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Stonehenge
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Antes del descubrimiento de la agricultura y el pastoreo, cuando las sociedades basaban sus sustento diario en la caza y la recolección, no era necesario contar con un sistema preciso para ordenar el paso del tiempo. Las estaciones se sucedían de forma más o menos difusa y los días pasaban sin tener que agruparlos en unidades mayores de medida. Así, un “año”, un ciclo, podía comprender unos meses de frío, donde el alimento escaseaba, y otros cálidos, de abundancia y despreocupación, que irían precedidos por períodos de transición de duración indeterminada (primavera y otoño). El tiempo no se medía tanto por el movimiento de los astros en el firmamento, como por los signos naturales que denotaban un cambio estacional: la migración de las aves u otros animales, el deshielo y la crecida de los ríos, la duración de la luz diurna, el florecimiento de las plantas silvestres, el período de cría de tal o cual presa, etcétera. Cualquier persona era capaz de interpretar estos signos naturales y la comunidad podía prepararse para la actividad que requiriese cada estación sin tener que acudir a especialistas. Frente a este eco-tiempo, el astro-tiempo apenas cobraba importancia alguna y solo los ciclos más evidentes –como el ciclo lunar o los solsticios– poseían algún significado, generalmente de carácter religioso para marcar fiestas y rituales colectivos. Hoy en día, quizá nos resulte extraña aquella manera de entender el tiempo, ya que estamos acostumbrados a medir y reglamentar los períodos de la vida con gran precisión (la edad mínima hasta la que tenemos que estudiar, la edad a la que podemos dejar de trabajar, la edad a la que podemos votar, etcétera); pero, en aquellos remotos tiempos, apenas se producían grandes hitos temporales en la vida de un individuo y todos los estadios venían marcados por la edad biológica: o se era un niño, o un adulto (momento en que ya puedo cazar o tener hijos) o un anciano.
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Los meses innuit |
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Diosa relacionada con la fecundidad y la fertilidad encontrada en Çatal Höyük (Turquía), uno de los primeros asentamientos neolíticos que se conocen.
Tonalpohualli (calendario) del códice Fejerváry Mayer A lo largo de la historia se han desarrollado sociedades con sistemas muy rudimentarios de escritura, que apenas se encuentren en un estadio ideográfico –como la náhua o azteca– pero que, sin embargo, hayan desarrollado sistemas muy complejos de ordenación del tiempo. |
Hacia el año 8.000 a. C. comenzó en el próximo Oriente la revolución neolítica, que supuso el descubrimiento de la agricultura y el pastoreo como medios fundamentales de subsistencia. La domesticación de plantas y animales, entre otras cosas, supusieron la necesidad de adoptar nuevas maneras de organizar el tiempo acordes con la complejidad que estaba adquiriendo la sociedad. Cuando la producción de alimentos depende de uno mismo, y no de unos ciclos naturales sobre los que no se puede influir, la situación se complica. Ya no basta con advertir que la primavera se acerca y con ella la abundancia de flora y fauna, o que se avecina el invierno y que, por tanto, hay que aprovisionarse. La agricultura demanda un dominio mucho más exacto de los tiempos y las estaciones: cada especie vegetal tiene su temporada de siembra y recolección, los campos deben reposar en barbecho, los cultivos no pueden demorarse o anticiparse a los meses más extremos del año… Y, en menor medida, lo mismo sucede con el pastoreo. Hay que saber cuándo se acerca el momento de la estabulación, la época de cría, cuándo habrá que desplazar el ganado a climas más benignos, etcétera. Además, gracias al excedente de producción, durante el Neolítico surgen otros dos fenómenos culturales que requieren medir el paso del tiempo con la mayor exactitud posible: el comercio y la administración. Ya no vale con saber que algo está lejos o cerca, ahora hay que medir las rutas comerciales en jornadas de viaje, hay que establecer plazos, salarios, impuestos, fiestas oficiales… En resumen, hay que abandonar el inestable sistema natural de ordenar el tiempo y encontrar uno que permita planificar y regular una sociedad cada vez más sofisticada y compleja. A falta de avances mecánicos, el ser humano buscó entonces algún elemento en la Naturaleza que le sirviera de punto de referencia, pero todos resultaban demasiado imprecisos, por lo que recurrió a un fenómeno cuya constancia había podido comprobar durante milenios: los movimientos del Sol, la Luna, Venus y demás cuerpos celestes que se pueden observar en el firmamento. Sin embargo, ordenar el tiempo en función del movimiento de los astros no era tarea baladí. Ya no bastaba con la mera observación e interpretación, ahora había que llevar además un registro escrito de las investigaciones, que entre otras dificultades requerían de complejos cálculos matemáticos, por lo que se delegó tan arduo trabajo en manos de especialistas: los sacerdotes. Los chamanes y sacerdotes incorporan entonces nuevas facetas a su papel en la sociedad. Ahora el sacerdote no solo es el intérprete de la voluntad divina, el maestro de ceremonias de los grandes rituales o quien practica la medicina, además es el demiurgo del calendario, es quien sabe cuándo conviene sembrar, cuándo ir a la guerra, cuándo comerciar o cuándo recabar impuestos. Surgen así, en suma, los alquimistas del tiempo, los únicos capaces de dominar esa nueva herramienta para regular la sociedad: los calendarios. |
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Una vez que se abandonaron los signos de la Naturaleza para medir el paso del tiempo y se tomaron como referencia los movimientos de los astros, se obtuvo un control más preciso del tiempo. En función del astro que se toma como referencia se distingue entre calendarios solares, lunisolares y lunares, que probablemente fueran los más antiguos ya que el ciclo lunar es más fácil de seguir que el solar. A lo largo de la historia, la mayoría de los calendarios nacieron siendo lunares (como el babilónico o el musulmán). En teoría, un año lunar se establece por convención, puede comprender tantos meses sinódicos como se quiera, pero si se quiere ajustar al año solar –es decir, a las estaciones– la situación se complica. En este caso, un año estaría formado por 12 meses, de 29 y 30 días alternativamente, lo que da un total de 354 días. Como un año solar tiene 365,25 días, se produce por tanto un desfase de 11 días por año. Si no se aplicaran medidas correctoras, la acumulación de esta diferencia provocaría todo tipo de anomalías, sobre todo en la celebración de fiestas religiosas y civiles, con el ciclo de las estaciones. Para ajustarlo, cada cultura ha buscado una solución añadiendo meses en ciclos que comprenden varios años. Este tipo de calendarios se conocen como lunisolares y es el que encontramos, por ejemplo, en la cultura china y en la antigua Grecia. |
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El mes sinódico |
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Un mes lunar es el tiempo que tarda la Luna en completar su órbita en torno a la Tierra, aproximadamente unos 29,5 días. Durante este período, la apariencia de la Luna vista desde la Tierra va cambiando por la posición que ocupa respecto al Sol. Este ciclo lunar comprende 4 hitos: luna nueva o novilunio, cuando no la vemos al encontrarse la Luna entre la Tierra y el Sol; en cuarto creciente, cuando la Luna, la Tierra y el Sol forman un ángulo recto y tenemos la sensación de que está creciendo; luna llena o plenilunio, que es cuando los rayos solares alcanzan la cara visible de la Luna y la vemos por completo; y, finalmente, en cuarto menguante, momento en que vuelven a formar un ángulo recto, pero esta vez decreciendo en visibilidad. El período comprendido entre dos lunas nuevas consecutivas se conoce como mes sinódico |
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Desde el período arcaico, en Grecia se trató de encontrar una fórmula que permitiera combinar el año lunar con el solar. Hacia el siglo VI a. C. parece ser que ya utilizaban un ciclo de cuatro años, compuesto de dos años de 12 meses y de otros dos de 13, que coincidía con la celebración de los juegos olímpicos (aunque podría ser justo lo contrario, es decir, que se organizasen cada 4 años precisamente para celebrar el principio de un nuevo ciclo), lo cual explicaría por qué referenciaban el tiempo por las olimpiadas. En colaboración con otro astrónomo llamado Euctemon, Metón propuso entonces este gran ciclo de 19 años que combinaba 7 años de 13 meses lunares, de 29 ó 30 días, con otros 12 años de 12 meses lunares. Aunque este calendario resultaba complicado de manejar por quien no fuera especialista, desde el solsticio de verano del año 432 a. C., momento en que los griegos situaban el comienzo del año, se implantó en Atenas y más tarde se fue adoptando de forma paulatina en el resto de la Hélade. Posteriormente, los astrónomos griegos trataron de ajustar aún más el año lunar con el solar y propusieron otros ciclos, entre los que destaca el formulado por el gran astrónomo y filósofo Calipo de Cízico, discípulo de Eudoxo, que fue el primer griego en percatarse de que el año trópico tiene 6 horas más que 365 días. Calipo de Cízico, que vivió a lo largo del año IV a. C., trató de ajustar el ciclo metónico al tiempo real que duraba un año trópico (365,25 días) y propuso un ciclo que comprendía 4 ciclos metónicos menos un día, de tal modo que en 76 años hubiese 940 meses lunares, de los que 441 serían de 29 días y 499 de 30.
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El santuario de Olimpia En esta ciudad-santuario celebraban los griegos las Olimpiadas cada 4 años y a acudían atletas de todas las ciudades-Estado de la Hélade. La primera Olimpiada, momento en que comienza a fecharse la era olímpica, data de julio del año 776 a. C. |
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Mural egipcio Durante el Shemu, se realizaba la cosecha, un arduo trabajo que implicaba la siega del cereal y su transporte.
Bancos fluviales en el Nilo Dado que toda la economía egipcia dependía de un aprovechamiento agrícola eficaz del Nilo, no es de extrañar que le prestasen particular atención a sus periódicas inundaciones.
La estrella Sirio Vista desde la tierra, sobre todo desde Europa y el Mediterráneo, una de las estrellas más luminosas y visibles es Sirio, por lo que desde antiguo fue un punto de referencia de la astronomía y la mitología de los pueblos. Los egipcios la asociaban con la diosa Sotis-Isis y su amanecer heliaco marcaba el inicio del año nuevo, en el mes de junio, justo cuando empiezan las inundaciones del fecundo Nilo.
El dios solar Ra Los antiguos egipcios pensaban que el dios solar Ra, identificado por la cabeza de halcón y el disco solar sobre la cabeza, cruzaba el cielo durante el día a bordo de su barca Mandjet. Por la noche realizaba un viaje por el inframundo, donde debía derrotar a la malvada serpiente Apofis para resurgir de nuevo a la mañana siguiente. |
En el antiguo Egipto, país donde el astro rey cobraba particular relevancia, se desarrolló el primer calendario histórico puramente solar. Se entiende por año solar o año trópico el período de tiempo que tarda la Tierra en completar una órbita en torno al Sol y comprende 365,24222 días, cifra que se suele redondear en 365,25 días. Aunque contaban con varios calendarios de carácter religioso basados en el ciclo lunar, el oficial o civil era el más empleado, pues les permitía fijar con mayor exactitud las crecidas del Nilo, eje fluvial, económico y cultural de Egipto desde los tiempos más remotos. Este calendario constaba de 360 días, divididos en 12 meses de 30 días cada uno, a los que se les añadían 5 días especiales, llamado epagómenos, de profundo significado religioso pues los hacían coincidir con los míticos nacimientos de 5 grandes divinidades: Osiris, Horus, Seth, Isis y Neftis. Cada mes se dividía a su vez en 3 semanas de 10 días cada una (denominadas primera, mediana y última). Además, 4 meses constituían una de las 3 estaciones en que se dividía el año. A saber: la estación de la inundación (Ajet), de la germinación (Peret) y de la deficiencia o calor (Shemu), el verano donde el Nilo bajaba de caudal. La principal dificultad que debieron resolver los antiguos egipcios fue el desajuste que se producía entre este año de 365 días y el año trópico de 365,25 días. Esta diferencia de 6 horas provocaba que, cada 4 años, el calendario oficial perdiese un día. Como fijaban el inicio de cada año nuevo con gran precisión (en el llamado amanecer helíaco de Sotis, la estrella Sirio, que es cuando Sirio aparece por el horizonte en la latitud de la ciudad de Menfis justo cuando sale el Sol tras un prolongado período de invisibilidad, hacia el 20 de junio de nuestro calendario), no tardaron en darse cuenta del desajuste: cada 400 años el inicio del año nuevo se habría retrasado casi 100 días respecto al ciclo solar. Por analogía, es como si de pronto nosotros nos encontráramos celebrando la navidad durante la efervescente primavera. Aún así, en un país donde el clima no presenta grandes variaciones, todas las fiestas se podían ir celebrando en días astronómicos distintos. El único gran problema lo planteaban los festejos y rituales asociados con las cosechas, los cuales permitían a los campesinos estar preparados para las faenas agrícolas que determinaban las crecidas del Nilo. Para solucionarlo, los sacerdotes emplearon otros calendarios religiosos, de carácter secreto, en los que se corregía este desajuste. Gracias a estos calendarios podían determinar y anunciar con precisión el ritmo del Nilo, reforzando así su poder gracias a la privilegiada información.
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Numa Pompelius |
Hacia el año 48 a. C. Julio César se hizo con el control de Roma y emprendió todo tipo de reformas. Desde que había desempeñado el cargo de pontificex maximus, la mayor autoridad religiosa de Roma, había sido consciente del caos que reinaba en el calendario romano. Hasta entonces, se había mantenido un complicado sistema, herencia de las culturas latina (solar) y etrusca (lunar), que además había sido manipulado en incontables ocasiones para beneficio de los poderosos. Así, con la ayuda del astrónomo y filósofo alejandrino Sosígenes emprendió una reforma que sentó las bases del calendario occidental. Antes de que Julio César llegara al poder el tiempo andaba desordenado en Roma. Una larga tradición histórica, durante la que se habían combinado calendarios etruscos y latinos con influencias griegas y orientales, había trastocado el tiempo. Según la tradición, el primer calendario que usaron los romanos fue inventado por el mítico fundador de Roma, Rómulo, y constaba de 10 meses de 30 días, menos 4 que tenían 31. De haber existido realmente (nuestras únicas fuentes son autores latinos muy posteriores a estos hechos), este calendario sería muy curioso pues solo abarcaría 304 días al año. Los días que faltaban se corresponderían a los meses de invierno y, sencillamente, se despreciaban. Era un calendario agrícola y cada primavera se reiniciaría hasta finales del otoño, momento en que el campo no necesitaba del trabajo del hombre y el tiempo dejaría de ser digno de ser contado. Sin embargo, es muy probable que este calendario no llegara nunca a existir. Sí parece más cierto que, desde tiempos de la república (hacia el año 450 a. C.), aunque sus raíces se remontan a tiempos del legendario Numa Pompelius (717-673 a. C.), los romanos consultasen un calendario lunar de 12 meses, que suponían unos 355 días al año. Cada mes podía constar de 29, 31 ó 28 días y debía su nombre o a una divinidad o a su situación en el calendario.
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Como el año trópico tiene 365,2 días y aquel calendario solo comprendía 355, cada cierto tiempo era necesario añadir un décimo tercer mes al año para evitar que se desajustara el calendario civil con el ciclo real de las estaciones. Este mes recibía el nombre de intercalaris o mercedinus, tenía alternativamente 27 ó 28 días y se disponía tras el mes de februarius, al que se le quitaban unos días para terminar de cuadrar las cuentas. La persona encargada de decidir qué años debían de constar de 13 meses era el pontifex maximus, la máxima autoridad religiosa en la antigua Roma, y desde finales del siglo II a. C. lo hacía cuando le parecía conveniente, es decir, sin necesidad de atenerse a un sistema oficial (como hacían los atenienses con el ciclo metódico). Sin embargo, dejar en Roma –quintaesencia de la corrupción en la antigüedad– algo tan importante a la libre decisión de un cargo público era abrir las puertas al caos. Cada vez que alguien necesitaba prolongar el año, por ejemplo para permanecer más tiempo en un cargo de periodicidad anual o para retrasar un pago, sobornaba al pontífice de turno para que decidiera que ese año contaba con un mes más, algo que podía hacer incluso cuando apenas le quedaban al año unos días para su conclusión. Como podemos imaginar, la situación no tardó en descontrolarse. En época de Julio César el equinoccio civil difería del astronómico en 3 meses; por analogía con nuestro calendario, era como si para mayo estuviéramos padeciendo los calores de agosto y para septiembre las nevadas invernales. En cambio, las navidades las estaríamos pasando con un agradable frescor primaveral. Si fuéramos agricultores y necesitáramos controlar la temporada de cada cultivo, esta situación se nos tornaría insostenible; de hecho, eso mismo pensó Julio César en cuanto llegó al poder. |
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Julio César |
Con ayuda del astrónomo griego Sosígenes, en el 46 a. C. Julio César realizó una brillante reforma del calendario y sentó las bases del que usamos hoy en día. Lo primero que hizo fue volver a sincronizar el equinoccio civil con el solar y para eso añadió 3 meses a los doce habituales del año: el conocido mercedinus, de 23 días, otro de 33 y un tercero de 34. En total, aquel año contó con 455 días y se conoce como “el año de la confusión”. Una vez que el año civil volvió a ser coherente con el año trópico, suprimió el mes intercalar e implantó un calendario de 365,25 días distribuidos en 6 meses de 31 días (los impares) y 6 meses de 30 días (los pares), menos februarius que solo tendría 29. Además, para recuperar el día de diferencia que se produce cada 4 años respecto del año trópico, indicó que en los años múltiplos de 4 (cada cuatro años) februarius contaría con 30 días. Por la sencillez y precisión, la fórmula del calendario juliano fue realmente un gran acierto, sin embargo apenas le quedó tiempo a Julio César de ver cómo funcionaba pues al año siguiente de su implantación, el 44 a. C., fue asesinado por un grupo de nostálgicos de la República, entre ellos, su hijo adoptivo Marco Junio Bruto. |
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Octavio Augusto |
Tras la muerte de Julio César, el calendario apenas experimentó grandes cambios hasta la reforma de Constantino en el siglo IV. Los más llamativos fueron el cambio de los nombres de los meses quintilis y sextilis por el de julius y augustus, en honor respectivamente de Julio César y Octavio Augusto, su sucesor al mando del Imperio. Curiosamente, el que se le dedicase un mes de 30 días a Augusto (en sextilis había terminado las guerras civiles) supuso que se tuviera que modificar el fundamentado criterio de asignar a los meses pares 30 días y 31 a los impares. Ya que no era políticamente correcto que el mes de Augusto tuviera un día menos que el de César, se le quitó uno al pobre februarius para dárselo a augustus. Además, para que no hubiera 3 meses seguidos con 31, a partir de septiembre se trastocó el orden.
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Erigido por Constantino para conmemorar la victoria sobre su hermano Majencio (312), tras la que se proclamó definitivamente emperador. |
En el siglo III después de Cristo, el otrora victorioso y firme imperio romano se estaba empezando a desangrar ya por mil heridas. Los bárbaros resultaban casi imposible de contener, las crisis económicas se sucedían una tras otra, la corrupción reinaba por doquier y los emperadores se mostraban a cada cual más ineficaz pero sediento de poder. En medio de esta prolongada decadencia surge Constantino (272-337), quizá el último gran emperador romano. Constantino emprendió grandes reformas, entre ellas, trasladar la capital a Constantinopla, la moderna Estambul. Su antecesor en el trono, Diocleciano, había dividido el imperio en dos zonas, en un intento de mejorar la rapidez de reacción de las estructuras de poder ante las cada vez más frecuentes crisis, y Constantino le dedicó mayores esfuerzos al imperio de Oriente, tal vez previendo su mayor solidez. Curiosamente, el desplazamiento del poder hacia el este también se vio reflejado en la religión, pues Constantino adoptó el cristianismo como religión oficial del Imperio en detrimento de los antiguos dioses latinos. Hasta entonces, los romanos seguían una semana de 8 días (referenciados a calendas, idus y nonas), pero Constantino implantó la semana de 7 días, propia de los hebreos y otros cultos y doctrinas orientales, con una jornada de descanso fijada para el séptimo día, tras el que se reiniciaba la semana. Aunque esto no le debió de gustar mucho a los cristianos, que seguían la tradición judía de descansar el Sabbath, sí debió de complacer por lo menos a los seguidores del solar Mitra, otra de las religiones pujantes del Imperio, que preferían guardar divino descanso el día del Sol (dies Solis). |
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La antigua divinidad solar Mitra El mitraísmo fue una religión mistérica que estuvo muy extendida por el imperio romano desde el siglo II a. C. Presenta muchas semejanzas con el cristianismo, como la eucaristía, el símbolo de la cruz, o las grutas-catacumbas... Incluso la fecha en que nació Mitra -el 25 de diciembre- coincide con la de Jesucristo. |
Seis días trabajarás: el séptimo descansarás para que repose tu buey, y tu asno; y se recree el hijo de tu esclava y el extranjero. Libro del Éxodo, 23. La semana es una subdivisión convencional del año en la que se agrupan varios días consecutivos y no se corresponde con ningún ciclo astronómico o natural. En Occidente, desde tiempos remotos hemos usado una semana de 7 días, lo cual nos da unas 52 semanas al año, y su origen no se sabe con certeza. Podría ser herencia del calendario babilónico, en el cual se consideraba que había algunos días del mes –el 7, 14, 21 y 28– que eran nefastos, por lo que no convenía realizar nada importante en ellos. En cualquier caso, venga de donde venga esta tradición, lo cierto es que resulta una manera muy eficaz de organizar los tiempos de ocio y trabajo, así como las relaciones colectivas de una comunidad: gracias a la semana, se puede acordar un día de descanso para que todos puedan ir al mercado, participar de los rituales colectivos, socializar, etcétera. Los orígenes de nuestra semana se remontan a Egipto y Mesopotamia, pero fue el emperador romano Constantino quien consolidó su estructura actual en el año 321. Tras su reforma, se cambió el día de descanso del sábado al domingo, tal vez para satisfacer a los adoradores de Mitra, que rendían culto al Sol, y el nombre de los días quedó fijado tal y como los conocemos hoy en día, cada uno dedicado a uno de los planetas entonces conocidos. El domingo estaba dedicado al Sol, y de hecho en inglés aún se conserva su antiguo origen en la raíz de la palabra sunday (sun, Sol), pero por entonces fue rebautizado como dominicus (día del señor). En español también se perdió la raíz astronómica del sábado, dedicado a Saturno, que fue reemplazada por el término hebreo para designar el día de descanso establecido por Dios (el shábbat), pero en otros idiomas, como el inglés, aún se puede advertir (saturday, el día de Saturno). Curiosamente, tan solo el nombre del otro astro por antonomasia de nuestro firmamento, la Luna, se mantuvo entre los pueblos del norte de Europa, que no tardaron en rebautizar el resto de la semana con nombres de dioses germánicos: así Marte fue reemplazado por el dios de la guerra Tiu (Tuesday); Mercurio por Woden, en español, Odín (Wednesday); Júpiter por Thor (Thursday); y Venus por la enigmática Freyja (Friday).
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Cristo yacente. Uno de los grandes debates del Concilio fue en torno a la naturaleza de Cristo, que los arrianos consideraban humana y temporal. Finalmente, el arrianismo fue considerado una herejía pero perduró entre algunos pueblos bárbaros, como los godos.
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El otro gran cambio, en cuanto al tiempo se refiere, fue una derivada del Concilio de Nicea, el cual fue organizado por Constantino en el año 325 con el objeto de unificar el sinfín de doctrinas y creencias que había en torno al cristianismo. Entre otros aspectos religiosos, en el Concilio se decidieron las fechas del calendario litúrgico, como el día en que nació Cristo y debía celebrarse la Navidad. Sin embargo, la fecha de la Pascua de Resurrección resultó mucho más complicada de encontrar. Sin apenas referencias en los textos bíblicos, no era tarea fácil reubicar una fecha oriunda del complicado calendario lunar judío en el juliano de naturaleza solar (tan solo sabían que el domingo de Pascua se había producido un domingo que debía tener relación con la luna llena del mes judío de nisán). Por fin, tras muchas discusiones –pues casi había tantas propuestas como grupos cristianos– establecieron que la Resurrección se celebraría el primer domingo posterior a la primera luna llena después del equinoccio vernal, que fijaron arbitrariamente en el 21 de marzo, y no debía coincidir con la Pascua judía. Esta solución, además de resultar un problema para el creyente, pues no establece un día fijo que se pueda conocer con anticipación para el profano en astronomía, no contaba con un pequeño desastre que se venía acumulando desde que Julio César y Sosígenes planteasen su calendario. El año del calendario juliano, con su duración media de 365,25 días, dura unos 11 minutos más que el año trópico; lo cual provoca que cada siglo se produzca un desajuste entre el año solar y el oficial de unas 19 horas. Conscientes de esta anomalía, pero no de su causa real, en el Concilio decidieron adelantar la primavera propuesta juliana del 25 de marzo al 21, pero al no haber modificado el calendario, el error de base se siguió acumulando durante siglos hasta la reforma gregoriana del siglo XVI. |
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A principios del siglo V, el imperio romano de Occidente se derrumbaba definitivamente por la presión de los pueblos bárbaros. Ni siquiera Roma consiguió salvarse al saqueo y la destrucción y fue tomada por los ostrogodos. Presionados por los hunos, un conglomerado de pueblos muy belicosos venidos de Oriente, los bárbaros traspasaron el Danubio y no dejaron rincón del imperio sin conquistar: anglos y sajones a Britania; los francos, la Galia; visigodos, alanos y suevos a Hispania; los ostrogodos a Italia: era el fin de la Antigüedad y el principio de la Edad Media. El conocimiento se adentraba en un largo y oscuro túnel del que tardaría mucho en salir. En medio de semejante debacle, pocas energías quedaban para dedicarlas al estudio del tiempo y los astros. Era mucho más acuciante encontrar la manera de sembrar los campos y sobrevivir en medio del ir y venir de pueblos bárbaros que arrasaban todo a su paso, que andar especulando acerca de la naturaleza del tiempo o el modo de medirlo con mayor precisión. Sin embargo, aunque todas las instituciones romanas se hacían añicos y desaparecían, la iglesia católica consolidada tras el Concilio de Nicea y Constantino, consiguió mantenerse e, incluso, hacerse más fuerte. Los bárbaros primero saqueaban un lugar, pero luego se asentaban en él y, estando en inferioridad cultural respecto al legado romano, asumían muchas facetas de la cultura local, entre ellas, el cristianismo. Y en los monasterios, último reducto del saber, un problema seguía constituyendo el horizonte de todas sus inquietudes acerca de la medición del tiempo: ¿cómo podían calcular con certeza el día más importante de todo el cristianismo, el domingo en que se debía conmemorar el renacimiento de Cristo? La concordancia entre el calendario lunar –que servía para determinar el domingo de Pascua– con el juliano solar no era tarea baladí y requería de complicados cálculos matemáticos y astronómicos que no estaban al alcance de todos para evitar que se desajustaran 11 días cada año. Durante mucho tiempo, los monasterios usaron unas tablas basadas en el ciclo metónico que habían calculado Teófilo y Cirilio, obispos de Alejandría, las cuales cubrían desde el año 380 al 480 y acumulaban un error de 5 días cada 95 años. Más tarde, Dionisio el Exiguo (500-560) replanteó el problema y amplió las tablas para otros 100 años, del 532 al 627. Sin embargo, la situación debía de ser bastante caótica y al final cada monasterio dictaminaba cuándo caía el domingo de Pascua con mejor o peor acierto según el conocimiento astronómico y matemático con que contase en aquel momento. |
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A pesar del desbarajuste anual que suponía el calendario juliano respecto del año trópico y de la complicación que suponía saber cuándo debía celebrarse el domingo de Pascua, durante siglos el estudio del tiempo permaneció estancado en Europa. Salvo algunas excepciones –como la protagonizada por el monje inglés Beda el Venerable (c. 672 – 735), que entre otras investigaciones sobre el tiempo trató de calcular cuánto duraba realmente el año trópico mediante el registro diario de un reloj de Sol–, prácticamente nadie se atrevía a cuestionar la validez del calendario juliano aunque resultaba evidente que se estaba produciendo un desfase temporal. Ya en la baja edad media, cuando las ciudades estaban volviendo a florecer y el conocimiento había dejado de ser dominio reservado de los monjes gracias a la creciente circulación de libros y el surgimiento de las primeras universidades, los estudios sobre la medición del tiempo y la astronomía –muy enriquecidos por el contacto con el mundo islámico– conocieron otro gran impulso que evidenciaba cada vez más lo erróneo del calendario juliano. De todas las voces que por entonces denunciaron la situación, destaca la del filósofo inglés Roger Bacon (c. 1214 – 1294), adalid de la observación y la experiencia como medio de alcanzar la verdad. A Bacon le resultaba inconcebible que no se modificase el sistema para computar el tiempo, ya que –entre otros inconvenientes– no había fiesta que se celebrase en su justo día («Y una vez más, ni las Rogativas, ni la Ascensión, ni Pentecostés se celebrarán este año en la fecha que les corresponde. Y como tal ocurre esto en 1267, ocurrirá el año que viene»), por lo que llevó el caso ante el mismo papa Clemente IV. Pero la Iglesia de entonces no estaba preparada para asumir cambio alguno y la tan demandada reforma debió esperar aún otros tres siglos. A principios del siglo XIV, una feroz epidemia de peste negra, una variedad de la peste bubónica, transmitida por las pulgas y las ratas, arrasó con la población europea. Quizá si no se hubiera producido, marcando nuevas prioridades, se hubiera modificado antes el calendario juliano.
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![]() En las Tablas Alfonsíes se recogía un calendario para calcular el domingo de Pascua. |
Hacia el año 1300, el paisaje medieval europeo se había modificado en gran medida. Los grandes reinos, germen de los Estados de la edad moderna, ya se habían consolidado y las ciudades habían vuelto a cobrar vida. En algunos casos, como Florencia o Venecia, incluso estaban adquiriendo el mismo potencial socioeconómico de un Estado. Y con las ciudades resurgía una cultura urbana que implicaba artesanos, funcionarios, mercaderes y comerciantes. Las iglesias rurales dejaban paso a la construcción de grandes catedrales, símbolo del poderío económico de la ciudad, y el saber de los monasterios se trasladaba a las universidades. En este nuevo mundo de creciente complejidad económica y social, cada vez resultaba más insoportable el desorden imperante en los sistemas de medir el tiempo. El desajuste entre el calendario y el año trópico que se había ido acumulando tras la reforma de Julio César alcanzaba ya varios días y la celebración de los Domingos de Pascua, así como de otras efemérides cristianas, dependían poco más o menos de las costumbres de cada lugar. Por fin conscientes por del problema, los pontífices empezaron a buscar soluciones, pero la terrible epidemia de peste que destrozó Europa a principios del siglo XIV y las guerras que asolaron el continente durante el siglo XV fueron retrasando una reforma que por doquier se consideraba ya urgente. En 1514 casi se consigue, cuando el papa León X le encargó al obispo danés Pablo de Middelburgo (c. 1450-1533) que encabezase una comisión para arreglar el calendario solar y el lunar. Pero las conclusiones de Pablo fueron equivocadas, al basarse en las anticuadas Tablas Alfonsíes (escritas en 1272 por astrónomos judíos de la corte de Alfonso X el Sabio), y la reforma siguió sin acometerse. Además, por entonces, al Papado le surgió un problema que demandaba todas sus fuerzas, pues el protestantismo adquiría cada día más fuerza. |
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El Concilio de Trento, que duró casi dos décadas a mediados del siglo XVI, fue el cónclave católico en el que se decidieron las acciones a ejercer para combatir la herejía protestante, dando paso a la Contrarreforma. Además, fue decisivo en todo el proceso de la reforma gregoriana del calendario |
Bajo este panorama, en el que los poderes eclesiásticos andaban preocupados por cuestiones enormemente profundas, se hacía complicado pensar en otras disquisiciones que no fueran las puramente teológicas. Sin embargo, el papa Gregorio XIII decidió considerar la propuesta de calendario que había desarrollado un jesuita conocido como Clavius y finalmente decretar, en 1582, su oficialidad para la Iglesia católica romana. La duración exacta del año solar, es decir, el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta completa alrededor del Sol, es de 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45 segundos, lo que es igual a 365,2422 días. El calendario juliano añadía un día cada cuatro años –en los años llamados bisiestos–, con lo que el año tenía 365,25 días. La irregularidad del calendario juliano era mínima en décadas, pero después de 1.600 años, los que van de su implantación a la del gregoriano, se percibía con suficiente claridad. Hacía falta, pues, añadir un método de corrección al cuatrienio con tres años de 365 días y uno de 366. Entonces se observó que la irregularidad era de tres días cada cuatrocientos años. Debían suprimirse esos tres días –lógicamente de entre los añadidos en año bisiesto– para que la proximidad al año solar fuese máxima. El acierto de la reforma gregoriana estuvo en decretar que los tres últimos años de cada siglo –por ejemplo los años 1700, 1800 y 1900– que no dieran una cifra exacta al ser divididos por 400, no serían bisiestos, mientras que el divisible por 400, por ejemplo el año 2000 o 1600, sí sería bisiesto. Un sistema sutil, pero que arroja un año civil de 365,2425 días frente a los 365,2422 del año solar. Nuestro calendario sigue siendo inexacto, pero ahora sólo se pierden tres días cada 10.000 años. Sólo tres días en toda la historia de la Humanidad. |
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El Lunario Novo según la nueva reforma, uno de los primeros ejemplares de calendarios impresos en Roma tras la reforma gregoriana (Archivo Secreto, Vaticano). El calendario que adquirió el nombre del papa Gregorio sólo se desvía del año solar tres días cada 100 siglos.
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Además de reajustar los años bisiestos para que no se desajustaran los días, la reforma gregoriana asentó la fecha de las fiestas cristianas, como la Navidad, la Pascua y el santoral. Quedaba solo un problema por resolver: reajustar el calendario civil con el año trópico. Para ello, se decidió que el mes de octubre de 1582 –cuyos santos eran de menor importancia– contase solo con 10 días. Sin embargo, la implementación de la reforma no iba a resultara nada fácil. El calendario gregoriano se había demorado demasiado para ser aceptado universalmente. Aparte de la confusión que suponía un mes con 10 días menos, sobre todo en cuestiones económicas (intereses, préstamos, sueldos), y el natural reparo que sintieron los feligreses a modificar o suprimir las fechas de algunas festividades, el problema más grave es que para entonces, finales del siglo XVI, el mundo cristiano se encontraba ya definitivamente dividido entre católicos y protestantes. En una Europa sembrada de guerras y enfrentamientos entre los Estados católicos del sur y los protestantes del norte, en plena Contrarreforma, aceptar que fuera el papado quien regulase el tiempo era una cuestión que trascendía la corrección científica para convertirse en una decisión política. Así, el calendario gregoriano fue aceptado inmediatamente por Italia, España y Portugal, y poco después, en diciembre de 1582, se adhirieron Francia, Bélgica y los Estados católicos flamencos. En Centroeuropa su implementación fue más tardía, pero también acabaron siendo gregorianos Babiera, Austria y otros pequeños Estados alemanes en 1583; un año después Bohemia, Moravia y los cantones suizos; y en 1587, Hungría. Por el contrario, en los países donde el protestantismo había arraigado con fuerza, el calendario gregoriano fue rechazado rotundamente bajo los argumentos más peregrinos, como el que sostenía que en realidad el Papa pretendía robarle unos días a los cristianos o que los agricultores ya nunca más sabrían cuándo arar, y debieron pasar varios siglos hasta que el sentido común se impusiera a la preferencia religiosa. Así, por ejemplo, en Dinamarca mantuvieron el incorrecto calendario juliano hasta 1700 y en Suecia hasta 1753. Tan solo un año antes, lo habían asumido en el Reino Unido y sus colonias americanas. En los países de tradición ortodoxa, la resistencia fue aún mayor y algunos de ellos –como Rusia, Letonia, Estonia, Rumania o Grecia– no empezaron a usar el calendario gregoriano para medir el año civil hasta principios del siglo XX. En cualquier caso, desde su nacimiento en el año 1582 el calendario gregoriano fue cada vez más aceptado y hoy en día se puede considerar a efectos prácticos una referencia universal. |
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Ilustración de Louis-Philibert Debucourt (1755-1832) representando el Calendario Republicano. |
En 1789 comenzó la revolución francesa, un largo proceso, cada vez más radical, que sentó las bases sociales y políticas de la Europa contemporánea a pesar de su aparente fracaso tras el ascenso y caída de Napoleón. Entre otras reformas, en 1792 los jacobinos se atrevieron también con el tiempo y elaboraron un calendario que llamaron de la Razón. En este calendario, que se pretendía uniforme y racional, el año incluía 12 meses iguales de 30 días de duración. Los 5 días (o 6 en caso de año bisiesto) que se necesitaban para completar el año se añadían al final –como hacían los antiguos egipcios– y estaban dedicados a las fiestas de La virtud, El carácter, El trabajo, La opinión y La recompensa. Considerados los viejos nombres fruto del error o la prepotencia del poder, los meses fueron rebautizados con nombres provenientes de la naturaleza y el trabajo agrícola: Vendimiario, Brumario, Frimario (de la escarcha), Nivoso, Pluvioso, Ventoso, Germinal, Floreal, Prarial (de los prados), Mesidor (de la siega), Termidor (del calor) y Fructidor. Además, cada mes pasó a contar con solo 3 semanas de 10 días de duración, y los días fueron divididos según el sistema métrico decimal en 10 horas de 100 minutos, cada uno de ellos de 100 segundos. A pesar de su mayor coherencia y precisión, Napoleón no titubeó en suprimir aquel calendario en 1806 y recuperar el viejo sistema gregoriano. En cierta medida, uno no puede evitar preguntarse si Napoleón hizo lo correcto. Es cierto que aquel modelo para medir el tiempo, así como otras propuestas contemporáneas, son mucho más racionales que el sistema que usamos hoy en día. Sin embargo, nuestro actual calendario gregoriano resulta muy interesante, precisamente, por la variedad de culturas que en él han dejado su huella. Es una construcción en la que han intervenido artesanos de un sinfín de pueblos. Podemos encontrar improntas babilónicas en el sistema sexagesimal de minutos y segundos; judías en la semana de 7 días con uno de descanso; griegas y egipcias en el ciclo solar; romanas en el los meses; medievales en la numeración de los días y las horas; renacentistas en su regulación definitiva. En suma, se puede plantear otro calendario más racional pero, tal vez, ésta sea una de esas ocasiones en que el sueño de la razón produce monstruos. |
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Normalmente, todo lo que hago es de libre uso, pero en este caso, escribí estos textos para una editorial, así que son suyos. Hay que hablar con ellos para fusilarlos. © 2007, Club Internacional del Libro |
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