El Dorado. Lope estaba a cargo del cuidado de los caballos, iba con su hija y un esclavo negro que siempre le acompañaba. Tras un largo tiempo perdidos en la selva, asfixiados por los mosquitos y el calor, los soldados se amotinaron con Lope a la cabeza. Le rebanaron el cuello al capitán, se dijeron enemigos del rey de España, al que declararon la guerra, y se fueron en busca de El Dorado.
Como no encontraban la dorada ciudad, se dedicaron a piratear las ciudades de las colonias, hasta que desde España ordenaron terminar con él costase lo que costase. Tras una dura batalla, Lope de Aguirre y los pocos que quedaban vivos de la expedición original decidieron internarse en la selva para ponerse a salvo. Pero…
Y, bueno, ya no recuerdo cómo seguía la película que nos estamos inventando.

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roser dijo el día 05:10:2006 a las 11:42
 

... entonces la historia se situa en el presente, una expedición de científicos se adentra en esa misma selva para investigar algo (botánico) y terminan investigando un curioso desastre: alguno de los compañeros de Lope de Aguirre dejó un diario en un cofre donde cuenta el extraño comportamiento de los árboles y los sucesos que fueron acabando con sus compañeros... y a medida que los investigadores van descifrando los textos empiezan a mirar con pavor las ramas que crujen, las raices que crecen a su alrededor durante la noche, los embriagadores olores que les embriagan y enloquecen, y...

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Marcóticos dijo el día 05:10:2006 a las 14:26
 

–Esto es absurdo –Bramó Joaquín, doctor en biología y jefe de la expedición. –¿Queréis dejar de comportaros como niños de colegio? ¿Cómo vais a estar colocados por oler unas plantas?

–No sé –respondió Cristina, quien sentía un amor por el reino vegetal aún más profundo que el de Joaquín. –Pero te digo que por un momento pensé que se me iba la cabeza. Ese árbol me estaba llamando, de verdad, podía escuchar su voz. Era ronca y me decía que metiera la cabeza en el agujero de la corteza.

Sara abandonó la lectura del diario que habían encontrado de Lope de Aguirre y miró a sus compañeros. Ella también había sentido una llamada extraña, pero estaba tan fascinada por lo que estaba leyendo que apenas le había prestado atención. Y es que era absurdo lo que contaba el chalado conquistador:

«… entonces fue cuando perdí de vista al italiano. Juro por todos los dioses que apenas dejé de mirar un instante y ya no estaba. Esta selva hideputa que tiene vida propia. Si eres cristiano y lees estas mis palabras no las receles aunque te apesten de brujería, pues que todavía no estoy tan loco para inventarme semejante infierno.

Perdida ya toda esperanza de derrocar al rey de España, tan solo me conformaría con salir de vivo de aquí. Si no yo, por lo menos la pequeña. Mírala, parece tan feliz a pesar de todo…»

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