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Una vida sana

Cuando era niño, allá por finales de los años 70, no recuerdo que mis mayores le prestasen mucha atención ni a la salud ni al cuerpo. Los progres bebían y fumaban como cosacos, y los modernos no dudaban en colocarse con cuanta droga hubiera en el mercado, incluida la heroína que tantos muertos dejó a su paso. Colesterol, para el caso, podría haber sido el nombre de un revolucionario coreano o alguna sustancia con la que acompañar las anfetaminas. Gimnasios había pocos y, según que barrio, solían estar poblados por macarras antes que por deportistas o gordifóbicos. De hecho, resultaba tan exótico aquello de la gimnasia de mantenimiento que Eva Nasarre, la monitora de un novedoso programa televisivo de aeróbic, se convirtió en una estrella mediática.

25 años después, el paisaje ha cambiado por completo. Ahora, todos los alimentos que se publicitan deben contar con alguna propiedad terapéutica (reducen el colesterol, regulan el intestino, fortalecen los huesos) y fumar se ha convertido en una lacra social. Proliferan los gimnasios, que ahora me parece que se llaman centros de fitness, y se practican con asiduidad todo tipo de técnicas para mantenerse en forma, ya sean occidentales (como Pilates), o de tintes orientales (válgame como ejemplo, que no me sé más, el tai chi).

Frente a la imagen del progre pálido, de media melena y con los ojos amarillos de tanto café; frente al moderno que lucía ojeras con glamour y una musculatura digna de una adolescente anoréxica: ahora se lleva la carne trabajada durante horas y horas en un gimnasio, a poder ser carbonizada mediante el Sol o los rayos uva y cultivada con piensos light. ¡Ay de la mujer con curvas y enterremos de una vez al gordisapo de panza cervecera! En los sitios de ambiente, esta obsesión está tan generalizada que, cuando salgo por zona gay, no sé bien si me he metido en una discoteca o en una concentración de culturistas.

Supongo que han influido muchos factores para que se haya producido un cambio de mentalidad tan grande. En parte, quizá se pueda explicar por la cantidad de dinero que genera esta cultura de la carne prieta. ¿Cuánto dinero se consume al año en España en cremas y potingues que disimulen los surcos de la venerable edad? No tengo aún el dato exacto, pero el hecho de que sea el primer producto que se encuentra al traspasar la puerta del Corte Inglés, allí donde la sensatez pierde toda la esperanza, resulta sintomático. Es decir, puede que parte de esta desmesura en la atención al cuerpo venga potenciada por el interés comercial en que consumamos productos superfluos -el yogurt anticancerígeno, la crema rejuvenecedora o el champú adelgazante-, lo cual se enmarca en el ejercicio de estulticia colectiva que supone el derroche de consumismo de las sociedades ricas.

También, creo yo, habrá influido la globalización cultural. Hoy día está mucho más implantado en España la cultura estadounidense, en la que se da un gran valor al joven de boyante salud y atlético cuerpo. Lo cual, por cierto, llama la atención pues se produce una gran contradicción entre el modelo de perfecto americano, cachas y saludable, que defienden la publicidad y el cine estadounidenses y la realidad de una población que en su mayoría tiene sobrepeso y roza el alcoholismo. (Una contradicción de tantas que tienen al respecto: consideran fumar una aberración pero no suscriben el Protocolo de Kyoto, les dan pánico los infartos pero se matan a trabajar, etcétera).

Se podrían buscar más causas externas que explicasen este cambio de actitud, sin embargo, sospecho que también es resultado de una toma de conciencia propia de la calidad, y cantidad, de vida que supone el abandono de determinados hábitos. En los últimos 25 años, la esperanza de vida media en España ha aumentado hasta 10 años…

Bueno, y todo esto era para decir que me he propuesto llevar una vida más saludable. Mañana empiezo el Gran Cambio Radical (nº 601) en mi modo de vida. Tal vez, incluso deje de fumar… vamos a ver qué pasa.

 

 

 


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