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  —Notas  
 

Aunque el antiguo mito griego cuenta con distintas variantes según cada autor, en esencia, la historia del Minotauro vendría a ser la siguiente.

En la antigua isla de Creta gobernaba uno de los reyes más renombrados de su tiempo, el gran Minos, hijo de Asterión.

Un día Poseidón le regaló un espléndido toro blanco salido del mar (era un gesto divino con el que Minos pensaba amedrentar a sus hermanos que también pretendían el trono de la isla), bajo la promesa de que lo sacrificaría una vez que se hubiera demostrado que Minos gozaba del favor de los dioses. Sin embargo, el arrogante rey no quiso perder a tan hermoso animal y se olvidó de sacrificarlo. Como castigo, el soberano del mar le castigó insuflándole a su mujer, Pasifae, una pasión desenfrenada por el toro sagrado.

Para seducir a la bestia, Pasifae le pidió ayuda a Dédalo, un inventor de extraordinario ingenio que por entonces se encontraba exiliado en Creta, y el buen hombre construyó una especie de vaca artificial en cuyo interior podría esconderse la apasionada reina. El toro no sospechó nada y montó a la falsa vaca en la que se encontraba Pasifae.

Después de semejante polvo, Pasifae quedó satisfecha pero no había sopesado bien todos los riesgos y a los 9 meses dio a luz a una extraña criatura, mitad hombre mitad toro, al que pusieron por nombre Asterión. Consciente de que ya había airado lo suficiente a Poseidón, Minos no se atrevió a matar al monstruo, que algo de sagrado tenía en su bestial naturaleza, y le pidió a Dédalo que construyera una morada donde poder encerrarle.

Una vez más el inventor se puso a trabajar y poco después se levantó un gigantesco laberinto tan enrevesado que en teoría nadie podría encontrar jamás la salida.

Allí eran enviados cada tres o nueve años desde Atenas siete muchachas y siete jóvenes para que le sirvieran de pasto al Minotauro como tributo por una antigua afrenta. Y así fue hasta que un año el príncipe ateniense Teseo, harto de ver a sus compatriotas sacrificados, decidió poner fin al asunto y se camufló entre los jóvenes destinados a la bestia.

Como era muchacho de buena planta, nada más llegar a Creta sedujo a la hermosa Ariadna, una de las hijas de Minos, que le prometió toda su ayuda a condición de que luego la llevase con él de vuelta a Atenas. Como podéis imaginar, una vez más, Dédalo vino a socorrer a la familia y le entregó a Ariadna un ovillo mágico que Teseo debía ir desenrollando cuando se adentrase por el Laberinto.

Así, el héroe ateniense encontró al minotauro en el corazón del laberinto y, tal vez con una maza, tal vez con una espada, le dio muerte sin compasión.

Tras escapar del laberinto gracias al mágico ovillo, Teseo cumplió su promesa y huyó con Ariadna rumbo a Atenas. Sin embargo, por razones todavía desconocidas, Teseo la dejó abandonada en la pequeña isla de Naxos, en mitad del Egeo, mientras la pobre muchacha dormía en la playa.

Cuando despertó y vio que su amado había partido sin ella se quedó desolada, pero el buen dios Dionisio fue a rescatarla montado en un carro tirado por panteras. Fascinado por su belleza, se casó con ella y se la llevó al Olimpo donde vivieron felices y tuvieron muchos hijos (aunque según otra tradición, en realidad fue asesinada por Artemisa a petición de Dionisio).

Sabiendo esto, la genial reinterpretación que del mito hace Borges nos resulta aún más fascinante. Asterión ya no es una bestia terrible, quintaesencia de lo malvado, sino un pobre ser que vive encerrado en tres laberintos: el material, diseñado por Dédalo; el anímico, su inmensa soledad; y el cognoscitivo ya que, como le sucedía a los habitantes de la platónica caverna, Asterión percibe una realidad falsa, que no puede aprehender correctamente por su propia naturaleza.

Tan solo un ciego o un niño, tal y como le ocurrió a Frankestein, carecería de los suficientes prejuicios como para ayudarle a escapar de su soledad de una forma sensata. A falta de eso, tan solo la muerte le puede librar de su angustiosa cárcel. Así, Teseo no es ya su asesino, sino su salvador…

[Teseo y el Minotauro. Canova, s. XVIII]

En fin. Para terminar dos poemas más de Borges para perdernos un poco más por este laberinto.

El laberinto

Zeus no podría desatar las redes
de piedra que me cercan. He olvidado
los hombres que antes fui; sigo el odiado
camino de monótonas paredes
que es mi destino. Rectas galerías
que se curvan en círculos secretos
al cabo de los años. Parapetos
que ha agrietado la usura de los días.

En el pálido polvo que he descifrado
rastros que temo. El aire me ha traído
en las cóncavas tardes un bramido
o el eco de un bramido desolado.

Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte
es fatigar las largas soledades
que tejen y destejen este Hades
y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.

Nos buscamos los dos. Ojalá fuera
éste el último día de la espera.

Laberinto

No habrá nunca una puerta. Estás dentro
y el alcázar abarca el universo
y no tiene ni anverso ni reverso
ni externo muro ni secreto centro.

No esperes que el rigor de tu camino
que tercamente se bifurca en otro,
que tercamente se bifurca en otro,
tendrá fin. Es de hierro tu destino
como tu juez. No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.

No existe. Nada esperes. Ni siquiera
en el negro crepúsculo la fiera.

 

 
     
 
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