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El Coliseo | |||||||||||
Seguramente, las estructuras arquitectónicas que representen en mayor medida el horror del que somos capaces los humanos sean los campos de exterminio nazis. Allí fueron asesinadas entre 7 y 9 millones de personas, quizá más, en nombre de una ideología espeluznante. Sin embargo, hay otro edifico que me resulta estremecedor, el Coliseo, símbolo de los mayores despropósitos del imperio romano.
Los romanos desarrollaron una cultura muy curiosa. Durante mucho tiempo los he considerado una cultura deleznable. Imperialistas, esclavistas, militaristas… de alguna manera me recordaban a los nazis. Llegaban a un territorio, lo conquistaban y le imponían todo tipo de tributos para proseguir con sus conquistas y desarrollar los proyectos más desmesurados en la capital. La oscura edad media no empezó con la caída de Roma sino con su ascenso. Sin embargo, también es cierto que también tuvieron alguna virtud: la mujer estuvo mejor considerada que en Grecia, desarrollaron el derecho y fueron generosos con sus pueblos aliados. También es cierto que sus inefables gobernantes siempre intentaron tratar en consideración al pueblo; aunque, eso sí, lo que los ciudadanos demandaban –pan y circo– era terrible. Los juegos romanos fueron evolucionando desde tiempos de la república en algo cada vez más dantesco y desmesurado. Si en un principio consistían en carreras y peleas de pugilato, con el tiempo se convirtieron en un espectáculo cuya calidad se medía en el número de muertos que quedaban en la arena. Una jornada como cualquier otra en el Coliseo empezaba pronto, por la mañana. Los ciudadanos ya sentados en las gradas, a las que se podía acceder con gran facilidad por los corredores exteriores, cruzaban apuestas mientras miraban el programa del día explicado en una tablilla de arcilla. Una lona levantada en el techo por soldados los protegía del Sol. Probablemente estaría lleno, hasta 40.000 personas repartidas en los 4 pisos. Luego, coincidiendo con la entrada del patrocinador al Coliseo, un maestro de ceremonias presentaba el primer espectáculo, que para ir calentando el auditorio podría ser una batalla entre hombres y fieras. A la arena, traída ex profeso de Egipto y fundamental para absorber las riadas de sangre que empezarían a apestar a media tarde, saldrían quizá leones, tigres, panteras, leopardos, osos, lobos y puede que rinocerontes, venados y elefantes. Si hubieran llenado la arena de agua, un esfuerzo de ingeniería habitual y muy usado para representar batallas navales, seguro que también habría cocodrilos e hipopótamos. Las fieras se contarían a centenares: 5.000 fueron sacrificadas el día en que Tito inauguró el Coliseo en el año 80; 2.246 y 2.243 en un par de fiestas de Trajano. Conseguirlas en semejantes cantidades les resultó cada vez más complicado y, de hecho, parece ser que fue por entonces cuando desparecieron muchas especies salvajes de Europa, el Magreb y Próximo Oriente. Los animales se enzarzaban en todo tipo de pelas: entre sí, contra cazadores, contra gladiadores especializados en bestias, contra reos desarmados, pero al final no quedaba ni una con vida. Tras ellas, aprovechando la pausa del mediodía en que gran parte del público marchaba a comer, podían venir unos cuantos ajusticiamientos públicos. Eso sí, el espectáculo debía prevalecer por lo que se ingeniaban las maneras más tortuosas para terminar con la vida de los desdichados que habían condenado a muerte. Una que me produce particular espanto consistía en atar a la víctima a una silla de hierro calentada al fuego. Por alguna extraña razón, estos horrores les excitaban por lo que aderezaban los asesinatos con actuaciones sexuales: violaciones perpetradas por animales contra hombres, mujeres y niños. Tras la comida empezaban las famosas luchas de gladiadores. Las había para todos los gustos, desde cómicas –en las que los luchadores llevaban cascos ciegos y se mataban a tientas– a épicas e historiadas, rememorando tal o cual batalla. Había gladiadores que luchaban con tridente y red, otros con espada y escudo, otros con las armas de su región natal (como los hoplitas griegos). Había peleas de uno contra uno y peleas de decenas a la vez. Pero el resultado siempre era el mismo: muertos y muertos entre los enfervorizados gritos del público. Unas cifras para que nos hagamos una idea: en el año 107 Trajano organizó unas jornadas en las que intervinieron hasta 10.000 gladiadores. Tres años después montó otras fiestas que duraron tres días y movilizaron a 2.400 gladiadores. En el año 109, desde el 7 de julio hasta el 1 de noviembre, llevó a 9.800 luchadores a la arena. Aunque había algún que otro romano que terminaba de gladiador por deudas o vocación, la inmensa mayoría eran esclavos comprados o capturados en guerra. Y esto me recuerda una triste historia que leí hace tiempo, la de un caudillo galo que, mientras le llevaban encadenado hacia la arena, subido encima de un carro que recorría las calles de Roma, llenas de vociferantes ciudadanos civilizados que le insultaban, decidió privarles del espectáculo metiendo su cabeza entre los radios de la rueda. En conclusión, los juegos romanos fueron un descenso a los recovecos más horribles del alma humana. Nada tuvieron de gloriosos. Muchos han sido los pueblos que han protagonizado episodios terribles, como los europeos que exterminaron a los indios de Norteamérica, pero pocas veces la muerte se ha convertido en un espectáculo público de tan vastas proporciones. Y, sin embargo, los romanos eran los civilizados.
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