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| Novedades: artefactia // el neotarot // las guerras... (vídeo) | ||||||||||||||||||||
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escaqueado | ||||||||||||||||||||
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Artefactia | ||||||||||||||||||||
Nace Artefactia, la web donde recojo mis metachingou, es decir, mis inventos llamados a revolucionar el paisaje tecnológico del siglo XXI
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2 // El último fue de: Marcóticos // Escrito el día: 05:07:2006 | ||||||||||||||||||||
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Más sobre los nombres | ||||||||||||||||||||
Ya te comenté una vez lo interesante que me parecía la costumbre de algunos pueblos (como los cheyennes) de cambiar el nombre de las personas cuando llegan a la edad adulta. De esa manera, puedes llamarte con un nombre que refleje mejor tu perfil personal. De hecho, en la literatura y el cine se presta mucha atención a los nombres de los personajes, pues saben que por sonoridad y reminiscencias pueden contribuir en gran medida a su caracterización. Un ejemplo claro lo tenemos en El señor de los anillos. La magistral obra de Tolkien quizá no hubiera sido lo mismo si los nombres de los elfos no sonaran tan élficos (gaélicos). ¿Acaso Góllum podría haberse llamado Daniel o Luis o Rafael o Marcos? NO. Góllum solo podía llamarse Góllum. Pues en la vida real pasa lo mismo. A Roser Bibiloni no la pegaría ni con cola llamarse María Remedios de la Encarnación. Sin embargo, en Occidente tan solo se permite realizar este ajuste nominal a los profesionales del arte, la escritura, la prostitución, el cine y unos pocos oficios más. Es una lástima. Lo ideal sería que te dejaran utilizar varios nombres y, así, podrías escoger el más apropiado para cada ocasión: yo sería Marcos en la cotidianidad; Marcolino para mi familia y mis amigos; Marcóticos en Internet (donde mantengo una docena de heterónimos, más o menos); Julius en el trabajo… PD. Todo sea dicho, también es arriesgado disfrutar de un apellido tan sonoro que al final los apellidados terminen por creerse mejor por lo resonante del mismo. Véanse las típicas frases que esgrime un apellidoso: ¡Y no te olvides que eres un Burumendia! ¡Claro, es que nosotros los Burumendia! ¡Un Burumendia jamás aceptaría que…! | ||||||||||||||||||||
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3 // El último fue de: Marcóticos // Escrito el día: 08:07:2006 | ||||||||||||||||||||
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Cuentos anónimos I | ||||||||||||||||||||
El pescador y la caja Hace mucho tiempo, en el lejano reino de Creta vivía un pescador al que le gustaba su trabajo. No disfrutaba mucho pescando, pues le daba apuro matar a los pobres peces, pero sí le resultaba placentero levantarse por las mañanas y disfrutar del amanecer en el mar. Un día, cuando sacó las redes del agua descubrió entre una merluza y dos lenguados una hermosa caja de nácar con los cierres de rojo coral. ―¡Quieto! Por favor, no abras la caja o moriré abrasada. El pescador cerro de golpe la caja y se apoyó en un remo. ¿De verdad había escuchado una voz? No estaba seguro. De hecho, no recordaba ni el tono ni el timbre de la voz. Es más, ni siquiera podía acordarse de si pertenecía a un hombre o a una mujer. Cuando llegó a su casa le contó a su esposa lo que le había sucedido, pero la mujer no podía creer al pescador. ―Vamos, vamos ―le dijo―. Seguro que has tenido una insolación y te lo has imaginado todo. Anda, déjame que mire esa caja parlanchina. El pescador, aún más confundido, le dio la caja a su mujer y fue en busca de un vaso de vino para recobrar el ánimo. Mientras tanto, la mujer, que era tan guapa como curiosa, entreabrió la caja para ver qué había en verdad dentro. Pero, en cuanto levantó un poco la tapa, sonó una voz que decía. ―¡Quieta! Por favor, no abras la caja o moriré abrasado. Si el pescador no le hubiera contado lo que le había sucedido a él en su barca, quizá la mujer se habría desmayado del susto que se llevó. Pero estaba ya predispuesta hacia lo extraño, así que se limitó a gritar una maldición y cerró la caja de golpe. Cuando el pescador volvió al salón y vio a su mujer que, pálida y con los ojos llorosos, agarraba la caja con fuerza, comprendió que ella también escuchado la extraña voz. ―Mujer, ya te dije que no mentía ―dijo el pescador con la firmeza de quien se sabe vindicado. Al llegar la mañana, aún indecisos, guardaron la caja en un arcón y salieron a su quehacer diario: el uno a la mar y la otra al mercado a vender lo que cosechaba el marido. Los días pasaron y poco a poco fueron olvidando la caja que dormía en el arcón. Sin embargo, su vida empezó a cambiar con pequeños hechos afortunados, tan pequeños que al principio casi ni se dieron cuenta de ellos. Pero el pescador volvía cada día con las redes más llenas y su mujer siempre conseguía vender la pesca al el mejor precio de todo el mercado. Un golpe de suerte por aquí, unas monedas encontradas por el camino, y otro por acullá, una herencia insospechada de un tío lejano, les terminó de convencer de que estaban pasando por un período de buena fortuna. Un día, el pescador bajó a arreglar el suelo del sótano, que desde hacía tiempo se había levantado por la humedad, y encontró una bolsa llena de perlas entre la tierra de los cimientos. ―Escucha mujer ―le dijo a su esposa entre alegre y asustado―. Esto no es normal. Cada dos por tres nos encontramos cosas de valor y, ahora, en el sótano acabo de descubrir una bolsa llena de perlas tan grandes como manzanas. La mujer echó a reír, más por angustia que por satisfacción, y se alejó un poco de la bolsa mientras meditaba en voz alta. ―No sé. No sé qué pensar. Todo esto es una locura. No sé si es un regalo de los dioses o de los demonios. Si es una bendición o una maldición. Pero ahí está. Quizá sería mejor echar la caja al mar y salir corriendo de aquí… El pescador no la dejó continuar. Soltó la bolsa y la abrazó con firmeza y ternura intentando tranquilizarla. ―Venga, mujer. No te preocupes. Ya verás cómo todo sale bien. Seguro que son los buenos dioses quienes nos cuidan con tanto mimo. Y así fueron pasando los días. Con su creciente fortuna, el matrimonio se compró una casa más grande y abandonó las artes de pesca para dedicarse al comercio. Compraron un barco con el que mercadear de punta a punta del Mediterráneo y, gracias a su buena suerte, no tardaron en contar con una flota entera, pues sus barcos jamás padecían abordaje alguno en aquel mar de piratas, al igual que tampoco les sorprendía ninguna tormenta fuera de las protegidas aguas un puerto. Ya no era una casa la que tenían el pescador y su mujer, sino cuatro o cinco. Una en cada ciudad donde realizaban negocios importantes: Rodas, Génova, Bizancio, Venecia. En todas ellas eran atendidos por una corte de criados y doncellas que ansiaban entrar a su servicio por su famosa generosidad. Pero, por mucha confianza que les inspiraran los domésticos, había un lugar donde nunca les dejaban entrar: su dormitorio, donde guardaban el arcón en el que se encontraba la caja. Fue justo en la Serenísima cuando se dieron cuenta, unas Navidades, de que algo extraño les sucedía también con las heridas del tiempo. Acababa de regresar el pescador a su nuevo palacio, cuya elegante fachada daba al Gran Canal, cuando descubrió a su esposa llorando en la ventana. ―¿Qué te ocurre, mujer? ―preguntó preocupado―. ¿Por qué lloras de esa manera? ―Las manos, ―respondió la mujer entre hipidos y sollozos. ―¿Qué pasa con tus manos, amor mío? ¿Te has dado un golpe? ¿Te duelen? ―No. ―Entonces ¿qué pasa cielo? ―Mis manos, ―dijo la mujer levantando por vez primera la vista―. Mis manos, esposo mío, no tienen arrugas. El pescador se fijó entonces en las manos de su mujer y vio que, efectivamente, estaban lisas y suaves como las de una muchacha de 20 años. ―Vaya, es verdad, cielo. Tienes las manos de una chiquilla, pero no entiendo por qué te preocupa eso. Cualquier mujer estaría muy contenta de parecer tan joven con cuarenta años cumplidos. ―¿Pero es que no entiendes nada? ―gritó ella desesperada―. ¿Es que no te das cuenta de que parecemos dos jóvenes cuando tú deberías tener ya el pelo blanco y yo caídas las tetas? ¿Cómo puedes estar tan ciego para no ver que llevamos años sin contraer enfermedad alguna, sin envejecer en lo más mínimo? Aquel día, el pescador y su mujer apenas consiguieron dormir de la angustia que sentían. Ni tampoco descansaron al día siguiente ni al otro. Pero con el tiempo fueron asimilando aquellos hechos extraordinarios y al final terminaron por aceptar su eterna juventud. Habían pasado ya diez años desde que el pescador sacase aquella caja del mar cuando su mujer se dio cuenta de que estaba embarazada. Nació un niño y con la sonrosada criatura aumentaron los miedos de la mujer. Ella estaba dispuesta a tantear lo extraño, si con ello ganaba tan alta calidad de vida, pero no estaba dispuesta a que nada pusiera en riesgo el futuro de su niño. Mucho discutió entonces con el pescador, pero el hombre, testarudo, se negaba a desprenderse de la caja que tan buena fortuna le había traído. Y así pasaron ocho años más, sin que ninguno renunciase a que el otro renunciara. Una noche cayó una tormenta tan fuerte que el niño no conseguía dormir. Asustado por la errática danza de los rayos y los truenos, fue hasta el dormitorio paterno buscando su segura protección. Quiso la casualidad que el niño sorprendiera a sus padres en plena discusión: papá sostenía una caja con fuerza mientras mamá lloraba e intentaba quitársela diciendo que quería tirarla al mar. Pasaron pocos minutos antes de que el pescador y su esposa se dieran cuenta de que el niño lo estaba viendo todo y concluyeran la riña, pero, en cualquier caso, fue tiempo suficiente para que el niño ya no pudiera olvidar aquella caja por la que discutían sus queridos padres. Con la llegada del invierno, la familia se trasladó a la bulliciosa Bizancio, donde confluían Oriente y Occidente en un enrevesado alambique de culturas milenarias. Una tarde que sus padres habían salido a cerrar un negocio, el niño se acercó a escondidas al dormitorio paterno. No le costó mucho encontrar la caja, pues había visto cómo la guardaba su madre entre los vestidos del arcón. Pensaba echarla al mar sin perder un instante, pues quería que su madre estuviera bien contenta y orgullosa de él, pero, cuando la tuvo en sus manos, sintió curiosidad por saber que tenía dentro. Con cuidado empezó a levantar la tapa y una voz le sorprendió: ―¡Quieto! Por favor, no abras la caja o moriremos abrasados. ―Anda ya, ―respondió el niño, y abrió la tapa con decisión. En su interior descubrió dos pequeñas figuras de cristal que resplandecían mil colores. Ni el más diestro de los artesanos de la veneciana isla de Murano habría conseguido jamás elaborar unas piezas tan perfectas y exquisitas. Hasta el blanco de los ojos y las puntas del dedo meñique se veían en aquellas figuras, que, para mayor asombro aún del niño, eran igual que sus padres. Pero no dispuso de mucho más tiempo para contemplarlas pues, de repente, se encendieron y empezaron a arder entre llamas verdes y azuladas. Asustado, el niño soltó la caja y en aquel suelo de mármol blanco siguieron quemándose las dos figuras hasta que se derritieron por completo. Horas después no se hablaba de otra cuestión en toda Bizancio que de un extraño fenómeno: mientras estaban comprando una partida de perfumes egipcios, un rico y joven matrimonio de mercaderes empezó a arder sin que hubiera cerca fuego alguno. Y antes de que nadie pudiera reaccionar se quemaron entre gritos de dolor hasta que no quedó de ellos ni los huesos. | ||||||||||||||||||||
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4 // El último fue de: Marcóticos // Escrito el día: 13:07:2006 | ||||||||||||||||||||
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Sonrisómetro | ||||||||||||||||||||
Otro metachindogu: el sonrisómetro
En la vida es importante responder con una sonrisa. Este pequeño gran gesto mitiga tensiones, rebaja temores y contribuye a generar una atmósfera agradable en la que empatizar con la gente. Sin embargo, en ocasiones nos puede costar mucho sonreír. Un dolor de muelas, la dolorosa regla, un recuerdo fatídico, esa preocupación que no se nos va de la cabeza: muchos son los factores que pueden provocarnos un mal día y, con ello, disminuir nuestra capacidad de sonreír. Sin embargo, este grave problema ha dejado de serlo gracias al sonrisómetro, una impresora de sonrisas que pesa tan poco que podrá llevarlo siempre consigo. | ||||||||||||||||||||
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1 // El último fue de: leafar // Escrito el día: 10:07:2006 | ||||||||||||||||||||
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Atentado en India | ||||||||||||||||||||
Ayer en India, un grupo de terroristas volvió a cometer un atentado terrible. En muchas ocasiones suelo opinar sobre los conflictos aportando remedios infalibles. La solución está muy clara, amigo, lo que habría que hacer es… Y así, sin que las ideas hayan fermentado más que unos pocos segundos entre mis prejuicios, resuelvo incluso el problema más complicado. Pero, la verdad es que no tengo ni la más remota idea sobre cómo se puede frenar el integrismo terrorista. Mi única sospecha es que hay que poner todos los medios posibles para apoyar el Islam moderado y la apertura de las sociedades musulmanas al mundo de los derechos humanos. Turquía, Marruecos, Túnez… es fundamental que estos países se terminen de desarrollar y se conviertan en fuertes abanderados del Islam humano y razonable. Por lo mismo, supongo que en cada emigrante musulmán que pueda vivir en Europa hay una cerradura para abrir las pesadas puertas que están intentando cerrar los fanáticos. En fin. No sé bien ni lo que digo. | ||||||||||||||||||||
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Yo no he sido | ||||||||||||||||||||
Se está montando un gran revuelo sobre el cabezazo que Zidan le propinó a Materazzi, un jugador italiano, durante el último partido del Mundial. En general, se requiere una gran templanza para ser sincero con uno mismo. Encontrar una justificación de los actos resulta, cuanto menos, un alivio del desasosiego. Sobre todo cuando la actuación es irreflexiva y obedece a vete a saber tú que impulsos del inconsciente. Lo peligroso es cuando alguien nunca puede digerir un propio error y se pasa el día tergiversando la realidad para no sentirse a disgusto con uno mismo. El problema no es que yo carezca de voluntad para comer menos y perder ese par de kilos que me molestan, el problema es que esta sociedad te imponte un criterio estético que…; no soy yo quien me relaciono mal con la gente, es que todos los demás son…; el accidente de tráfico no ha sido por que yo iba deprisa, sino por la carretera en mal estado. El sobredimensionado cabezazo de Zidan, del que quizá se hable tanto por que de algo deben comer los periodistas deportivos cuando no hay fútbol, se justifica por los insultos que recibió de Materazzi. ¡Cómo si un mero insulto mereciera un golpe! De donde se deduce que el ganador moral de la presente copa del mundo ha sido, sin duda alguna, Trinidad y Tobago: ¡campeones, oe, oe, oe! | ||||||||||||||||||||
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Adiós rino, adiós | ||||||||||||||||||||
Los atentados de India, el conflicto de Irak, los ejércitos israelitas invadiendo Gaza… anda el Planeta tan lleno de guerra y dolor humano que me produce casi reparo hablar con tristeza de la extinción de un animal, pero no puedo evitar sentir pena por la definitiva desaparición del rinoceronte negro. Según la UICN, ya no queda ni rastro de los rinocerontes que vivían en el norte de Camerún, el último hábitat que les quedaba. El cuerno con que se defendía este titán de pésima vista y buen olfato ha sido, precisamente, la principal causa de su perdición. Por una pirueta mental casi ridícula, a este cuerno queratinoso (no óseo) se le atribuían propiedades afrodisíacas, por lo que ha sido cazado sin piedad para alimentar las pseudofarmacias de medio mundo (sobre todo en Asia). La presión cinegética junto con su baja tasa de natalidad (una cría cada 4 ó 5 años) ha sido demasiado para este animal que no tenía rival en su hábitat natural, las sabanas abiertas. Su pariente, el rinoceronte blanco, corre menos peligro. Esperemos que con el descubrimiento de la viagra consiga sobrevivir a la estupidez humana.
Hay, había, 5 especies de elefantes: el blanco (a tu izquierda), el negro (a tu derecha), el de Java, el de la India y el de Sumatra. Los dos primeros son oriundos de África y los otros tres, evidentemente, de Asia. Menos el de Sumatra, que es el más pequeño de toda la familia, los rinocerontes asiáticos solo cuentan con un cuerno. Los dos africanos se distinguían por la forma de los morros. En el blanco es aplanado, idóneo para pastar la hierba que crece a ras del suelo; mientras que en el negro es más parecido a la trompa de un elefante (proboscídeo), ya que es prensil, y le servía de maravilla para su dieta arbustiva. | ||||||||||||||||||||
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3 // El último fue de: Marcóticos // Escrito el día: 19:07:2006 | ||||||||||||||||||||
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Lecturas veraniegas I | ||||||||||||||||||||
Un libro apasionante para este caluroso verano que se avecina: La máscara de hierro, escrito por Roger MacDonald. Crítica. Barcelona, 2006. Traducción de Teófilo de Lozoya y Juan Rabasseda-Gascón. En este ameno y documentado ensayo, MacDonald analiza la verdadera historia de D’Artagnan, un gascón muy hábil con la espada, que se vio envuelto en las diabólicas intrigas de la corte del rey Luis XIV. El capitán de los mosqueteros, que debía de ser una persona leal y honrada, fue manejado a su antojo por los poderosos del momento, entre ellos los cardenales Richeliu y Mazarino, y, según el autor, su falta de astucia a la hora de moverse entre semejantes tiburones le costó un final bien distinto del que se piensa (morir durante un asalto a una fortaleza holandesa hacia los 50 años de edad). ¿Quién fue realmente la malvada milady? ¿Acaso los Luises que reinaron en Francia fueron en realidad unas malas bestias que no dudaban en asesinar a quien se oponía a sus apetencias? ¿Existieron de verdad Athos, Porthos y Aramis? ¿Quién era en realidad el hombre que permaneció encarcelado durante años bajo una máscara de hierro? En fin, un libro muy recomendable para los amantes del las pelis de capa y espada.
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3 // El último fue de: M // Escrito el día: 20:07:2006 | ||||||||||||||||||||
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Marcos Méndez | ||||||||||||||||||||
Creo que es un gesto común buscar el propio nombre en Internet. A mí, poniendo Marcos Méndez, me han aparecido tocayos de lo más curioso. Entre ellos hay un Marcos Méndez profesor de biodiversidad en la Universidad Rey Juan Carlos I; un actor mexicano; un zapatista; un especialista en arañas; un joven que ha ganado un concurso de moto trial en Castilla La-Mancha; un director de cine; un apasionado de la astronomía que vive en Tampico, México; y un fotógrafo. Quizá sería divertido que algún día nos reuniéramos todos estos Marcos Méndez, y vete a saber tú cuántos más hay por ahí, en una pequeña isla de Grecia, y, al atardecer, entre vino y vino, contarnos nuestras vidas. ¿Te imaginas que descubriéramos todo tipo de coincidencias? Quizá todos estemos calvos, llevemos gafas, nos gusten Homero, el café, bailar, los gatos y las novelas de ciencia ficción; tal vez todos seamos de izquierdas y enamoradizos, o hayamos padecido la misma ruptura mal curada de un hueso del pie cuando siendo adolescentes tropezamos con algo que no debía estar allí? No sé, tal vez no tengamos nada más en común que el nombre; pero en cualquier caso sería una grata experiencia juntarnos personas tan dispares y ver qué ocurre. Hmmmm, se podría escribir un cuento sobre esto. Un grupo de personas que se llaman igual y se reúnen en la mediterránea isla de Malta y entonces…
Un Marcos Méndez, como otro cualquiera | ||||||||||||||||||||
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2 // El último fue de: roser // Escrito el día: 22:07:2006 | ||||||||||||||||||||
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La reunión | ||||||||||||||||||||
Incapaz de negarles nada ni a Leafar ni a Roser, sin cuyos abundantes comentarios este log perdería interés, narraré pues los extraños acontecimientos que se desarrollaron en la reunión de los Marcos Méndez. Todos recibimos la misma invitación. En una carta de papel verjurado, de color crema suave, un hombre llamado Marcos Méndez nos proponía que nos reuniéramos en Rodas a un grupo de personas que, precisamente, lo único que teníamos en común era llamarnos de la misma manera. En la invitación estaba incluido un pequeño plano para que encontráramos una taberna, donde debíamos estar a las 4 de la tarde del 11 de febrero de aquel mismo año. No sé cuántas personas recibieron la misteriosa carta, pero al final, espoleados por la curiosidad y el espíritu de aventura, en la taberna aquella nos encontramos unos 22 tocayos. Los había de todas las nacionalidades y profesiones. Como es de suponer por el apellido, todos proveníamos de países de habla hispana menos uno, el Marcos Méndez que había tenido la genial idea, que era un farmacéutico estadounidense de ancestros mexicanos. Muy divertidos y emocionados, nos reunimos en torno a una mesa y los más audaces contaron sus historias personales. Este era un especialista en arañas, divorciado y con dos hijos, aquel era un fotógrafo que se pasaba la vida viajando, y con el que me sentía más cómodo era un argentino de unos 50 años de edad que daba clases de biodiversidad en la UNAM de México. Lo extraño y entretenido de la situación nos llevó a beber como cosacos. Los vasos se llenaban una y otra vez con un vino anisado griego que se llama ouzo. Este delicioso elixir se deja beber con la misma facilidad que el agua, pero tras su modosa apariencia se esconde un anís de casi 40 grados de alcohol. El resultado se dejó ver hacia las 11 de la noche, cuando intentamos levantarnos para ir al hotel que nos había reservado el farmacéutico. El que menos borracho estaba era un actor mexicano que le hablaba en esperanto a una silla del local. Al farmacéutico le había dado una llantina un tanto histérica y alguien le acompañó al baño a ver si se le pasaba remojándole la cara. Desternillados de risa, el aracnólogo, el profesor y yo nos pusimos los abrigos y salimos a cantarle rancheras a las sirenas que quisieran escucharnos en el puerto. Fue solo hacia la una de la mañana, pasadas dos horas de viento fresco sobre mi cara, cuando me di cuenta de que no llevaba puesto mi abrigo. –Tranquilo, tocayo –me dijo el profesor–. Ya lo solucionaremos mañana. Por fin en la cama de mi hotel, fui a encenderme el cigarrillo de las buenas noches cuando me di cuenta de que me había quedado sin tabaco. El síndrome de abstinencia y el alcohol me llevó a buscar en los bolsillos del abrigo equivocado un paquete de cigarrillos. Se me esfumó la borrachera de un latigazo de adrenalina cuando metí la mano en el bolsillo interior y saqué una pequeña pistola negra. Muy asustado, la volví a guardar en el abrigo y me quedé dudando sentado en la cama. No sabía qué era más sensato, si devolverle el abrigo al pistolero a la mañana siguiente sin hacer la menor referencia al arma, o avisar a los demás Marcos de que un tipo armado pululaba entre nosotros y montar un jaleo tremendo. Por prudencia y cobardía me decidí por lo primero e intenté dormir un poco a pesar de la angustia que me impedía respirar. Durante el desayuno busqué al profesor y al aracnólogo para contarles lo que había descubierto. Estábamos los tres analizando la situación cuando llegó el farmacéutico. Parecía muy enfadado. –Creo que ayer te llevaste mi abrigo –me dijo. –Sí, aquí lo tengo, –respondí mientras se lo devolvía. En cuanto lo cogió, metió en seguida la mano en el bolsillo y sonrió al comprobar que allí estaba la pistola. –Bueno, creo que os debo una explicación. Pero os agradecería que fuéramos a un sitio más discreto. Hay cosas que es mejor hablar en privado. Intrigados, nos fuimos los cuatro a la habitación del profesor, que era la más cercana. El farmacéutico entró por último en la habitación. –Veréis… –dijo–. Es que necesito esta pistola para terminar con todos vosotros. Antes de que pudiéramos reaccionar sacó el arma y nos apuntó con frenesí. El tipo parecía enloquecido. No paraba de guiñar los ojos con fuerza y le temblaba la mano con que empuñaba la pistola. Aunque éramos tres, movía el brazo con tal rapidez que todos teníamos la sensación de estar continuamente apuntados. Quizá fue gracias a su experiencia con arañas venenosas, quizá fue por sus vivencias en la selva amazónica, el caso es que el especialista en arañas parecía más calmado. Está bien –dijo–. Nos vas a matar. Eso ya lo hemos entendido, pero por lo menos nos podías explicar la razón. Bien hecho. El psicópata parecía encantado de contar su historia y mientras hablase no nos iba a disparar. –¿De verdad quieres saberlo, imbécil? –respondió el psicópata–. Pues te lo voy a contar. En realidad no me llamo Marcos Méndez, sino Julio Mendizábal. Ya ves, una pequeña diferencia. Tan pequeña que sería irrisoria de no haberme jodido toda la vida. –¿Toda la vida? –preguntó el profesor. Sí. Toda la vida. Yo estaba enamorado, ¿comprendes? Cuando iba al colegio nos sentaban por orden alfabético. Al igual que nos preguntaban la lección siguiendo aquella maldita lista, ¿comprendes? Entonces yo quería que ella se fijara en mí. –¿Quién? –preguntó el aracnólogo, que no perdía de vista la pistola en busca del menor resquicio para desarmarle. –¿Cómo que quién? Debería matarte solo por haber sido capaz de olvidarte de ella, la señorita María. Nuestra profesora de ciencias, la que nos daba clases los martes y los jueves. Ese día, maldito cabrón, te tocaba a ti dar la lección. Después de Raquel Mazarío venías tú, Marcos Méndez. A mí me habría tocado el día siguiente. Pero no. Resulta que el maldito Marcos Méndez tenía algo más importante que hacer que venir a clase. Y entonces ella dijo, como Marcos no ha venido, por favor, Julio sal tú al encerado y explícanos el sistema digestivo. ¡Yo no me lo sabía! A mi no me tocaba ese jueves. Me humillaste, cabrón. Me humillaste delante de ella para quedártela tú. El psicópata paró un momento para limpiarse la baba que se le derramaba por la boca y siguió enfureciéndose aún más. Yo estaba tan aterrado que no podía moverme. –Pero pagaste, ¿verdad? Te jodí bien por tu maldad. ¿Todavía te duele la cabeza? Era un bate de baseball con lo que te golpee. –Sí, –afirmó el aracnólogo–. Me mataste muy bien. Aquello fue un buen trabajo. De verdad. La profesora María está muy orgullosa de ti. Ahora que te parece si salimos de aquí y vamos todos juntos a decirle lo bueno que eres matando Marcos Méndez… –¡No! –bramó el psicópata–. No. Todavía no soy lo bastante digno para ella. No mientras quede un solo Marcos Méndez con vida en el planeta. Pero ahora os tengo a todos reunidos. Esta noche echaré veneno en vuestra cena y por fin seré lo bastante para ella. Esta noche me redimiré para siempre jamás. –Bueno, –intervine yo por primera vez–. Como comprenderás, mi querido Mendizábal, no iba a dejar las balas en la pistola. El psicópata me miró aterrado y antes de que pudiera reaccionar saltamos los tres a por él y lo derribamos. La policía no tardó en llevarse al pobre tarado. Por la tarde, cumplimentadas las denuncias en comisaría, les contamos a los demás Marcos Méndez la historia y todos se quedaron cariacontecidos, por lo menos hasta que nos terminamos la sexta botella de ouzo, momento en el que decidimos salir al puerto en busca de una sirenas para ver quién cantaba mejor unas rancheras. De camino, el profesor se me acercó y me preguntó en voz baja: -¿De verdad le habías quitado las balas? | ||||||||||||||||||||
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5 // El último fue de: Blanch // Escrito el día: 17:08:2006 | ||||||||||||||||||||
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Lecturas veraniegas II | ||||||||||||||||||||
Más propuestas para este tórrido verano: El palacio de bambú (la última dinastía de Laos), escrito por el australiano Christopher Kremmer. Publicado por Océano (Barcelona, 2006) y traducido por Eva Acosta. En este libro, el periodista Christopher Kremmer nos cuenta una investigación que estuvo realizando en Laos hacia 1996. Como sabes, en 1975 un movimiento revolucionario de palabrería leninista se hizo con el poder en este pequeño país. Desde entonces, muy presionados por los vietnamitas y con el apoyo de la Unión Soviética, los dirigentes laosianos han intentado dirigir con mano de hierro la vida y el pensamiento de sus paupérrimos habitantes. Con una situación económica muy degradada y perdido el apoyo soviético tras la perestroika, los dictadores laosianos al parecer llevan años tratando de introducir la economía de mercado y esto los obliga a entreabrir pequeñas fisuras de libertad que apacigüen al turista e inversor occidental. Gracias a una de estas rendijas, Christopher Kremmer estuvo viajando por todo el país con la excusa de escribir un artículo sobre el 20 aniversario de la revolución. En realidad, su intención era descubrir qué había pasado en verdad con el último rey de Laos, cuyo destino, el de su esposa y el de su hijo nunca se había sabido con certeza. Como el de ¿casi? todos los países que han padecido el comunismo real, el escenario que nos describen es dantesco, claustrofóbico, paranoico… (y con esto no defiendo ni el régimen anterior, que quizá hubiera sido igual de horrible, ni el atroz bombardeo estadounidense de las tierras laosianas, de los peores de la historia). Pero es que, además, a diferencia de las dictaduras comunistas europeas, a la represión se le une un desaguisado económico brutal. Dicho de otra manera, en Polonia o Checoslovaquia mataban y encerraban a los que pensaban díscolos, que no fueron pocos, pero es que en Asia cada error administrativo se traduce en hambrunas espeluznantes. En fin. No me enrollo más. Tan solo recomendaros este libro, que supone un ameno primer acercamiento al misterioso Laos, un país enclaustrado entre Vietnam, Tailandia y China, pero que consiguió desarrollar su propia cultura.
imagen original: www.toddadams.net | ||||||||||||||||||||
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Matices | ||||||||||||||||||||
Las simplificaciones suelen ser peligrosas. Quizá por influencia religiosa, tendemos a clasificarlo todo en buenos y malos, sin dejar el menor resquicio para los matices. Pero, incluso en asuntos que parecen fuera de toda sospecha surgen dudas razonables. Con la segunda guerra mundial, por ejemplo, lo tenemos clarísimo. Los malos malvadísimos eran los alemanes y los buenos buenísimos los aliados. Sin embargo, no sé yo si el ejército ruso bajo las órdenes de Stalin cometió menos barbaridades que los nazis (salvo los infames campos de exterminio, claro). Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagashaki (casi medio millón de civiles asesinados) tampoco hablan muy bien de los americanos. Y parte de la población francesa colaboró con los nazis en el genocidio. Es decir que, al final, tenemos malos malvadísimos y malos menos malvados. Con el conflicto entre Israel y Palestina, en ocasiones, también se incurre en cierto maniqueísmo. A decir de algunos, parece que en cuanto uno habla de personas asesinadas por los israelitas en vez de daños colaterales es un antisemita nazi y, por el contrario, si hablamos de terrorismo árabe somos unos sionistas fascistas. Sin embargo, quizá resulte interesante que, antes de empuñar el etiquetador, recordemos un poco qué está ocurriendo en Próximo Oriente. Desde su fundación el estado de Israel ha vivido rodeado de vecinos que quieren aniquilarlo. En ocasiones lo han intentado mediante guerras -guerra de los 6 días, guerra del Yom Kipur- y, en otras, visto la inferioridad militar, mediante atentados terroristas. El terrorismo no solo se ha producido en Israel, sino que, en menor intensidad, también se ha reproducido por medio mundo. Como respuesta, el gobierno de Israel ha practicado el terrorismo de Estado y ha cometido crímenes de guerra, como está haciendo ahora en Líbano. Es comprensible que el pueblo palestino despierte nuestra lástima y solidaridad. Viven en unas condiciones miserables, privados de bienes tan esenciales como el agua, miles se encuentran encarcelados en centros de prisioneros denunciados por Amnistía Internacional por su escaso respeto de los Derechos Humanos, no hay familia que no haya perdido miembros en este largo conflicto… Pero los gobernantes palestinos, elegidos democráticamente, por lo menos en la práctica, no son, ni han sido, buenas personas. Arafat mandó por dos veces a su pueblo a luchar contra Israel. Y mandó, orgulloso, a los niños armados con piedras. Arafat robó cuanto pudo del dinero que enviaba la Unión Europea para que el pueblo palestino no muriese de hambre. Y el gobierno actual da vértigo: integrista, terrorista… Claro está, la manera de combatirlo no es atacando a la población, no es bombardeando pueblos, infraestructuras y ciudades. La única solución pacífica al conflicto pasa por otros cauces. Si es necesario que la ONU ocupe el sur del Líbano para controlar a Hezbolá, que lo haga. Si hay que retirarle las ayudas económicas a Hamás hasta que entierren el hacha de guerra, así se haga. Pero, por favor, que detengan esta espiral de violencia. Cuando un Estado adopta las maneras de un terrorista, se convierte en un terrorista.
PD. Obsérvese que he obviado hablar de si el Estado de Israel debería o no haberse fundado. El caso es que existe y no va a desaparecer, por lo que la Unión Europea y Estados Unidos deberían exigirles, a unos y a otros, que acepten esta realidad y aprendan a convivir si quieren participar del mundo civilizado. | ||||||||||||||||||||
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Albarracín | ||||||||||||||||||||
Fin de semana en la sierra de Albarracín, donde se encuentra el pueblo de Albarracín, un lugar de origen celtíbero que fue un señorío independiente desde el año 1170 hasta 1284.
¿Y qué hacíamos allí? Pues está claro, veníamos de Dinópolis, ¡un formidable parque temático dedicado a los dinosaurios!
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2 // El último fue de: Marcóticos // Escrito el día: 03:08:2006 | ||||||||||||||||||||
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Reencarnaciones | ||||||||||||||||||||
La trasmigración de las almas, como todas las creencias que aseguran la vida después de la muerte, me parece muy interesante, aunque si no recuerdas tus vidas pasadas se pierde la gracia del asunto (yo soy yo y mi memoria). En cualquier caso, me pregunto qué otras vidas podría haber tenido. Quizá fui un ciudadano ateniense, tal vez un saltimbanqui en la corte de Leonor de Aquitania, un mercader vikingo, un judío expulsado de Granada, un pacífico sioux de las praderas, un profesor en la Francia del siglo XVIII, quién sabe si un escritor en el París de 1920. O puede que simplemente haya pasado de energúmeno a energúmeno, de cucaracha a piedra y de nuevo a vil insecto. Sí, decidido, me haré hipnotizar para rescatar mis vidas pasadas.
Papiro egipcio 374 e, donde podemos apreciar una de mis reencarnaciones ¿Y tú, sabes quién fuiste en otra vida? | ||||||||||||||||||||
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6 // El último fue de: roser // Escrito el día: 06:08:2006 | ||||||||||||||||||||
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El enamorado | ||||||||||||||||||||
Vivíamos a cuerpo de rey. Bebíamos como cosacos. Nos amaban mujeres de bandera. Gastábamos a espuertas. Pagábamos con oro, plata y dólares. Lo pagábamos todo: el vodka y la música. El amor lo pagábamos con amor, el odio con odio… Así empieza una novela trepidante, El enamorado de la Osa Mayor, escrita por el enigmático Sergiusz Piasecki. Está editada por mi bienamada Acantilado y traducida con una calidad soberbia por J. Slawomirsky y A. Rubió. De tintes autobiográficos, la novela narra las peripecias de un joven polaco que hacia los años 20 se dedicó al contrabando entre Polonia y la Rusia bolchevique. Sin un segundo de respiro, por la novela pasan una caterva de personajes a cada cual más peculiar. Eso sí, todos desesperados, sin rumbo, como el protagonista, que a pesar de saberse los caminos fronterizos de maravilla es incapaz de entender qué espera él mismo de su deambular por la vida. La novela es muy entretenida, se lee en un par de noches a lo sumo y supone una buena manera de aproximarnos a esa Polonia desconocida que es la Polonia libre. | ||||||||||||||||||||
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¿Teléfonos? | ||||||||||||||||||||
En un pueblo perdido de la remota provincia de Teruel, España, descubrimos que en el siglo XXI la gente ya no habla por teléfono | ||||||||||||||||||||
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Uno | ||||||||||||||||||||
Acariciar una sombra
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Dos | ||||||||||||||||||||
Buscar un verso
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Y tres | ||||||||||||||||||||
¡Irse de vacaciones!
Nos vemos a principios de septiembre: a pasarlo bien, que son dos días y ya ha pasado medio. | ||||||||||||||||||||
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1 // El último fue de: roser // Escrito el día: 17:08:2006 | ||||||||||||||||||||
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