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Lo primero que piensas al llegar a la ciudad balneario de Karlovy Vary es que es una ciudad muy bonita, con sus elegantes palacios a los pies de la montaña y una larga avenida que discurre paralela a un río que, en ocasiones, se torna sulfuroso.

Sin embargo, una vez que se va amortiguando el resplandor inicial, la ciudad va adquiriendo un tono pastel, azucarado, hortera y de una insultante opulencia que te empalaga hasta la nausea. Solo el entorno natural te impide pensar que te encuentaras en un salón del Ritz, donde octogenarios millonarios van en busca de un imposible parar del tiempo.

Los turistas vamos por la gran avenida entre divertidos y estupefactos preguntándonos si el lugar es real o nos lo estamos imaginando víctimas de nuestras lecturas decimonónicas.

Todo parece casi de juguete. En muchos sitios vemos carteles que indican la prohibición de fumar, pasear con perros e incluso de jugar o ir con patines. Suponemos que esto obedece al carácter médico del lugar. En teoría es un balneario donde se viene a recuperar la salud, aunque la abundancia de casinos en los hoteles de megalujo nos llevan a pensar lo contrario.

Me llamó la atención en las afueras una casa medio abandonada que en su día debió de ser un hotel. Daban ganas de entrar y encontrarse con los fantasmas de un tiempo que debió de ser bien divertido.
¡Sí! Es él, el valeroso soldado Schwejk, uno de los iconos de la recién nacida República Checa. Como sabéis, el soldado Schwejk es un libro de Jaroslav Hasek que narra las peripecias de este buen hombre tan estúpido como patriótico. Una de las críticas antimilitaristas más brillantes que he leído jamás. Una experiencia desternillante que debería ser lectura recomendada en todos los institutos.

 
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