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Cero a la izquierda

Esta es la edificante historia del cero a la izquierda, un número que pasó grandes penurias al ser considerado inútil desde su mismo nacimiento. El cero a la izquierda miraba el resto de números con humildad a sabiendas de su insignificancia. Qué poderoso parecía el siete, artífice de deidades, martillo de la cábala y la alquimia; cuán hermoso resultaba el seis, base de minutos y segundos; por no hablar del millón, tan inconmensurable como un segundo de amor; y qué decir de su gemelo, el cero a la derecha, cuya sola presencia tornaba en centuriones a unidades y decimales: todos plenos de utilidad, todos tan llenos de todo.

Pasaron los días, las semanas y hasta los siglos y nuestro pequeño cero a la izquierda soportaba en silencio su carga de miserable inutilidad hasta que se encontró con un demiurgo de la palabra. El demiurgo se conmovió ante aquel espantajo algebraico y decidió ayudarle.

–A partir de ahora servirás para algo, mi orondo amigo –le dijo mientras anotaba una nueva fórmula en el Cuaderno Universal de Frases Hechas. Desde este mismo momento servirás para referirse a algo o alguien que es absolutamente inútil. Exactamente, la expresión al respecto será: «eres más inútil que un cero a la izquierda».

Y dicho esto siguió su camino hacia el séptimo cielo, donde le esperaba el Rey Mono para zamparse juntos una canasta de melocotones de la inmortalidad. El cero a la izquierda miró como se alejaba su benefactor y, por primera vez en toda su vida, se sintió feliz. Sin embargo, su dicha iba a durar bien poco pues, cuando el resto de los números tuvo noticia de su pleonástica función, se desató un tifón de burlas y escarnios que arrasó con la semilla de su autoestima.

Desde entonces, el cero a la izquierda reptó humillado durante mucho tiempo por la senda del autodesprecio, flagelado por la miseria y la desesperación de un recuerdo feliz: inclemente Erinia; si hubiera podido, se habría matado, pero por su abstracta condición, ni siquiera podía encontrar consuelo en el suicidio.

Con triste final habríamos concluido esta historia, pero la rueda de la fortuna tomó una bifurcación, justo antes de llegar a la autopista nacional, enfrente del supermercado, y hete aquí que aparecieron los ordenadores. Resulta que –a pesar de su indudable inteligencia– mostraban grandes dificultades para ordenar listas de números (colocaban el 20 tras el 2, por ejemplo), por lo que empezó a usarse de forma habitual el cero a la izquierda para evitar barullos informáticos.

Desde entonces, pleno de utilidad, el cero a la izquierda vivió feliz y contento en un castillo lleno de dragones juguetones y princesas republicanas.

cero

 

 

 


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