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4 // Paraísos efímeros
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Más o menos, todos conocemos la historia de la expulsión del Paraíso. Eva y Adán vivían muy a gusto en el Edén. Los días pasaban tranquilos y ninguna preocupación ensombrecía su ánimo. Tan solo había una cosa que les estaba prohibida a la feliz pareja. Jamás debían comer del Árbol del Bien y del Mal, vamos que por no poder ni tocarlo debían. Y quizá nunca hubieran desobedecido si no hubiera aparecido el malvado Diablo. Aprovechándose del espíritu científico de la hermosa Eva, consiguió convencerles para que se pegasen un atracón de manzanas del árbol prohibido. Cuando Dios se enteró, no le sentó nada bien la noticia. Su enfado fue tremendo: a Eva y las mujeres las condenó a parir con dolor y vivir supeditadas al marido, al chico y toda su descendencia masculina los condenó a trabajar con gran esfuerzo. Rencoroso, sí, pero, divino como era, cualquiera se enfrentaba y desde entonces los humanos vivimos entre el dolor y la desgracia.

Este pasaje de la Biblia (Génesis, 3) es uno de mis favoritos. Desde chico me llamó mucho la atención la desproporción entre la travesura de los primeros humanos y el desmesurado castigo. Sin embargo, como metáfora es preciosa: el conocimiento de algunas cosas nos echa del Paraíso.

Así, podríamos decir que a lo largo de la vida somos expulsados del último Paraíso en el que estamos por probar una manzana que nos descubre algo. Por ejemplo, una terrible manzana es el conocimiento de la Muerte. La primera vez que viví la muerte de cerca fue cuando murió mi tía Chata, con la que estaba muy ligado. Sentir que ella se había ido, que nunca más volvería a verla, supuso para mí la expulsión de un paraíso en el que no existía la dolorosa ausencia.

Pero supongo que todos pasamos por Paraísos con fechas de caducidad: hay un momento en que se acaba la niñez y la formidable adolescencia en la que una amistad resulta épica, conoces que significa la muerte, sufres por el primer desamor, … Y esto me recuerda mi primer amor.

A poco que te salgan bien las cosas, en la vida disfrutas de todo tipo de romances: breves e intensos, largos y pesados en su conclusión, escorados hacia el desquicie, placenteros como una barca en medio del ancho mar de los Sargazos… Pero, de todos,  el primero es uno de los más significativos. Son tantas las maravillas que te descubre, que resulta imposible de recordar con indiferencia, ni siquiera cuando haya sido objetivamente un desastre.

Mi primer amor fue una chica que se llamaba Giorgia y vivía en el pueblo de mi abuela, Palmi, en el sur de Italia. La conocí cuando yo contaba 14 años. Ella tenía uno más, quince, y era de pelo negro, rizado, con la nariz a dos tiempos. Recuerdo, o creo recordar, que tenía una sonrisa preciosa y era muy delgada. Apenas un poco más alta que yo. Durante todo el verano nos buscamos perdidos en las brumas del desconocimiento: encuentros fortuitos al atardecer en la plaza del pueblo, nadar juntos cuando las olas se levantaban lo bastante agitadas para reunirnos, sonrojar nada más verse… La despedida fue desgarradora y supuso el único beso que nos dimos: apenas nos rozamos con los labios durante un instante. Al año siguiente volví a verla y ella ya salía con alguien. Apenas conseguí verla en un par de ocasiones y siempre desde la distancia. Me habían expulsado del Paraíso.

PS. Años después, ya terminada la carrera, nos volvimos a encontrar y tomamos una cerveza. Curiosamente, los dos habíamos estudiado arqueología, ella romana y yo americana. Me llevó en coche a casa. Por un momento casi nos dimos el beso que teníamos pendiente. Luego ella pensó en algo, quizá en su marido, y me dijo que ya era demasiado tarde. Bajé del coche y nunca más la volví a ver.

a Giorgia Gargano

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