Cruzando el Arno y subiendo una empinada colina se llega a una de las iglesias más hermosas que he visto jamás: San Miniato al Monte. La iglesia se mandó construir por el gremio de la lana a principios del siglo XI y, en su modestia, me parece encantadora. Además, otra buena razón para visitarla es el paseo que se da desde el centro de la ciudad. Por el camino descubrimos otra Florencia llena de verde, donde las casas se confunden con jardines espesos, solitarios y misteriosos. De mayor, cuando sea rico, me compraré una casa por estos lares. |