Los hasheshin

A mediados del siglo XI, con un ejército reclutado entre los ismaelitas, una rama del islam que estaba muy perseguida, el imam Hasan Sabbâh consiguió apoderarse de una inexpugnable fortaleza situada a 2.000 metros de altura en las montañas de Irán: Alamut, que en persa significa “nido de águila”. Allí, los jóvenes con mayores aptitudes eran escogidos para formar un grupo especial de comandos suicidas, que resultaban imparables. Armados, por lo general, con dagas envenenadas se camuflaban entre los allegados de sus víctimas, incluso durante meses, a la espera del momento propicio para perpetrar su fatal cometido. Uno de los elementos más escalofriantes de su leyenda es que a estos asesinos no les importaba la segura muerte que les aguardaba tras su acto criminal.

Gracias a su ubicación en lo alto de una empinada montaña, la fortaleza de Alamut era prácticamente inexpugnable

Cuando cayó la fortaleza, la inmensa biblioteca de Alamut fue incendiada por las tropas mongolas, por lo que no podemos saber cómo conseguían convertirlos en personas tan fanáticas como para menospreciar su propia vida, pero, al respecto, se han elaborado todo tipo de hipótesis. La más extendida, aunque probablemente la menos veraz, señala que a los iniciados les mantenían engañados haciéndoles visitar de cuando en cuando un jardín, donde abundaban el vino, ricas viandas, hermosas mujeres y una gran cantidad de hashish. Una vez ebrios, les hacían creer que aquel lugar era el paraíso y a él podrían acceder para siempre cuando cumplieran una misión sagrada. De hecho, es un lugar común señalar que el término asesino deriva de hasheshin, “comedores de hashish”. Sin embargo, no hay ninguna fuente realmente fiable que nos constate este punto.

Quizá, sea más cierto que, como en tantas escuelas de guerra, tan sólo se hubieran limitado a enseñarles a matar a cualquier precio, incluso sus vidas. El caso es que la secta del viejo de la montaña mantuvo en jaque durante dos siglos a poderosos y jefes de Estado, a los que chantajeaban impunemente gracias a su terrorífica leyenda. Hasta el mismo Saladino les tenía miedo, tras haberse salvado por poco de un intento de asesinato.

Ejército tras ejército caían ante las murallas de Alamut y tan sólo las imparables tropas mongolas consiguieron en 1256 acabar de una vez por todas con la escuela de asesinos más letal que nunca hubo en la historia.

El viejo de la montaña

Para saber más os recomiendo alguna de estas dos novelas:

Alamut, de Vladimir Bartol. (Traducida por Mauricio Wacquez y Slavica Membrado. Plaza y Janés, 1995).

Samarcanda, de Amin Maalouf. (Alianza Editorial, 2003).

       
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