EL PÍXEL DE ORO |
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II Convocatoria - 2004 |
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Relatos premiados
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Vivo en El Cairo desde que cumplí 10 años. Mi casa está al borde de las vías de tren. Afortunadamente ya casi no hay transportes de mercancías desde el desplome de la economía mundial, por lo que en realidad es una zona bastante tranquila. Solo alguna banda de saqueadores monta barricadas de vez en cuando para robar las mercancías que viajan en estos escasos trenes. Cuando vemos a un grupo de estos saqueadores construyendo una barricada, nos vamos a la casa de mi tío para evitar las balas que vuelan por doquier en estos encuentros. Mi familia y yo vivimos del trabajo de mi madre y mis hermanas, es uno de los pocos trabajos honrados que quedan, por lo que siempre que hay reuniones de los comités de seguridad del barrio la palabra de mi padre se escucha con respeto, siempre, salvo aquel día. Una nueva familia se había mudado a nuestro barrio, eran el peor tipo de gente que puede quedar del antiguo sistema, escritores de cuentos. Los escritores de cuentos siempre traen problemas. El cabeza de familia se llamaba Yusif Al Mahmud, un tipo pendenciero, rastrero y contador de historias. Aseguraba que si trabajábamos juntos podríamos reconstruir la biblioteca, ¡tipejo inmundo!. Según él, si volvíamos a las viejas costumbres, llevar a los niños a escuelas, respetar a los demás, o ayudar al prójimo viviríamos en algo que él llamaba "el paraíso". Todas estas sandeces no habrían causado muchos problemas, pero cuando estábamos a punto de lapidarlo, algunos de los miembros del comité intercedieron por él, les había convencido con sus estúpidas palabras. Durante unos días la batalla fue muy sangrienta, pero el Orden fue restablecido de nuevo. |
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-“…Volviendo al apartado anterior, la coyuntura social actual nos obliga a mantener una postura firme y clara al respecto. No podemos consentir que los recursos se vean desviados hacia áreas donde la presión presupuestaria se vea fortalecida.” Los asistentes al acto crearon una explosión de sonido y movimiento, que consiguió que al candidato, a pesar de estar acostumbrado a esas demostraciones, se le pusieran los pelos de punta, y un escalofrío recorrió su espalda. El candidato levanto ambos brazos para despedirse y se dirigió a la puerta que había detrás del escenario. -“¡Presidente, es usted el mejor!”, decía uno de sus asesores mientras le daba una toalla para secar el sudor. Estos mítines hacían sudar, es un gran esfuerzo estar hablando durante dos horas a gritos. -“Aún no soy presidente, Carlos.”, respondió el candidato. -“¡Después de este cierre de campaña no habrá un solo español que no vaya corriendo a las urnas a depositar su voto por usted!”, dijo el asesor con gran entusiasmo. -”El lunes, independientemente del resultado, estas fuera de mi equipo.”, afirmó el candidato severamente. El asesor se quedó clavado de pie con la boca abierta, mientras el candidato se dirigía a su vestuario a ducharse. Deseaba volver a su casa. Mientras se duchaba y cambiaba de ropa la gente fue saliendo del local, la gran mayoría cruzó las vías del tren para llegar a la estación de metro, que estaba a unos diez minutos andando. La compañía de trenes había cancelado los trenes que pasarían a la hora de la salida del acto, ya que el paso a nivel no disponía de barrera ni paso de peatones, y no querían ser responsables de otro accidente más, había buena voluntad pero escaso presupuesto. Al salir, después de conceder una breve entrevista a los medios de comunicación, el candidato corrió al coche que le llevaría a su casa. Pasó el sábado, llegó el domingo. El candidato fue por la tarde a la sede de su partido para seguir desde allí los resultados. Las encuestas a pié de urna sugerían que podía ser presidente. La tarde pasaba y los datos volaban. Cerraron los colegios electorales. Empezaron a dar los primeros resultados. Esperanzadores, increíbles, se acercaba una nueva etapa de transparencia, progreso y reparto. Según avanzaba el recuento, la realidad fue abofeteando al candidato. Al final de la noche, la realidad acabó por sentarse en su cara, volvía a ganar la derecha. Participación: 30% |
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El chamán quedó desconcertado, era la visión mas extraña que hubiera tenido nunca. Al salir de la cueva todo la tribu le estaba esperando. Habían soportado tres días las inclemencias del tiempo, en Ohio hace bastante frío en febrero. El jefe Tecumseh había convocado a todos los chamanes de su tribu, los Shawnee. Habían llegado a sus tierras unas extrañas personas, y el jefe quería saber cuales eran sus intenciones. ( Los Shawnee contactaron con los franceses a principios del siglo XVII ). -“¿Has hablado con los antepasados? ¿Qué has visto Tippecanoe?” -“He visto el futuro de esta tierra. Habrá chozas de barro gigantes, atravesadas por lanzas retorcidas. Es el final de esta vida” El consejo de ancianos se reunió. Tecumseh salió de la choza con las pinturas de guerra. Todos los guerreros, que esperaban en la zona central del poblado, se levantaron y fueron a sus tiendas a prepararse. Era el comienzo del fin. |
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Junto a las vías nací. No recuerdo muy bien quien fue mi padre, y de
mi madre prefiero no hablar (hay cosas en la vida que es mejor
olvidar). |
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Rafa No dejes que tus lagrimas se pierdan en la arena dejaselas al mar que se las llevará lejos Aquel día fue un buen día para viajar, a mi mejor amigo le acababa de dejar su novia y despues de una noche muy intensa de juerga, decidió dejar que sus lágrimas se perdiesen en la arena, la misma playa quizas que inspiró a Peret, así que se fue a Barcelona. Yo debía de reunirme con él el sábado por la mañana, junto a las vías de la estación, así que cogí el tren el viernes por la noche. El tren no fue puntual, nunca lon son, pero mi amigo tampoco. Después de estar allí esperando al menos una hora, decidí abandonar aquel lugar e intentar encontrar a mi amigo en alguna parte de aquella ciudad. Me deje llevar, Arco de Triunfo, parque de la Ciudadela, Ramblas de las flores... ¿os habeis fijado alguna vez en ese edificio tan bonito, en las ramblas, con la fachada llena de paraguas? Al final llegue a la Barceloneta, ¡cómo cambió con las olimpiadas!, aun recuerdo cuando yo era pequeño, no había quien se hacercarse a la zona, el alquitrán de los barcos, la suciedad de la ciudad saliendo a chorros... Al fin le ví, allí estaba él, dejando que sus lagrimas se perdiesen en la arena... |
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Daniel Tubau Nos conocimos en un viaje en barco. Yo te estuve mirando durante mucho rato. Aunque tú parecías disfrutar de esa atención que yo te prestaba, creo que también estabas nervioso. A todos nos gusta seducir a un desconocido, pero el problema es que tú no habías tenido la oportunidad de mirarme y no sabías si yo te gustaría o no. Querías estar seguro antes de que nuestras miradas se cruzaran. Me di cuenta de que eso te preocupaba y dejé de mirarte para que tú pudieras mirarme. Te debió gustar lo que viste, porque cuando me decidí a mirarte de nuevo, encontré tus ojos fijos en los míos. Después de aquel viaje en barco, recorrimos juntos muchos lugares y visitamos muchas ciudades. Compartimos nuestra alegría y nuestras ganas de estar juntos en barcos, aviones, motos, bicicletas y automóviles, pero nunca viajamos en tren. Una noche mientras navegábamos juntos en un cibercafé, vimos aquellas vías del tren tan sugerentes del concurso del píxel de oro. Decidimos que algún día viajaríamos juntos en tren pero que, antes, cada uno de nosotros escribiría un cuento para el concurso, en el que explicaríamos precisamente eso: por qué nunca habíamos viajado en tren juntos. Me pregunto cómo sería ese relato que ya nunca escribirás, pero al menos yo he cumplido mi promesa. He escrito este cuento, este breve recuerdo de ti, sin dejar de mirar las vías del tren, de ese tren en el que ya nunca viajaremos juntos. |
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Cuando apenas era una niña, disfrutaba en cada estación. Aunque solo tuviera que marchar unos kilómetros cuando llegaba a la estación comenzaba a soñar. Me iba en cada tren y cada vagón transportaba un poco de mi fantasía. El despertar era brusco. A veces me imaginaba que del tren bajaba mi amante. Iba vestido de negro, siempre vestía de negro y fumaba un cigarrillo detrás de otro expulsando el humo por la nariz, como en las películas. Se acercaba y sin mediar palabra me daba un beso que me dejaba sin aliento. Cuando podía respirar despertaba. Y el despertar era brusco Aquella noche me acompañó, no sé porqué. Bajamos a los andenes y nos quedamos mirando los trenes. De madrugada apenas salen trenes. Hacía frío y se fue al bar a por unos cafés- Cuando volvió se sentó a mi lado. Fingiendo cansancio dejé caer mi brazo contra su costado. Quemaba. Fingiendo la misma indiferencia se apoyó contra mi hombro y de un salto me levanté. –¿Jugamos a algo? –Le pregunté haciendo como que no pasaba nada, pero él se acercó y cuando me quise dar cuenta me estaba besando. El despertar fue brusco, pero hermoso. |
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Aquí siempre hemos tenido dos tipos de personas, los de aquí y los de allí. Los de allí son asquerosos. Te podría contar mil historias sobre ellos y te quedarías acojonado. Son escoria, como te lo digo, a mi abuelo, que era un hombre que los tenía bien puestos, una vez que cruzó la vía pues le pillaron. Eran por lo menos tres, y era de noche. El primero le dijo no sé qué y ya iban los otros dos a por él, pero el tío era muy rápido y comenzó a correr, pero tropezó con el puto raíl y le pillaron y tal y le dieron una paliza que casi me lo matan ahí mismo. Claro que el tío aguantó. Los de aquí lo aguantamos todo, como que a huevos no nos gana nadie y cuando le metieron una tunda se largaron y mi abuelo llegó a casa de aquella manera y a la mañana siguiente fuimos unos cuantos, estaba mi primo, un tío de la ostia, sabes, y el tío cuando estábamos ahí escondidos, los de aquí, cuando estábamos detrás de la iglesia que había nada más cruzar pues que vemos a uno de ellos y, claro, yo voy y me acuerdo de mi abuelo y tal y me pongo hecho una furia, como que no respondo y me lanzo el primero. Como gritaba el condenado, pero bueno que me lanzo ahí para vengar a mi abuelo y le meto de patadas al condenado hasta que lo reviento, sabes, y el muy cabrón nos insulta y yo ya me vuelvo loco y le pateo la boca al tío perro. Porque es que aquí lo tenemos muy clarito tío, estamos los de aquí y los de allí y los de allí son asquerosos. |
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Cafeína Apenas me deben faltar unas semanas para morir, y no sé qué hacer con mi tiempo. Resulta curioso, si hace unos días me hubieran preguntado qué haría si supiera que iba a morir, no habría dudado la respuesta: vivir con toda intensidad el tiempo que me quedase. Salir, emborracharme, leer, ir al cine, viajar, follar como un loco… qué sé yo. Sin embargo, ahora estoy aquí sentado sin hacer nada de nada. Más quieto que quieto, mirando las vías del tren como un gusano que no se atreve a cruzar. Pienso ahora en todo el tiempo desperdiciado, en todas las ocasiones perdidas y no sé si me arrepiento. ¿Acaso habría cambiado algo? ¿Acaso estarían ahora aquí prolongándome la vida? Tal vez sí. Quizá ahora todo hubiera tenido más sentido. Por lo menos me lo he pasado bien, le podría decir a mi única compañera de infortunios, la piedra sobre la que estoy sentado. Pero la verdad es que han sido tantas y tantas las veces que me he limitado a estar sin existir que no sé cómo podría mentirle a mi única compañera de infortunios. Resulta curioso, apenas me quedan unas semanas de vida y, en vez de aprovecharlas, las perderé cuando venga un tren. |
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Esa fue la última imagen que vi. Las vías despejadas, el horizonte abierto, el atardecer que aún espera a ser escrutado; sin tren alguno, sin testigos, sin mí. A diferencia del primer sueño del que guardo memoria, en esta instantánea final yo no conduzco un tren sin pasajeros cuyos vagones se desplazan con soltura entre sinuosas montañas. No es el paisaje una curva en la que el vértigo se mezcla con el verde de los cerros, el azul de un cielo despejado, el púrpura de los pensamientos que crecen al pie de las rieles o el dorado del trigo que saluda a los viajantes. Ahora que estoy muerto todo el color que conozco se resume en las centellas y penumbras de mis ojos cerrados. |
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| Los relatos de Ana y Marcóticos Sin título |
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