¿Qué es la arqueología?

La arqueología es una disciplina que evoca paisajes misteriosos, aventuras arriesgadas en países exóticos y hallazgos fabulosos dignos de un emperador. Sin embargo, la realidad es un poco distinta. Hoy día, un buen arqueólogo preferirá encontrar un basurero que un jarrón de oro, ya que el primer descubrimiento aporta mucha más información, y, salvo excepciones tropicales, en general el riesgo se ha reducido a contraer fuertes dolores de espalda por estar encorvado durante horas. Lo cual no le quita un ápice de su glamour sino todo lo contrario. Parece mucho más emocionante descubrir qué pasó en un lugar hace siglos que ir pegando tiros en busca de joyas intrascendentes.

El fundamento esencial de la arqueología es la estratigrafía, que establece dos sencillos principios básicos: primero, todo lo que se encuentra en el mismo estrato se corresponde al mismo período de tiempo; y, segundo, los estratos superiores se han formado más tarde que los inferiores.

A partir de estas premisas, los arqueólogos intentan reconstruir qué ha sucedido en un sitio mediante la inferencia. Por ejemplo, una muralla que se encuentra en el mismo estrato que unas pocas tumbas suntuosas y un gran número de sepulcros mucho más pobres, nos está hablando de una sociedad jerarquizada de rasgos feudales. Es el mismo procedimiento que emplea el detective escrito por Conan Doyle, Sherlock Holmes, que a partir del estudio de unas pocas pistas, como la ceniza esparcida por el suelo, puede reconstruir el delito.

Otro caso hipotético. En una cueva se encuentran los restos de un tigre prehistórico y un cráneo humano. Si fue la bestia salvaje quien se comió al cazador, podríamos hablar de la difícil vida en el valle, siempre pendiente del depredador insaciable; pero cuando seguimos excavando nos damos cuenta de que en torno a los huesos del tigre hay tierra roja, síntoma de que hubo fuego en abundancia, y, además, el cráneo presenta solo unos leves arañazos como los que producen los incisivos humanos. Así, nuestra hipótesis da un giro copernicano. Como no hemos encontrado el resto del cuerpo humano, podemos inferir que en la cueva se practicaba algún tipo de ritual caníbal, tal vez con el objeto de obtener la fuerza del cazador muerto en combate combinada con la del tigre, al que quizá adorasen. El que ya se realizase un ritual religioso nos estaría hablando de una sociedad más avanzada, con capacidad para organizarse y limpiar el valle de tigres…

Por tanto, vemos que para analizar un resto arqueológico resulta fundamental situarlo en su contexto original, y aquí nos topamos con uno de los principales problemas de esta disciplina: excavar implica destruir. Es decir, para poder desenterrar los restos hay que destrozar el contexto y ya nunca más podrán analizarse en su situación original aunque se documente hasta el último grano de tierra. Un químico puede probar una y otra vez, pero un arqueólogo jamás podrá volver a desenterrar lo mismo. Una muestra contaminada, un fino estrato que se escapa a la vista, un grumo de tierra desechado que contenía una moneda con la que datar todo el yacimiento: el menor error resulta irreparable.  

Knossos

Los pioneros de la arqueología, como Evans en Knossos, fueron muy importantes para la evolución de la disciplina, pero, la verdad, es que cometieron grandes destrozos. Por entonces, tan solo les interesaba encontrar grandes tesoros y magníficas estructuras, por lo que desecharon documentar elementos tan importantes como los restos cerámicos de cocina (caracterizados por su tosquedad), que hoy se consideran fundamentales para entender muchos aspectos de la vida cotidiana.

De todas maneras, no se les puede culpar. La arqueología apenas estaba naciendo y no se iban a imaginar que un siglo después nos interesaría saber cuántas personas se dedicaban al pastoreo entre los micénicos. Sin embargo, hoy día, los arqueólogos sí saben que dentro de unos siglos habrá aumentado en gran medida la capacidad para documentar un yacimiento y son conscientes de que, además, se buscarán cosas a las que ahora no se les presta importancia. Quizá dentro de 200 años puedan datar cada milímetro de tierra de un estrato, pero en la actualidad resulta imposible y la tierra se amontona desechada y mezclada en las lindes de cualquier excavación.

Así, algunos arqueólogos sostienen que tan solo se deberían realizar excavaciones de salvamento, es decir, cuando una obra, o algo similar, amenaza con destruir un sitio. Menos radical, otros piensan que se puede excavar pero poco y siempre con el objetivo de demostrar una hipótesis de otra manera indefendible. Otros opinan que la solución no es limitar las excavaciones sino documentarlas de forma exhaustiva y darlas a conocer.

En cierta medida, el principal problema es la escasez de recursos económicos. Apenas hay publicaciones y los arqueólogos rara vez disponen de los medios suficientes para documentar en condiciones un yacimiento. En fin… como Orfeo, los arqueólogos descienden al profundo reino de la muerte para rescatar del olvido pueblos y culturas pasadas, quizá en ocasiones vuelvan la cabeza antes de tiempo pero, en cualquier caso, vale la pena intentarlo.

 

       
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