EL PÍXEL DE ORO
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I Convocatoria - 2003

 

Relatos premiados
[Pulsa sobre el relato que quieras leer]:

 

Pablo
Sin flores

Nunca he podido comprender esa maldita manía de llevar flores a los difuntos. Si no me equivoco, la esencia del ritual consiste en matar flores para que se terminen de pudrir sobre una tumba. Que yo sepa ni siquiera los geranios son capaces de echar raíces sobre el cemento. Al respecto, por ejemplo, me parecen mucho más interesantes las costumbres mexicanas. Durante la jornada de difuntos se le llevan a los muertos aquellos manjares o placeres que les gustaban en vida: cigarrillos, tequila, tamales…

Por el contrario, mi familia recurría a las flores casi para cualquier ocasión. Todavía recuerdo el día en que mi madre quería pagar los servicios del fontanero con un abundante racimo de rosas rojas y su ira furibunda ante las insistencias de aquel pobre hombre por cobrar en metálico. Y es que había pocas cosas a las que mi madre le diera más importancia que a las plantas de su jardín.

Mi padre también gozaba del mundo vegetal, aunque sus tendencias estaban claramente definidas hacia la versión comestible del mismo. No había domingo en que, pañuelo en la cabeza, descalzo y arremangado de pantalones no se zambullera en el mar de tierra y estiércol que él llamaba su huerto. De hecho, todavía no tengo muy claro que le ha producido mayor satisfacción vital si el crecimiento de sus hijos o el de sus pepinos.

Mi hermana heredó ambas obsesiones tal y cómo dejó bien manifiesto tanto con la elección de su carrera universitaria, agrónomos, como con la de su novio, futuro marido, que reunía en su mismo ser la energía vital de una acelga con la alegría característica del cacto borriquero.

Así, no es de extrañar la dura polémica que se desató a raíz de mi entierro ante el constante aporte de plantas y flores con que me torturaba mi familia. Aparte del desasosiego que me producía el primaveral aspecto de mi tumba, no sé si ya les he hablado de mi incurable alergia para con todo producto vegetal que no esté cocinado, en cuyo caso mi reacción se limita a unas meras arcadas violentas.

¿Alguna vez han visto un ser ectoplasmático estornudando víctima de un ataque de alergia? ¿Se pueden llegar a imaginar el esfuerzo que supone recoger cachitos de uno mismo entre las risas de todo un cementerio? Todavía recuerdo con espanto la risa de la señora Kospoktvick, tercera lápida por la izquierda según pasas el cruce de la avenida principal, cuando mi nariz fue a parar al cesto de la basura.

Sin embargo, la semilla que colmó el vaso la sembró mi abuelo y su genial ocurrencia de trasplantar un pino al lado de mi tumba para que su sombra me acompañase eternamente en el más allá. Hasta aquí hemos llegado, me dije, o esto se soluciona o terminaré tan desquiciado como difunto. Dicho y hecho, me encaminé hacia casa decidido a terminar con tan espinosa costumbre.

Claro está, el problema no se iba a solucionar con un apacible ir y venir de argumentos razonados. Tal vez mi error fue dirigirme primero a mi madre, quien, como es habitual, evitó responderme directamente para involucrar también a mi padre.

—Mira papá —le dijo—, como comprenderás no vamos a consentirle al niño que haga lo que le apetece. Vamos, faltaría más. ¿Qué van a pensar los vecinos? ¿Qué ni siquiera podemos permitirnos una monocotiledónea para nuestro hijo? Vamos, vamos, desde luego que no pienso pasar por esto. Así que elige, o hablas tú con él o lo hago yo y te aseguro que a mi no me va ablandar tan fácilmente.

—Bueno, tranquila mamá, no te pongas así —le respondió mi padre mientras mis esperanzas se iban diluyendo en el clamor de la batalla que se avecinaba—, te recuerdo —siguió diciendo el muy insensato— que si nos ha salido tan respondón es por algo y ese algo no es, precisamente, mi falta de autoridad.

Llegados a este punto, independientemente del tema que se estuviera discutiendo, aquella épica y milenaria lid entre ambos cónyuges seguía siempre los mismos derroteros, por lo que aproveché mi transparente condición para escabullirme al cuarto de mi hermana.

A pesar de compartir el mismo código genético y una mutua pasión por sus bragas, nunca habíamos conseguido establecer una cómplice amistad en vida y mucho me temía que mi incorpórea situación no iba a tender puente alguno en semejante brecha generacional. En cualquier caso había que intentarlo. Con tal de callar la risa de la señora Kospoktvick era capaz de todo, incluso de pedirla perdón por haber vendido su colección de baobab. Aquel, lo reconozco, fue un gesto innoble e impropio de un caballero, pero cualquiera que haya tenido que escoger entre los gritos de una hermana y pagar al matón del barrio sabe cuál es la única opción natural, al menos en un ser de mi condición, cobarde pero prudente.

Como el lector puede suponer, mi hermana no reaccionó de mejor manera que mis padres: que si ya me valía, que si siempre era causa de disgustos, que si era un calavera, que a santo de qué había entrado en su cuarto sin llamar. Pero hermana, le dije, si no tengo sustancia ¿cómo quieres que llame? ¡Ah! vale, ahora resulta que no tenemos sustancia, pues bien que la tienes para lo que te interesa y…

Abatido huí escaleras abajo. Era inútil. Jamás entrarían en razón. Púrpuras y cristalinas, las lágrimas asomaban por mis ojos. Pero cuando todo parecía perdido ocurrió un milagro. En mi huida pasé cerca de unas flores tan llenas de polen que a su lado el paraíso de las abejas parecería un yermo desierto. En mi estado no me percaté de su cercanía y, al inspirar los moquillos que me habían producido los lloriqueos, absorbí tanto polen como en toda mi existencia de alérgico me había sucedido.

A continuación me sobrevino un estornudo brutal, salvaje, extraordinario y maravilloso que salpicó de babas y mocos toda la casa, inclusive el trofeo interanual a la calabaza más grande del lugar que mi padre había ganado años atrás.

—Se acabó —bramó colérico mi padre— está bien, ya estoy harto de sus payasadas, si aún muerto no sigue siendo más que un bufón, eso será lo único que tenga en su tumba. —Bueno, papá —añadió mi madre mientras miraba consternada unos destrozados tiestos de porcelana— pero que en la lápida no ponga nada, no vaya a ser que los vecinos empiecen a murmurar.

Desde entonces vivo feliz con mi bufón particular, al que no dudan en acercarse los niños y adultos del cementerio en busca de una risa o una historia como la que les acabo de contar.

 
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Luis Rodríguez
Redacción ganadora del pixel de oro

Antes que nada, me gustaría felicitarles por esta iniciativa. Hace muchos años que nadie, ni institución ni persona física, hace tanto por impulsar la literatura a nivel planetario, incluso galáctico.Su concurso se ha convertido en un clásico al que ningún escritor, por encumbrado que este puede dejar de asistir con sus relatos.

Así que aprovecho está misiva de felicitación para enviarles el relato ganador (lo de la cámara y el pasaje se está solucionando).

Era un día muy soleado, no es que este hecho me resulte agradable, pero así era, en Texas siempre luce el sol, no conocemos la bendición de las nubes con su lluvia, ni del gélido viento nórdico, ...aunque para ser sincero, debo decir que me gusta el frío, más que nada, porque el abrigo que me lego mi abuelo me sienta muy bien, y parezco un caballero cuando tengo las escasas oportunidades de lucirlo. Mi abuelo, que gran tipo, su vida fue ejemplar. Era conocido en todo el estado por su gran habilidad a la hora de domar los pintos, esos magníficos caballos salvajes. Muchos de vosotros no los conoceréis porque actualmente no quedan, están todos domesticados y cruzados con los caballos europeos, y me temo que gran parte de la culpa la tiene mi abuelo. Aún recuerdo el día que celebramos su septuagésimo cumpleaños. Yo entonces tenía diecisiete años. Fue una de las fiestas más sonadas de la década de los 20. La flor y nata de la nobleza tejana asistió. Mi abuelo, a pesar de su humilde origen, había amasado una gran fortuna gracias a los pozos de petróleo. Es curioso, esa sustancia que a veces manaba del interior de la tierra por si misma y estropeaba los pastos, por lo que se consideraba un signo de mal fario cuando aparecían esas lagunas de petróleo, ahora se ha convertido en el líquido vital que circula por las arterias de la civilización occidental contemporánea. El caso es que en las horas finales de esa fiesta, cuando el alcohol había logrado disolver las inhibiciones, empezó una pelea, por un lado, unos defendían el derecho de los indios a participar de los beneficios del petróleo, argumentaban que esta tierra fue suya, y que se la habíamos quitado, por otro lado, otros defendían la superioridad tecnológica y militar de los actuales dueños de la tierra, ellos habían convertido el petróleo en valioso, ellos lo extraían y ellos habían llevado la cultura y a Dios a ese pueblo de salvajes. En un momento álgido de la disputa mi abuelo se quitó toda la ropa, menos las botas por supuesto, la apiló en el centro del salón, la roció con petróleo puro, siempre guardábamos varios bariles junto con los vinos en la bodega por si acaso, y le prendió fuego. Su intención era demostrar que los rituales indios poco se diferenciaban de los rituales de los hombres civilizados. Como no podía ser de otra manera, el fuego se extendió rápidamente por toda la casa. Muy pocos logramos escapar. Cuando las llamas arreciaron, descubrimos que todos los cadáveres permanecían casi intactos, poco después el mismo físico que luego resolvería el misterio del asesinato de Kennedy, el de la bala que circuló por el cuerpo del presidente varias veces, nos explicó como el alcohol había convertido los cuerpos de los asistentes a la fiesta en teas, al igual que un papel quemado a mucha temperatura, permanece casi igual que el original, incluso se puede leer el texto, los cuerpos habían permanecido en su posición original en el momento de entrar en ignición. La mayoría de los cadáveres estaban en posiciones humillantes, con los brazos levantados, a la carrera, con gestos de terror en sus caras. Pero mi abuelo no, mi abuelo era un hombre que sabe estar incluso en esas circunstancias, se sentó en un taburete y esperó estoicamente su ignición, incluso parecía aburrido. Mi madre y yo pensamos que lo decente sería que permaneciese en esa pose digna por el resto de la eternidad, así que lo vestimos para la ocasión, mi madre no estaba demasiado convencida del traje que elegí, pero como llevaba sus botas, por supuesto, aceptó, e hicimos que los cubrieran de bronce. Era un proceso recién descubierto, la catális del bronce. Por lo visto las moléculas de bronce se adhieren a los cuerpos sumergidos en agua con varios catalizadores y sometido a una corriente eléctrica. Lo usaban los padres orgullosos para convertir en bronce los zapatitos de los bebes cuando éstos crecían. Nos pareció lo más apropiado, ya que mi abuelo era un gran aficionado a la ciencia, y siempre le gustaba todo lo moderno, que mejor para él que el más moderno proceso industrial.

 
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Desde el Averno
¿Quién mató la sonrisa al arlequín?

Él ya escapó de su baraja,
cansado de reyes borrachos
y reinas enamoradas.

Entre cruces descansa.

Las muertes nunca son colaterales,
el fin nunca justifica los medios
si el fin es injustificable.

¿Quién mató la sonrisa del arlequín?

No hay excusas, no hay matices,
todos jugamos la misma partida,
la sonrisa del arlequín
la matamos entre todos.

Descanse en Paz.

 
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Supermac
Sin título.

Agradeciendo la oportunidad brindada, para desarrollar dotes literarias, adjunto mi relato, esperando sea de su agrado.


 
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Tomás Deniel
Historia del Píxel de Oro.

A quien corresponda:
Yo, señores, aunque soy pobre, también soy un sinvergüenza. Si me oyera mi madre, me daría una colleja, porque ella, además de pobre, era honrada. ¡Cómo si no tuviera uno bastante con ser pobre para encima no poder usar cualquier método para dejar de serlo!

El caso es que he leído atentamente las reglas su concurso y he visto el premio y, claro, me han entrado ganas de participar. No por las reglas (que ya les he dicho que yo las reglas me las paso por salva sea la parte) sino por el premio.

Verán, yo nunca he tenido dinero, y menos todavía oro, ni siquiera un maldito empaste, porque ¿cómo voy a tener empastes de oro si sólo tengo agujeros donde antes había dientes?

Como les decía, he visto el premio, ese famoso píxel de oro que ustedes mencionan, pero del que yo no había oído hablar en la vida, y se me despertado la avaricia que, a decir verdad, nunca se me duerme.

¡Quiero ese píxel! Quiero tener por una vez algo que sea de oro. El problema es que yo no sé escribir cuentos, así que ya me dirán cómo conseguirlo (podrían haber hecho ustedes un concurso de cuentos para quienes no sabemos escribir cuentos).

Sin embargo, pienso que hay algo que ustedes deberían saber antes de conceder el premio. Algo que quizás les haga cambiar las reglas de concurso y darme a mí el píxel de oro.

Yo, señores, conozco al muchacho de la foto.

Resulta que hace diez o quince años, yo tenía un gran amigo con el que compartía lo poco que tenía, es decir, mi tiempo. Se llamaba Sebas.

Ni siquiera recuerdo cómo le conocí, porque lo recuerdo siempre a mi lado, pegado como una lapa. Jugábamos en las vías del tren a ver quien aguantaba más sin moverse, perseguíamos a las chicas que huían de nosotros, pegábamos a los más débiles y robábamos a los más tontos. Así, durante años. Todo cosas de poca monta.

Pero un día, estábamos yo y Sebas en las fiestas de carnavales, disfrazados para ver si así robábamos con más disimulo, y nos encontramos con un amigo de los dos, que se llamaba Pedro, como el bautista. Resulta que Pedro, que era pobre pero ahorrador, había comprado un anillo de oro para regalárselo a su novia.

Yo creo que ustedes son gente con imaginación, así que ya se habrán imaginado que en cuanto vimos el anillo, Sebas y yo quisimos tenerlo (si menciono esta vez primero a Sebas es porque a él le entraron ganas de tener el anillo antes que a mí).

El problema era que, claro, no le íbamos a cortar a Pedro a la cabeza, como al bautista, pero sí el dedo, porque el muy imbécil en cuanto vio nuestras intenciones (mas que verlas las oyó) se puso el anillo en el dedo y no quiso quitárselo por más hostias que le dimos (y eso que no éramos curas).

Yo creo que debe ser cierto eso de que el oro vuelve a la gente majareta (o a lo mejor son los anillos) porque, en cuanto tuvimos el anillo y el dedo de Pedro no hubo manera de ponerse de acuerdo en el reparto.

Ya he dicho que soy un sinvergüenza, pero yo nunca había pegado a Sebas, y la verdad es que no me decidía. Al final, eso sí, me decidí, a lo mejor porque él, que siempre tuvo más carácter que yo, me acababa de arrear un guantazo de antología (de antología de guantazos, que también habrá). Le respondí con un puñetazo que le saltó dos dientes y le tumbó directo. Su cabeza se dio con el suelo y se quedó traspuesto.

Cogí el anillo, me lo guardé, y pensé qué hacer, porque de lo que estaba seguro era de que en cuanto el Sebas se despertara vendría a vengarse.
Así que, como estábamos al lado de las vías del tren, y todo el mundo sabía cómo nos gustaba jugar a “A ver quien se aparta primero”, le puse ahí y me fui: si Dios quería que se salvara, se despertaría antes de que pasara un tren.

Dios no quiso.

Esta es la historia de Sebas. En cuanto al anillo, resultó que no era de oro, sino de plomo forrado. ¡Perder así un amigo para nada!
Pues eso, esta es la historia del tipo que sale en la foto de su concurso, que no es el Sebas, porque el pobre se quedó cortado en tres, sino que soy yo mismo con la cara de pasmo con la que me quedé al descubrir que el puto anillo era de plomo.

¿No creen ustedes, señores, que, al menos para compensar lo del anillo, deberían darme a mí el píxel de oro?

Bueno, ¿qué les parece? Yo creo que mi cuento es tan bueno como el que más, y además me lo he inventado de cabo a rabo: ya les dije que yo era pobre pero sinvergüenza. De hecho, soy tan sinvergüenza que ni siquiera soy pobre.

Por cierto, aunque me muero por tener el célebre píxel de oro, confío en que no será tan pequeño como parece.

Espero sus noticias, y espero que sean buenas

 
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Pandora
Othelorig.

A pesar de los años de amistad que los unían, trabajar con el maestro nunca resultaba fácil. Una vez más habían discutido por el libreto de la futura ópera. Así, con el cansancio que acompaña a todo gesto cien veces repetido, Francesco Maria Piave marchó a la hostería en busca de un aguardiente que le equilibrara los humores.

No llevaba ni dos licores cuando una mujer se le acercó para ofrecerle sus servicios.

— ¿Y a usted que le pasa que se le ve tan abatido? Venga hombre, marchémonos juntos que le he de aliviar esos dolores con una cosa que yo me sé. —Dijo la mujer mientras se sentaba en su mesa.

Francesco, todavía dolido por la discusión, la miró por un momento y pidió otro vaso.

— Mire señorita, le agradezco sus atenciones pero hoy no tengo el día. Sin embargo podemos hacer una cosa realmente extraordinaria. Entonces la miró directamente a los ojos.

— Hoy, podemos hablar…

— Pues muy bien, mientras sea generoso no seré yo quien decida marcharme. ¿Y de qué hablamos? Continuó la mujer mientras se sentaba cómodamente enfrente del libretista veneciano.

Francesco sonrió por primera vez. — Podríamos hablar del rey de los italianos, del pérfido austriaco o incluso de las razones que llevan a un hombre a querer abandonarlo todo para perderse más allá del océano… pero vamos a hacer una cosa más interesante. ¿Por qué no me cuenta su vida?

La mujer se quedó en silencio durante unos minutos y apenas abrió la boca para beber el fuerte aguardiente de la frasca cada vez más vacía. A pesar de tener el rostro cincelado por el duro oficio, todavía era una mujer hermosa. Espeso, el cabello negro le acariciaba los hombros en cada movimiento mientras los labios formaban un gesto casi solemne.

— Está bien, si así lo desea le contaré una historia pero deberá pagar un precio muy alto por mis palabras.

Intrigado, Francesco asintió en silencio.

Como sabéis, el último duque de Mantua nació entre risas y contentos y de su fama como hombre de apetitos insaciables ha quedado la ciudad llena. Pero lo que ignoráis es que, acaso por miedo a que niño tan hermoso y malcriado perdiera pronto el horizonte de la realidad, acaso porque un dios andaba hambriento del dolor de los hombres, el padre decidió que un niño malformado fuera el primer compañero de juegos de la joya de su corazón. Así, del hospicio donde van a parar los nacidos en la oscuridad sacaron a un niño apenas unos meses mayor que el futuro duque para que le sirviera de hermano, compañero, amigo y bufón.

Los años pasaron y los dos como la luna y el sol siguieron el uno en torno al otro. Y en el joven duque, la luz esculpió un rostro del que no había mujer que pudiera sustraerse. Y como una sombra, pues de las sombras había nacido, a su lado siempre se encontraba el fiel bufón, que con su lengua acuchillaba a cuanta persona pudiera herir al duque. Cortesanos y comerciantes se acercaban con cautela mientras el perro deforme anduviera cerca, pues todo el ingenio y el espíritu que le faltaba al hermoso Apolo había ido a parar al exagerado Hefesto, quien entre sátiras y chascarrillos había levantado un muro donde proteger a su dueño de todo mal.

Y así como el duque se encontró con cientos de mujeres sin dejar más descendencia que el recuerdo, el bufón tan sólo conoció una vez el amor de los labios de una gitana, Othelorig se llamaba, que murió mientras paría una criatura tan hermosa como ella.

Y el bufón no abandonó a su hija.

Pero el bufón, padre y madre del tierno cervatillo, al que apenas dejaba salir salvo para cumplir con los días del señor, temeroso de la profunda depravación que reinaba en la ciudad, no podía saber, no podía prever las bromas del cruel destino.

Ah, la maldición. Tampoco debió dejarla ir a la iglesia pues fue allí donde el duque la vio por vez primera y no tardó en abordarla y en seducirla y en arrebatarla su secreto tan bien custodiado.

Y después de aquella primera noche de amor, la muchacha volvió a su casa en un sueño y se acostó en su lecho con las manos entre las piernas arqueando la espalda hasta el infinito.

Y después de aquella primera noche de amor, la muchacha volvió a escaparse ardiendo febril por volver a encontrar las llaves del paraíso. Pero el duque no era hombre que degustase por dos veces los mismos caminos y con la tranquilidad de quien se sabe amado la rechazó con firme y educada cortesía. Pero nunca pudo la fría cortesía apagar un cuerpo en llamas.

Capricho de los dioses, la muchacha tomó una decisión. Si su amor era imposible, se mataría a los pies del duque su señor. Armada con una afilada daga, al caer la noche cruzó el jardín del palacio ducal y trepando por una enredadera alcanzó el balcón de la alcoba donde dormía su amor.

Ah!, la maldición. Nada escapaba de la luz de la luna llena.

Con las yemas de los dedos, el duque acariciaba un cuerpo con tanta delicadeza que parecía seguir el rastro de un suspiro de seda. Las manos llegaron al final de la espalda y sus labios siguieron aquel recorrido interminable.

Fue entonces cuando la muchacha perdió el control de su juicio y en silencio como la muerte se acercó hasta el lecho donde yacían los amantes.

La primera cuchillada le alcanzó en los riñones, la segunda en la nuca. El duque todavía estaba abriendo los ojos cuando el bufón graznó un gemido ahogado por la sangre y expiró.

Del resto de la historia queda poco que contar. El duque enterró a la única persona que había amado en un cementerio más allá de la ciudad, donde nadie pudiera reconocer la estatua que mandó tallar en formidable bronce, una estatua que reflejara al malforme bufón tal y como aparecía ante sus ojos, semejante a un dios, sin aquella espalda contrahecha que tantas veces había acariciado…

Sobre el destino de aquella muchacha más no le voy a decir. Víctima fue de la locura, sí, pero ¿acaso pueden los hombres domar las fuerzas de la naturaleza?

El duque no la mató por ser fruto de su amado, sin embargo su condena fue todavía más terrible que la dulce muerte que todo lo olvida.

Cuando terminó de contar su historia, la mujer se marchó sin decir nada más. Todavía aturdido, Francesco se quedó pensando.

De pronto se dio cuenta de que no le había pagado a la mujer por sus servicios. Pensó en salir tras ella pero en un golpe se dio cuenta de cuál era el verdadero precio que debía pagar por aquella historia. Debía viajar en el tiempo, debía enderezar la historia. No. Los dioses no podían burlarse de los hombres de aquella manera y el tenía la llave con la que abrir las cerraduras del tiempo, él conocía los secretos de la literatura y la música.

Un par de semanas después de aquel encuentro, Francesco Maria Piave fue a ver al maestro Verdi con un nuevo libreto, poco después se estrenaba una nueva ópera que habría de pasar a la historia con el nombre de Rigoletto, l´maledizzione.

 
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El relato de Marcóticos
Sin título
 
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