-19 - 26 sept

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Tras un pesado viaje en avión llego al aeropuerto de Fiumicino en Roma. Recojo mi mochila de una cinta transportadora metálica toda desvencijada y marcho a la salida sin que ni un solo policía me pida el pasaporte. En medio de un gran caos, por fin, encuentro un trenecillo que me lleva a la mítica estación de Roma Termini, donde uno puede encontrar la mayor variedad étnica por metro cuadrado del planeta. Chinos, africanos, magrebíes, polacos, latinos... todos nos peleamos por conseguir llegar a la única taquilla expendedora de billetes que permanece abierta más allá de las 9 de la noche. Por los altavoces gotea un incesante bramido femenino advirtiéndonos del salir y llegar de los trenes, eso sí, todos con varios "minuti de ritardo".

Encuentro el andén de mi tren pero, al poco, nos anuncian desde la megafonía que ha cambiado. Llega el tren y se desata la fiesta. Los jóvenes comienzan a gritar y aplaudir, los niños ríen y las mujeres animan a sus maridos mientras suben al tren todavía en marcha para ser los primeros en encontrar un sitio libre (en los trenes que van hacia el sur no se pueden reservar los asientos, por lo que el proceso de sentarse es lo más parecido a la guerra de Vietnam que he visto en mi vida).

Como es septiembre encuentro un compartimiento casi vacío. Tan solo debo compartirlo con un simpático chico calabrés, que en cuanto se entera de que soy español me pregunta si conozco Ibiza. Cuando le respondo que nunca he ido, me mira extrañado y me indica muy seriamente que vivir en España y no ir a Ibiza es como estar en Roma y no ver al Papa. Vamos a viajar muchas horas juntos así que asiento y reconozco avergonzado mi fatal descuido para con la mítica Arcadia hispana.

Concluidas las conversaciones, nos tumbamos cada uno en una ristra de asientos y nos preparamos para dormir mientras desde los pies descalzos de mi compañero de viaje va subiendo un dulce hedor a calcetín rancio que contribuye a conciliar el sueño gracias a la progresiva falta de oxígeno. Pasadas unas horas aparece una revisora y, tras revisar durante unos minutos nuestros billetes, nos advierte de que nuestro vagón se queda en una estación a la que llegaremos hacia las 5 de la mañana. Mi compañero me mira y me dice que luego nos
vamos más adelante. Le hago notar que no tenemos ningún despertador, pero él se limita a sonreír, me dice que ya nos despertaremos y sigue durmiendo plácidamente. Confiando en esa extraña tranquilidad, característica de africanos y calabreses, que te proporciona el
saberse incapaz de controlar tu propio destino, le sigo por las veredas de Morfeo. Efectivamente, a las 5:30 me despertó amablemente con un ladrido para indicar que debíamos cambiar de vagón.

A las 9 de la mañana llego a Palmi, con solo una hora y media de retraso. He sido afortunado. Salgo de la estación, epíteto que en este caso podría considerarse un tanto hiperbólico, y espero a ver si llega un autobús que, según comentan, de vez en cuando pasa por allí. Unos
minutos después, un amable señor de pelo blanco me pregunta dónde voy y, como no podía ser de otra manera, me lleva en su coche hasta la puerta de la casa de mi abuela. Por el camino me habla del calor, de cómo el ambiente no es bueno para los olivos, de que tanto teléfono móvil puede desembocar en el caos y… Cansado, dejo que mi mente sobrevuele, acurrucada por su incansable monólogo, un pueblo tan lleno de recuerdos. Sí, no cabe duda. Estoy en Calabria.