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Tras un pesado viaje en avión llego al aeropuerto de Fiumicino en
Roma. Recojo mi mochila de una cinta transportadora metálica toda
desvencijada y marcho a la salida sin que ni un solo policía me pida
el pasaporte. En medio de un gran caos, por fin, encuentro un
trenecillo que me lleva a la mítica estación de Roma Termini, donde
uno puede encontrar la mayor variedad étnica por metro cuadrado del
planeta. Chinos, africanos, magrebíes, polacos, latinos... todos nos
peleamos por conseguir llegar a la única taquilla expendedora de
billetes que permanece abierta más allá de las 9 de la noche. Por los
altavoces gotea un incesante bramido femenino advirtiéndonos del salir
y llegar de los trenes, eso sí, todos con varios "minuti de ritardo".
Encuentro el andén de mi tren pero, al poco, nos anuncian desde la
megafonía que ha cambiado. Llega el tren y se desata la fiesta. Los
jóvenes comienzan a gritar y aplaudir, los niños ríen y las mujeres
animan a sus maridos mientras suben al tren todavía en marcha para ser
los primeros en encontrar un sitio libre (en los trenes que van hacia
el sur no se pueden reservar los asientos, por lo que el proceso de
sentarse es lo más parecido a la guerra de Vietnam que he visto en mi
vida).
Como es septiembre encuentro un compartimiento casi vacío. Tan solo
debo compartirlo con un simpático chico calabrés, que en cuanto se
entera de que soy español me pregunta si conozco Ibiza. Cuando le
respondo que nunca he ido, me mira extrañado y me indica muy
seriamente que vivir en España y no ir a Ibiza es como estar en Roma y
no ver al Papa. Vamos a viajar muchas horas juntos así que asiento y
reconozco avergonzado mi fatal descuido para con la mítica Arcadia
hispana.
Concluidas las conversaciones, nos tumbamos cada uno en una ristra de
asientos y nos preparamos para dormir mientras desde los pies descalzos de mi compañero de viaje va subiendo un dulce hedor a
calcetín rancio que contribuye a conciliar el sueño gracias a la
progresiva falta de oxígeno. Pasadas unas horas aparece una revisora
y, tras revisar durante unos minutos nuestros billetes, nos advierte
de que nuestro vagón se queda en una estación a la que llegaremos
hacia las 5 de la mañana. Mi compañero me mira y me dice que luego nos
vamos más adelante. Le hago notar que no tenemos ningún despertador,
pero él se limita a sonreír, me dice que ya nos despertaremos y sigue
durmiendo plácidamente. Confiando en esa extraña tranquilidad,
característica de africanos y calabreses, que te proporciona el
saberse incapaz de controlar tu propio destino, le sigo por las
veredas de Morfeo. Efectivamente, a las 5:30 me despertó amablemente
con un ladrido para indicar que debíamos cambiar de vagón.
A las 9 de la mañana llego a Palmi, con solo una hora y media de
retraso. He sido afortunado. Salgo de la estación, epíteto que en este
caso podría considerarse un tanto hiperbólico, y espero a ver si llega
un autobús que, según comentan, de vez en cuando pasa por allí. Unos
minutos después, un amable señor de pelo blanco me pregunta dónde voy
y, como no podía ser de otra manera, me lleva en su coche hasta la
puerta de la casa de mi abuela. Por el camino me habla del calor, de
cómo el ambiente no es bueno para los olivos, de que tanto teléfono
móvil puede desembocar en el caos y… Cansado, dejo que mi mente
sobrevuele, acurrucada por su incansable monólogo, un pueblo tan lleno
de recuerdos. Sí, no cabe duda. Estoy en Calabria.
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