Ando leyendo estos días un libro muy interesante: Sobre la psicología de la incompetencia militar, de Norman F. Dixon (Anagrama, 1977). En este ensayo, Dixon analiza las causas que explican cómo es posible que se den tantos y tantos casos de altos mandos militares muy inútiles. Tras repasar algunos de los grandes desastres protagonizados por los mandos británicos durante el pasado siglo (la batalla de Crimea, la toma de Singapur, etcétera), en clave psicoanalítica desmenuza la institución militar para mostrarnos las razones de semejante incompetencia. Entre ellas se encuentran la escasa preparación intelectual de los oficiales, el miedo a parecer afeminado (y así tomar decisiones osadas, por ejemplo, que están relacionadas con la masculinidad), el autoritarismo de la propia institución militar, etcétera.
Un ejemplo de incompetencia que no expone Dixon pero que me resulta llamativo es el del general Freyberg, encargado de defender la isla de Creta durante la segunda guerra mundial. Entre otras razones, por su cercanía a Grecia –ocupada por Alemania–, Creta resultaba de vital importancia para las fuerzas aliadas. Para defender la isla, Freyberg contaba con fuerzas británicas y australianas, entre las que destacaban los maoríes por su valentía y preparación. Además, estaban los cretenses, auténticas bestias pardas, pero fueron minusvalorados por los ingleses y apenas les dotaron de armamento (aún así se mostraron escalofriantemente eficaces con trabucos y navajas, niños, ancianos y mujeres incluidos).
Los alemanes podían conquistar la isla por mar o por aire, mediante tropas aerotransportadas (paracaidistas y planeadores), como habían hecho en Europa. Sin embargo, por mar les iba a resultar más complicado pues por las corrientes marinas era complicado alcanzar Creta con una gran flota; además, la armada británica era la dueña del Mediterráneo. Por tanto, lo previsible era que lo intentasen por el aire. Para confirmar las sospechas, los servicios de espionaje descubrieron el plan nazi: efectivamente, iban a atacar con paracaidistas y así se lo hicieron saber al general Freyberg.
Sin embargo, a Freyberg se le había metido en la cabeza que iban a atacar por el mar y dispuso todas las defensas en las costas. En mayo de 1941, las fuerzas aerotransportadas nazis fueron lanzadas sobre la isla. A pesar del arrojo de los soldados aliados, los alemanes consiguieron ocuparla por una serie de errores de los mandos (fruto en su mayor parte del desconocimiento de lo que en realidad estaba sucediendo al no querer salir de los cuarteles generales).
Además de que Creta cayera en manos nazis, lo cual se tradujo en años de feroz represión y miles de muertos, la batalla supuso una terrible pérdida de vidas. Solo entre los británicos hubo 1.742 muertos, 1.737 heridos y 11.835 prisioneros. Lejos de amonestar al cretino de Freyberg le fueron confiadas posteriores misiones militares, entre ellas la que condujo a la destrucción de la ciudad y la Abadía de Montecasino. Si Freyberg hubiera hecho caso de las más que fiables fuentes de espionaje y no se hubiera obcecado con la invasión marítima, podría haber defendido la isla. Pero su caso fue un claro ejemplo de disonancia cognoscitiva, que –nos explica Dixon– consiste en autocegarse a cualquier aspecto de la realidad que contradiga la idea que tenemos sobre algo. Es decir, Freyberg hizo caso omiso de todos los informes que contradecían su idea original de cómo iba a producirse la invasión porque de lo contrario tenía que reconocer que se había equivocado en un principio.

El general Freyberg
(Si estás interesado en la batalla de Creta, te recomiendo un ensayo muy bueno escrito por el puntilloso y ameno historiador Antony Beevor: Creta. La batalla y la resistencia).