El lunes 6 de diciembre de 2004, Rafa nos recogió a Java y a mí por la mañana en Madrid para llevarnos a un sitio inesperado, Segovia. En teoría sólo íbamos para comer pero al final nos quedamos a dormir. Hasta que casi no llegamos a Segovia, Rafa se negó a revelarnos nuestro destino.

Por el camino pasamos por delante del Valle de los caídos, que es un gigantesco mausoleo donde está enterrado el dictador Franco. El conjunto fue construido por presos políticos. No entiendo cómo no se reconvierte en un museo del horror, tipo Auswitz, ni como la iglesia está tan feliz de cuidar de su mantenimiento (a costa del Estado).
Ya cerca de Segovia, nos sumergimos en un espeso mar de niebla. Era alucinante, aunque Rafa, que nos quería llevar a comer a un sitio con grandes vistas, no compartía nuestra opinión.
Nada más llegar lo primero que se ve es el acueducto romano. Aunque estos chicos latinos, en comparación con la Grecia clásica, no eran muy buenos artistas, hay que reconocer sus impresionantes avances en ingeniería.
Como no podía ser de otra manera, Rafa no había reservado ninguna mesa, por lo que emprendimos un largo peregrinaje por el lugar en busca de un sitio donde poder comer.
Cerca del fallido restaurante hay una iglesia de los templarios, caracterizadas por su planta octogonal. No sé por qué los templarios suscitan tanta admiración cuando, en realidad, eran unos guerreros asesinos ultracatólicos. Lo mismo pasa con los samuráis, por ejemplo. Parece como si la lejanía espacial o temporal nos hiciera olvidar la realidad de las cosas. En este caso, estamos hablando de asesinos profesionales cuyo mayor objetivo, además de enriquecerse, era extender la oscura nube del catolicismo medieval por doquier (léase, por ejemplo, Las cruzadas vistas por los árabes, de Amin Malouf)
En las columnas que flanquean la entrada hay unos bajorelieves chulísimos. Estuvimos analizando si uno de ellos representaba a una esfinge o a una sirena.
Ya sé que la imagen anterior no os parece una sirena, pero es que en realidad, las sirenas eran mitad ave, mitad mujer. Fue en la edad media, por razones que desconozco, cuando las cambiaron por pescados. Como ejemplo, podemos ver esta ánfora griega donde está representado Ulises mientras escucha el embelesador canto de estas simpáticas devorahombres.
Y este es el famoso alcázar de Segovia, que al parecer es el origen de uno de los logos de Disney, una empresa de dibujos animados fundada por un sádico nazi y misógino con gran aceptación en Occidente. El alcázar fue el punto de referencia para el castillo de Blancanieves que luego se convirtió en el logo del nazi.
Aparcamos en la parte baja de la ciudad. Al salir del párquing nos saluda Cándido, un famoso mesonero que preparaba cochinillos tan tiernos que se podían cortar con un plato. En la estatua, efectivamente, podemos apreciar cómo está a punto de trocear los cadáveres de unos bebés cerditos recién asesinados.
Aunque apenas nos dio tiempo para ver la ciudad, parecía bastante bonita. Romántica.
Como en todos los lados había que esperar para comer, el banquete degeneró en un trasiego de cañas que nos dejó prácticamente borrachos a media tarde. Eran las 5, más o menos, cuando decidimos quedarnos a dormir viendo cómo se estaban poniendo las cosas.
Cuando por fin conseguimos sentarnos a comer, Java y yo pedimos una "sopa castellana" (pan, chorizo y huevos flotando en un mar de grasa). Este plato, de aspecto nauseabundo, es sin embargo una buena comida para los días fríos. Eso sí, da un poco de asco el verlo.
La comida estuvo muy divertida. Obsérvese los ojillos como han ido calando a medida que se ha ensanchado la sonrisa.
La catedral es impresionante. Aquí la vemos al atarcecer y ya más de noche.
Para dormir encontramos un sitio muy chulo. Lo llamaban el torreón y, de hecho, para llegar había que subir una escalera interminable.
... Al amanecer despertamos resacosos, pero una serie de compromisos nos impidieron dormir por más tiempo. Nunca antes había estado en Segovia y, la verdad, no está nada mal.
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